​HUIDA HACIA ADELANTE

Acabas de cumplir treinta años 
y flotas en la vida, 

como una hoja 

caída en otoño 

en una piscina llena 

y movida por el viento. 

Perdida, a la deriva, 

pero también, 

segura de ti misma 

con paso firme, 

sabiendo cuáles 

son tus armas. 

Débil y fuerte, 

luz y oscuridad, 

como siempre has sido, 

las dos caras 

de la más bella moneda, 

mi Dra jeckyll Y Mrs. Hyde. 

Buscando siempre la verdad, 

casi hasta la extenuación, 

tus ojos azules 

siempre buscando una respuesta 

hasta donde es imposible encontrarla. 

Ahora que duermes a mi lado 

te miro y sonrió, 

ese rictus de paz 

tan maravilloso 

y pienso en todo lo que eres para mi, 

amor, comprensión, 

locura, sonrisas, 

pero también lágrimas, 

incertidumbre, discusiones 

en fin…vida, 

eso eres tú, vida. 

Y ahora a estas horas 

de la madrugada 

no puedo dejar de mirarte, 

y no puedo dejar de pensar 

en que quizás 

cuando algo deja de tener sentido 

lo mejor es abandonarlo 

en el mismo sitio 

en el que una vez 

lo encontraste. 

Esta cama…

esta que ha sido nuestra cuna 

y también nuestra tumba, 

esta cama habrá sido testigo 

de nuestro último beso. 

Así que me levantaré 

sin hacer ruido, 

y saldré por la puerta 

igual que entre por primera vez, 

en silencio y con la duda 

de lo que el futuro 

me deparará 

pero con la esperanza 

de que será algo bueno. 

Y al salir miro al cielo, 

y veo la niebla 

que envuelve la noche, 

y noto el frío y el silencio, 

y miro la calle 

iluminada por la luna y las estrellas 

y no puedo dejar de pensar 

que el camino 

que tengo delante de mis ojos, 

el que me queda por recorrer, 

puede ser mejor o peor, 

puede que sea feliz 

o el más escandaloso 

de los infelices trayectos, 

pero siempre será 

camino que yo he elegido.
Carlos Rodrigo Cristóbal 

#ElAireDelTiempo

Yo quisiera llover

Yo quisiera llover 

sobre los campos 

que con lucha y sufrimiento 

mis abuelos sacaron adelante.

Yo quisiera llover 

sobre los enamorados 

que con su sonrisa 

iluminan el día más oscuro, 

y con sus apasionados besos 

incomodan al estirado personaje 

que de 8:00 a 14:00 va a la oficina,

malgastando el tiempo 

que se le ha dado.

Yo quisiera llover 

sobre mi familia 

y según escurro por su pelo 

hacerles sentir el amor 

que por ellos siento,

el orgullo de ser 

hijo, sobrino, nieto o hermano.

Yo quisiera llover 

sobre Paula, y que el palpitar 

de cada gota la hiciera ver 

que el amor que por ella siento 

es más duradero

que todos los centenarios robles

que silenciosos habitan Central Park.

Yo quisiera llover, 

sobre mi, 

sobre ti, 

sobre todos, 

quisiera llover sólo 

para ver tu risa 

mientras lo hago

y sentir que la vida 

en ese pequeño momento, 

merece la pena.

Carlos Rodrigo Cristóbal 

“Una noche entre los caballos” de Djuna Barnes

Hacia el anochecer, en el verano del año, un hombre en traje de etiqueta, con sombrero de copa y bastón, avanzaba a gatas por la maleza que lindaba con los pastizales de la finca de los Buckier. Le dolían las muñecas de sostener su peso y se sentó. Pegajosas enredaderas por todas partes; trepaban por los árboles, por las estacas de la cerca, estaban por todos lados. Espió por entre las ramas densamente enmarañadas y vio, recortado en la oscuridad, un bosquecillo de abedules blancos que brillaban como los dientes de una calavera.

Podía oír la verja que rechinaba sobre sus goznes al golpearla el viento. Su corazón se movía con el movimiento de la tierra. Una rana resoplaba su croar desmemoriado; el hombre respiraba con dificultad, el aire era pesado y caliente, como si estuviese anidado en un foso de asombro.
Quería dormitar; en cambio puso a su lado el sombrero y el bastón, se alisó el faldón, y se tumbó boca arriba, esperando. Algo rápido movía el suelo. Empezó a agitarse en una repentina alarma y se preguntó si sería su corazón.
Una lámpara parpadeaba en la ventana lejana mientras las ramas se balanceaban en el viento; el olor de la hierba aplastada, mezclado con el olor tenue y tranquilizador de la cuadra, se desparramaba y se arrastraba hacia el norte; al abrir la boca, se le metieron dentro las guías del bigote.
El temblor se extendió, corrió por debajo de su cuerpo y se perdió dando tumbos dentro de la tierra.
Se sentó. Se puso el sombrero y aseguró el bastón contra el suelo entre las piernas abiertas. Ahora no sólo sentía el temblor de la tierra sino que oyó el ruido sordo y córneo de cascos golpeando el césped, como un amigo golpea la espalda de un amigo, fuerte, pero sin malicia. Se estaban acercando, ahora que tomaban la curva del Camino del Sauce. Apretó la frente contra las tablas de la cerca.
El ruido suave y amenazador se intensificó como se intensifica el calor; los caballos, de frente, pasaron resoplando junto a él, subiendo y bajando las patas como agujas furiosas que dan puntadas sin objeto alguno.
Vio los vientres que oscilaban de un lado a otro, y que chocaban contra las tablas de la cerca al pasar balanceándose. De su lado de la barrera, él se levantó y echó a correr, jadeante. Se le enganchó un pie en un pino reptante y cayó de cabeza, golpeándosela contra un tocón. Un hilillo de sangre brotó del cuero cabelludo. Le descendía a los ojos como una crin y él la apartó con los nudillos y se puso el sombrero. En esta posición el martilleo de los cascos lo sacudió como a un niño sentado en una rodilla.
Empezó a buscar el bastón y lo encontró atrapado entre los helechos. Al inclinarse una aristoloquia cerosa le rozó la mejilla. Pasó la lengua por encima, partiéndola en dos. De cualquier forma que se moviese, la hierba siempre estaba debajo de él, crepitante de ramitas y piñas. Del suave goteo de los polvos del bosque cayó una bellota. La recogió, y mientras la tenía entre el índice y el pulgar su mente regresó velozmente a la escena allí atrás con la señora de la casa, porque de qué otra forma se podía llamar a Freda Buckier sino «la señora de la casa», aquella pequeña mujer fogosa con una pila en lugar de corazón y el cuerpo de un juguete, que lo dirigía todo, que ronroneaba, empapada de descaro, con un zumbido mecánico que le sustraía su humanidad.
Resopló sobre el bigote, ¡Freda, con aquel exasperante y ondulante velo amarillo! Le dijo que era «exasperante», le dijo que era «impúdico», que sólo servía para tentar. Hinchó los carrillos, y al pasar ella resopló. Ella rió, golpeándole el brazo, echando la cabeza hacia atrás, dejando ver las fosas escarlatas hasta el fondo de su nariz. Habían acabado por pasear juntos a caballo, a una bota de distancia uno del otro, ella no más grande que una abeja en una cofia. Totalmente desolado, él hundió las espuelas, y ella: «¡Con cuidado, John, con cuidado!», mostrando su boca abierta y goteante.
—No puedes ser un mozo de cuadra toda la vida. ¡Los caballos! —dijo bufando—. Me gustan los caballos pero…
Él había bajado el látigo.
—Hay otras cosas. Sencillamente, no puedes seguir siendo un mozo de caballos para siempre, no con esa elegancia, lo sabes muy bien. Voy a hacer de ti un caballero. Te elevaré de tu condición de «cosa». Ya lo verás, te gustará. 
Él se había inclinado y le había fustigado la bota con el látigo. Le dio en la rodilla y el pie de ella saltó disparado en el estribo, como si estuviese bailando.
¡Y la pequeña salvaje estaba encantada! Recorrieron un trecho al trote y regresaron también al trote. Él la ayudó a desmontarse, y ella se alejó majestuosamente, arrastrando el velo amarillo y gritando:
—¡Te encantará!
Antes de que hubiesen continuado así durante más de un mes (derribándose mutuamente en el espíritu, exprimiéndose mutuamente de un lado a otro, cazador y cazado) se había convertido en un juego carente de todo placer; dama degradada, mozo de cuadra degradado, en alas del vértigo.
«¿En qué quería meterlo? Él gritaba, se desgañifaba, hacía chasquear el látigo: ¿qué es lo que se creía que quería? Un tipo de mujer que no puede decir la verdad; la verdad salía corriendo y se alejaba de ella como si sus venas fuesen pipetas clavadas allí por el diablo; y bebiendo, él se hinchaba, y el orgullo se apoderaba de él, lo alejaba flotando. La veía de pie a su espalda en todos los espejos, ella le seguía de objeto de valor en objeto de valor, se ponía a su lado, lo conducía, la mano de ella bajo su codo.
—Llegarás a gobernador general: bueno, a inspector…
—¡Inspector!
—Como quieras, digamos capitán de regimiento… digamos oficial de caballería. Caballos, también, cuero, látigos…
—|Oh, Dios mío!
Girando sobre los talones, ella dijo casi en un relincho:
—Con un pecho ancho, liso, noble —dijo—, te convertirás en una calzada de condecoraciones… Concéntrate. Dejarás la aflicción…
—¡Basta ya! —gritó él—. Me gusta ser una persona corriente.
—Con una cintura ágil, los cuernos no te golpearán.
—¿Qué cuernos?
—El dilema.
—Podría hacerte callar, del todo, si quisiese.
Ella se divertía.
—¿Hombre acorralado? —dijo.
Ella lo atormentaba, lo sabía. Lo atormentaba con sus objetos de «cultura». Con una rodilla en una otomana, le mostraba y le ofrecía la más delicada miniatura, un marfil en el hueco de la mano, inclinándolo al sol, y decía:
—¡Pero mira, mira!
Él se ponía las manos en la espalda. Ella se lo hizo abortar. Le pedía que le sostuviese misales antiguos, volúmenes de cuentos de hadas, todo elegantemente fileteado, todo encuadernado en rústica encordelada. Desplegaba mapas, y deslizando por montañas y cauces un largo alfiler de sombrero, señalaba «exactamente donde ella había estado». Como un caracol seco, la punta vagaba por la costa, cuando bruscamente, clavando el acero, gritó: ((¡Borgia!», y se quedó allí, haciendo sonar un aro de llaves antiguas.
La angustia de él aumentaba con la curiosidad. Si se casaba con ella… después de haberse casado con ella, ¿entonces qué? ¿Qué sería de él después de satisfecho su loco capricho? ¿Qué haría de él finalmente?: en pocas palabras, ¿qué dejaría de él? Nada, absolutamente nada, ni siquiera sus caballos. Y aquí tendríais un perfecto cretino. No encajaría en ningún sitio después de Freda, no sería ni lo que era ni lo que había sido; sería una cosa, medio erguido, medio encogido, como esas figuras bajo los tejados de los edificios históricos, la postura lisiada de los condenados.
A menudo la había mirado sin verla; poco después empezó a mirarla con gran atención. ¡Vaya, vaya! En realidad, una mujer menuda como un ratoncito, con un bonito cabello rubio que le caía por la nuca como las antenas de un insecto, y que se movía cuando se movía el viento. Se zarandeaba y agitaba demasiado, y siempre con la irreflexiva intensidad de un juguete mecánico que rastrilla y da patadas por el suelo.
Y siempre estaba uno o dos pasos delante de él, o le tocaba el brazo manteniendo la distancia, o se precipitaba sobre él en una ráfaga, apoyando en su hombro la barbilla pequeña y afilada, se alejaba lentamente flotando… sólo para que al volverse él tropezase con ella. En este día concreto él la había agarrado por la muñeca, haciéndola girar. Esta vez, se dijo, esta vez le voy a pedir directamente la verdad; es posible que un golpe directo la descoloque.
— Miss Freda, un momento. Usted sabe que no tengo ni un amigo en el mundo. Usted sabe muy bien que no tengo a nadie a quien dirigirme y obtener una respuesta a ningún tipo de pregunta. Entonces, ¿para qué me quiere?
Ella se sonrojó hasta las raíces del pelo.
—¡Infantil! ¿Vas a ser infantil?
Parecía como si estuviese a punto de chillar. Toda su figura vibraba, pero se controló y pronunció con espléndida calma:
—No te pongas nervioso. Ten paciencia. Te acostumbrarás a todo. Incluso te gustará. No hay nada tan agradable como trepar.
—¿Y luego?
—Luego todo se deslizará, la cuadra y todo lo demás. —Se pellizcó las alas de la nariz en los apretados pliegues de un pañuelo de encaje—. ¿No es éste un destino?
Lo peor de todo había sido el último día, la noche del baile de máscaras. Ella había insistido que fuese.
—Ven —le dijo—, tal como estás, y sé nuestro montero.
Ése era el golpe final, el insulto imperdonable. Él había obedecido, salvo que no fue «tal como estaba». Se había acicalado cuidadosamente; se puso un traje de etiqueta, como cualquier caballero; así que era el único de los asistentes que no iba «disfrazado», es decir, en el sentido normal.
Al llegar encontró a la mayoría de los invitados bebidos. Al poco tiempo también él estaba bastante borracho, y horrorizado de encontrarse bailando un minué, majestuoso, lento, con una enorme y fofa mujer de hojaldre, cubierta de lentejuelas, gruñendo en cascadas de tul plisado. De este abrazo logró librarse, resbalando en los claros del suelo cubierto con polvo de resina, para tropezar con Freda que venía hacia él con un vaso diminuto de cordial que le vertió en su boca abierta; en aquel momento se dio cuenta de que había estado luchando por respirar.
De pronto se paró. Abarcó toda la habitación con su mirada frenética. Allí en el rincón estaba sentada la madre de Freda con sus gatos. Siempre se sentaba en los rincones y siempre se sentaba con gatos. Y estaba el resto del elenco: primos, sobrinos, tíos, tías. A continuación, la gallarda. Freda, los brazos en alto, las manos, las palmas hacia afuera, los codos doblados a la altura del pecho, una mantis religiosa, estaba casi diente contra diente con él. ¡Espera! Él se liberó de ella, y con el puño del bastón trazó en la resina un círculo completo en torno a ella, luego, retrocediendo, salió por la puerta ventana.
Después de esto no supo nada hasta que se encontró en los arbustos, suspirando, con la cara pegada a la cerca, espiando. Estaba de nuevo con sus caballos; estaba de nuevo donde le correspondía. Los podía oír arrancando el césped, galopando por todas partes como si estuviesen en su propio salón de baile y, todavía más extraño, a esta hora oscura de la noche.
Empezó a arrastrarse por debajo de la tabla más baja, tras arrojar el sombrero y el bastón, jadeando al avanzar. El semental negro iba ahora a la cabeza. Los caballos estaban tomando la curva del Camino del Sauce que llevaba al pastizal más lejano, y a través del polvo parecían borrosos y enormes.
En la cima de la colina, cuatro de ellos se habían separado del resto y estaban allí comprobando el tiempo. Agarraría uno, lo montaría, ¡huiría! Ya no tenía miedo. Se levantó, agitando el sombrero y el bastón y gritando.
No parecieron reconocerlo, se desviaron bruscamente y se alejaron. Los siguió con la mirada, casi llorando. No pensó en su traje, la pechera blanca, el sombrero de copa, el bastón que agitaba, la forma brusca en que surgió de la oscuridad, en la excitación de ellos. Por fuerza tenían que reconocerlo: no podían tardar.
Girando, las crines al viento, las narices resplandecientes arrojando vapor al avanzar, pasaron delante de él en un torrente de relinchos, y él los maldijo horrorizado, pero lo que gritó fue «¡Puta!», y se encontró tragando fuego de su propio corazón, de cara al suelo, sollozando: «Puedo hacerlo, al diablo con todo, puedo seguir adelante; puedo dejar mi huella!»
Los cascos levantados del primer caballo no lo alcanzaron; los del segundo sí.
Luego los caballos se separaron, mordisqueando el pasto y agitando la cola, evitando un espacio de hierba alta.

“Cartas a un joven poeta” de Ranier María Rilke


El libro se publicó por primera vez en 1929 en Leipzig, con el título Briefe an einen jungen Dichter, diez cartas escritas entre 1903 y 1908 a un poeta desconocido: Franz Xaver Kappus.

El mismo Franz presenta la colección de cartas con unas palabras que encuentro muy apropiadas: “cuando un príncipe va a tomar la palabra, los demás debemos guardar silencio”. Dejo algunos párrafos del libro a continuación:
La mayor parte de los acontecimientos son indecibles y tienen lugar en un ámbito en el que jamás ha penetrado palabra alguna.

Intente expresar, como si fuera usted el primer hombre, lo que ve, lo que ama, lo que vive y lo que pierde.
Las obras de arte son de una soledad infinita, y nada es tan poco apropiado para abordarlas como la crítica; sólo el amor puede comprenderlas, tratarlas, y ser justo con ellas.
Verdaderamente, el sentimiento artístico está tan increíblemente cerca de lo sexual, de su dolor y su placer, que ambos fenómenos no son sino formas diversas de una idéntica ansia y ventura.
El sexo es difícil, sí, pero todo lo que nos ha sido encomendado es difícil. Casi todo lo serio es difícil, y todo es serio.
Por eso, querido señor, ame su soledad, soporte el dolor que le ocasiona, y que el sonido de su queja sea bello. Pues los que están cerca de usted, dice, están lejos, y se hace un espacio alrededor de usted. Si lo que está cerca de usted, está lejos, entonces su ámbito ya linda con las estrellas y es casi infinito.
Sólo una cosa es necesaria: la soledad. La gran soledad interior. Ir hacia sí mismo y no encontrar a nadie durante horas, eso es lo que hay que lograr.
También es bueno amar, porque el amor es difícil. El amor de un ser humano por otro, es posiblemente la prueba más difícil para cada uno de nosotros. Es el más alto testimonio de nosotros mismos, la prueba suprema para la cual, todo lo demás no son sino preparativos.
Para aquellos a quienes el injusto llamado de las letras nos ha tocado, Rilke nos ofrece estas palabras como consejo y consuelo.
El poeta muere para nacer en el poeta que lo lee.

O mi pasaje favorito de toda esta magnifica joya literaria.

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto quélescribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “‘debo escribir?” Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “debo”, construya entonces su vida según esta necesidad, su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. 

“Los ojos del hermano eterno” de Stefan Zweig

SINOPSIS 

“Los ojos del hermano eterno”, libro curiosísimo en la obra de Stefan Zweig, está escrito como una leyenda oriental situada mucho antes de los tiempos de Buda. Narra la historia de Virata, hombre justo y virtuoso, el juez más célebre del reino, que después de vivir voluntariamente en sus propias carnes la condena a las tinieblas destinada a los asesinos más sanguinarios, descubre el valor absoluto de la vida y reconoce en los ojos del hermano eterno la imposibilidad intrínseca de todo acto judicativo. Virata llega a ser, después de su renuncia, un hombre anónimo a quien le espera, una vez muerto, un olvido todavía más perenne, el de la historia que sigue su curso prescindiendo del hombre más justo de todos los tiempos.
OPINIÓN

Novela corta de apenas 60 páginas, con tematica hinduista ambientada antes del nacimiento de Buda. Nos presenta el personaje del noble Virata y cuenta su vida, primero como intrépido guerrero, luego como el juez más justo del reino… y seguimos su vida como camino de aprendizaje espiritual. Escrito como una leyenda, a caballo entre la fábula y la parábola, es en mi opinión una gran reflexión sobre la existencia humana, sobre la justicia y la injusticia, sobre el camino, a veces lleno de piedras, que puede llegar a ser la vida.

Muy recomendable

Corazón silencioso 

Corazón silencioso 

por los golpes de la vida, 

vuelve a sonreír.

Corazón silencioso 

de puños cerrados 

y dientes apretados, 

cierra los ojos 

y mientras 

escuchas a Chopin 

relaja poco a poco el rictus.

Corazón silencioso 

que un día no lo fuistes, 

recuerda lo vivido, 

atesora lo bueno 

y aprende de lo malo.

Y ya por fin, 

vuelve a latir 

pequeño corazón silencioso 

poco a poco 

tu latido será más fuerte, 

hasta que un dia

sea tan atronador 

que jamás 

volverás a oír los ecos 

de aquel doloroso pasado.
Carlos Rodrigo Cristóbal 

#ElAireDelTiempo

“El incendio de un sueño” Charles Bukowski

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles

ha sido destruida por las llamas.
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.

estaba sentado en uno de aquellos bancos
de piedra cuando mi amigo
Baldy me
preguntó:
“¿vas a alistarte en
la brigada Lincoln?”

“claro”, contesté
yo.

pero, al darme cuenta de que yo no era
un idealista político
ni un intelectual
renegué de aquella
decisión más tarde.

yo era un lector
entonces
que iba de una sala a
otra: literatura, filosofía,
religión, incluso medicina
y geología.

muy pronto
decidí ser escritor,
pensaba que sería la salida
más fácil
y los grandes novelistas no me parecían
demasiado difíciles.

tenía más problemas con
Hegel y con Kant.

lo que me fastidiaba
de todos ellos
es que
les llevara tanto
lograr decir algo
lúcido y/o
interesante.
yo creía
que en eso
los sobrepasaba a todos
entonces.

descubrí dos cosas:
a) que la mayoría de los editores creía que
todo lo que era aburrido
era profundo.
b) que yo pasaría décadas enteras
viviendo y escribiendo
antes de poder
plasmar
una frase que
se aproximara un poco
a lo que quería
decir.

entretanto
mientras otros iban a la caza de
damas,
yo iba a la caza de viejos
libros,
era un bibliófilo, aunque
desencantado,
y eso
y el mundo
configuraron mi carácter.

vivía en una cabaña de contrachapado
detrás de una pensión de 3 dólares y medio
a la semana
sintiéndome un
Chatterton
metido dentro de una especie de
Thomas
Wolfe.

mi principal problema eran
los sobres, los sellos, el papel
y
el vino,
mientras el mundo estaba al borde
de la Segunda Guerra Mundial.
todavía no me había
atrapado
lo femenino, era virgen
y escribía entre 3 y
5 relatos por semana
y todos
me los devolvían, rechazados por
el New Yorker, el Harper´s,
el Atlantic Monthly.
había leído que
Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras
pero yo no tenía
cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón
y cuando estaba tan lleno
que apenas podía
abrirlo
sacaba todas las notas de rechazo
y las tiraba
junto con los relatos.

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.

bueno, yo no era realmente un
vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el límite de lo permitido:
Aldous Huxley, D.H. Lawrence,
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
Dos, Dos Passos, Turgénev, Gorki,
H.D., Freddie Nietzsche,
Schopenhauer,
Steinbeck,
Hemingway,
etc.

siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: “qué buen gusto tiene usted,
joven”.

pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.

pero aquellos estantes contenían
un enorme tesoro: me permitieron
descubrir
a los poetas chinos antiguos
como Tu Fu y Li Po
que son capaces de decir en un
verso más que la mayoría en
treinta o
incluso en cientos.
Sherwood Anderson debe de haberlos
leído
también.

también solía sacar y devolver
los Cantos
y Ezra me ayudó
a fortalecer los brazos si no
el cerebro.

maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Ángeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal
ARROYOS DEMASIADO ANCHOS PARA SALTARLOS
LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
CONTRAPUNTO
EL CORAZON ES UN CAZADOR SOLITARIO

James Thurber
John Fante
Rabelais
de Maupassant

algunos no me
decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
Tolstoi, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald

Upton Sinclair me llegaba
más
que Sinclair Lewis
y consideraba a Gogol y a
Dreiser tontos
de remate

pero tales juicios provenían más
del modo en que un hombre
se ve obligado a vivir que de
su razón.

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motociclista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.

y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido
la biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había

le dije a mi
mujer: “yo solía pasar
horas y horas
allí…”.

EL OFICIAL PRUSIANO
EL ATREVIDO MUCHACHO DEL TRAPECIO
TENER Y NO TENER

NO PUEDES RETORNAR A TU HOGAR.