LOS VIKINGOS NO LLEVABAN CASCOS CON CUERNOS

El estereotipo vikingo – En el imaginario popular, los vikingos han creado un estereotipo usualmente aplicado para describir a los escandinavos. Se trata de personas rubias o pelirrojas, de gran altura y piel y ojos claros. A sus antepasados de la Era vikinga se los suele representar como bárbaros, sedientos de sangre y representados con cascos con cuernos debido a que el pintor sueco Gustav Malstrompor quiso definirlos como seres casi endemonianos aplicándoles cuernos en sus cascos por primera vez en 1820 para el poema épico Frithiof`s Saga y que la industria del cine ha ampliado dicho estereotipo irreal, cascos realmente nada prácticos en su estilo de lucha y de los que no hay constancia de uso vikingos, que parecen ser una invención durante su idealización romántica.

Sobre su altura, cabe reseñar que Ahmad ibn Fadlan, cronista y viajero musulmán, y diversas fuentes los mencionan como gente de gran estatura. Aunque estudios modernos sobre restos arqueológicos han dado un tamaño normal para personas actuales (1,68-1,76), cabe destacar que, en las condiciones de carestía alimenticia y numerosas enfermedades de la época, debe de haber sido una estatura excepcional, y que probablemente hubiera sido superior con nuestro nivel de vida.

Su tópico como seres sanguinarios, bárbaros y paganos se debe a las crónicas y registros de la época, de autores como Adam de Bremen y Alcuino de York, que los suelen representar como un castigo divino por los pecados del mundo medieval.

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EL VALOR DE LA VIDA (MIL AÑOS DE SUEÑOS)

Una terrible epidemia está diezmando la población del reino.
La enfermedad se manifiesta de manera repentina. Debido a factores genéticos o tal vez
hormonales, solo afecta a los varones. El enfermo experimenta fiebre alta, dolores de cabeza
atenazadores y, a menudo, una muerte rápida.
No obstante, al menos este mal tiene dos lados positivos.
En primer lugar, una vez que el individuo sobrevive al padecimiento, ya no debe temer sufrirlo
de nuevo, puesto que una vez que lo supera, es inmune a él.
Por otro lado, existe un medicamente muy eficaz. Si se toma como medida preventiva o en los
estadios iniciales del proceso, esta medicina, una pastilla elaborada principalmente a partir de
una planta que crece en la montaña, casi siempre con lleva la curación.
¿Significa esto que la gente puede confiarse y que no hay por qué preocuparse?
Por desgracia no, ya que la vida suele jugar irónicamente con el destino de la gente demasiado
a menudo.
La planta empleada en la elaboración del medicamente (tan eficaz a la hora de prevenir la
enfermedad y de detenerla en su inicio), crece a una gran altura y escasea, tanto que está a
punto de extinguirse.
En otras palabras, no queda medicina suficiente para todos los súbditos, solo para unos pocos
elegidos.
– ¿Entiendes a qué me refiero? – pregunta Dok, un hombre silencioso encargado de
patrullar el mercado de la capital junto con su compañero de la policía militar, Kaim.
Sin dejar de mirar con atención a un callejón detrás de otro, Kaim responde:
– ¿Quieres decir que clasifican a la gente para decidir quiénes reciben el medicamento?
– Exacto – dice Dok –. Establecen categorías y nos etiquetan como “súbditos
imprescindibles para el país” o como “otros súbditos”.
Los policías militares de la capital reciben el medicamento relativamente pronto, lo que
demuestra que se les considera “súbditos imprescindibles para el país”.
– Supongo que tiene sentido – comenta Dok –. Si muriéramos todos, el caos se
adueñaría de la capital en un abrir y cerrar de ojos. Siempre tenemos que parecer la
encarnación de la salud cuando patrullamos por la ciudad, ¿verdad, Kaim? “Por el
bien de la patria”, como dicen ellos.
– Supongo…
– Primero recibe la medicina la familia real. Luego la guardia real. Después os políticos,
los financieros que se encargan de la economía del país, la policía, los bomberos, los
médicos y por últimos nosotros, la policía militar de la capital.
No hay bastante para todo el mundo.
A Dok le duele decir esto último y pregunta:
– ¿Tú qué piensas, Kaim? Los súbditos normales también son personas. ¿Es correcto
“clasificarlos” así?
En principio Kaim debería responder sin vacilar que por supuesto no está bien.
Sin embargo, adopta una perspectiva realista y contesta:
– No queda más remedio. – Después de decir algo así,
no se atreve a mirar a Dok a los ojos.
– ¿No queda más remedio? – murmura asqueado –.
Puede que tengas razón. Tal vez no haya otra solución.
Habla como si intentara converse a sí mismo.
De hecho, parece lo más razonable.
– La gente de este mercado conoce la enfermedad, obviamente.
– Obviamente – repite Dok.
– Si el miedo se adueña del pueblo, este podría rebelarse en cualquier momento.
– Desde luego.
– Lo único que podemos hacer es mantener el orden patrullando las calles, como
estamos haciendo ahora.
– Sé a qué te refieres.
– Si la enfermedad acabara con nosotros, esta gente quedaría expuesta a un riesgo aún
mayor. Puesto que no hay dosis para todos los súbditos, lo único que podemos hacer
es pensar en la mejor manera de minimizar el daño o el impacto de la enfermedad.
– Yo no habría podido expresarlo mejor, Kaim. Es justo lo que pensaba. ¡Claro que sí!
Sus alabanzas esconden punzantes espinas.
Kaim se da cuenta y se queda callado. Los afilados elogios de Dok no solo esconden el dolor del
sarcasmo mordaz, sino también la tristeza de la impotencia.
Un niño y una niña pequeños pasan corriendo alegremente por delante de ellos. Puede que
los críos, vestidos con harapos, vengan del suburbio de detrás del mercado para recoger
sobras de verduras.
Dok los señala mientras se alejan.
– Me gustaría hacerte una pregunta, Kaim.
– Adelante…
– Esos niños… ¿Son “súbditos imprescindibles para el país”?
Kaim no sabe qué responderle. Precisamente porque conoce la respuesta demasiado bien, no
puede sino callar.
Dok esboza una sonrisa amarga ante el silencio de Kaim y prosigue:
– Según tu manera de enfocarlo, Kaim, si esos niños enferman y mueren, es porque “no
queda más remedio”. O al menos los policías de la capital tenemos más derecho que
ellos a recibir tratamiento. ¿Me equivoco, Kaim? ¿No es esa tu postura?
Kaim no podía refutar su razonamiento.
De nuevo en respuesta al silencio de Kaim, Dok continúa:
– No me malinterpretes. No pretendo acusarte. Es solo que todo el mundo es
imprescindible para alguien. Incluso esos niños. Puede que para el Estado solo sean
un estorbo, simples mendigos, pero para sus padres son lo más valioso y querrán
protegerlos a toda costa. ¿Me equivoco?
Este es un hombre muy bondadoso, piensa Kaim,
quizá incluso demasiado para ser soldado.
Procedente del castillo llega el tañido de la campana mayor:
la señal de asamblea de emergencia para los soldados que patrullan las calles.
Parece que han llegado sus dosis del medicamento.
– Volvamos – exclama Dok, como olvidándose del dilema –. Seamos buenos y tomemos
la medicina milagrosa que nos va a salvar la vida y nos permitirá proteger el reino.
Las espinas de desconsuelo que brotan con sus palabras arañan el corazón de Kaim.
No es hasta el día siguiente cuando Dok le confiesa a Kaim su plan de desertar.
– Solo te lo he contado a ti, Kaim. – dice cuando vuelven a patrullar por el mercado –.
Soy consciente de que el castigo por desertar es muy severo. No sé si lo conseguiré,
pero s me cogen, es seguro que me juzgarán en consejo de guerra me ejecutarán.
Dice que acepta esa posibilidad, motivo por el que quiere asegurarse de que Kaim sepa el
propósito de su deserción.
– No pretendo traicionar ni al país ni al ejército.
Es solo que debo entre gar… esto.
Abre la palma de la mano para dejar ver la pastilla que le proporcionaron el día anterior.
– ¿No te la tomaste? – pregunta Kaim sorprendido.
– No, los engañé – contesta con una risita antes de ponerse serio otra vez y cerrar la
mano.
– ¿Se la vas a dar a alguien?
– Ajá.
Dok extiende el brazo y señala hacia la cordillera del sur de la capital.
– Al pie de esas montañas está la aldea donde nací. Mi esposa y mi hijo viven allí. El
niño solo tiene cinco caños y su salud es delicada desde que nació. Si contrae esa
enfermedad, será su sentencia de muerte.
– ¿Entonces le vas a dar tu pastilla?
– ¿Crees que está mal por mi parte?
Kaim paralizado por la mirada de Dok, se queda sin palabras.
De pronto los tiernos ojos del desertor destellan con furia asesina.
– Puede que sea un soldado que debe servir a su país, pero antes que eso soy padre y,
ante todo, un ser humano. Me importa un bledo a quién considera “imprescindible”
el reino y a quién no.
Lo que yo quiero es salvarle la vida a quien es insustituible para mí.
Los ojos de Dok cobran aún más fuerza. Ahora los tiene inyectados en sangre, prueba de su
resolución.
– Si salgo ahora, podré estar de vuelta en el cuarte para cuando pasen revista por la
mañana. Regresaré en cuanto le dé la pastilla, así que te pido que me hagas un favor:
no des la alarma hasta entonces.
– No, claro que no, pero…
– No sé si lo lograré, pero es seguro que mi hijo morirá si me quedo aquí. Si le doy la
medicina, vivirá. Si existe una sola posibilidad, no tengo otra opción: debo asumir el
riesgo.
– Si te cogen, te matarán.
– No me importa. Moriré con orgullo, sabiendo que lo hice para salvarle la vida a quien
más me importa.
– ¿Y si el que enferma eres tú?
– Eso lo dejo en manos del destino.
– dice Dok sonriendo – Las personas no controlan su suerte, pero quiero hacer todo lo
posible como ser humano.
Esto es por lo que Dok ha revelado su intención a Kaim.
– Una cosa más, Kaim. Si me matan o si enfermo y muero, me gustaría contar contigo
para que vayas a mi pueblo y les digas a mi esposa y a mi hijo lo que ocurrió.
Que sepan que no deserté porque me harté del ejército, sino para salvarle la vida a mi
hijo, que para mí es muchísimo más importante que la fidelidad al ejército y que mi
propia vida.
Sonríe y dice que si este mensaje les llega, todo habrá valido la pena. Kaim no puede objetar
nada.
No es que acepte del todo lo que Dok le ha contado. No está tan convencido como él de su
razonamiento, puesto que lo abruma algo que va más allá de la lógica: el impulso de la vida, el
deseo firme y tenaz de Dok de salvar una vida precisamente porque la muerte acabará
segándola.
– Escaparé mientras patrullamos por el mercado. Tú hazte el despistado un segundo.
Diles que desaparecí cuando te diste la vuelta.
Lo único que puede hacer Kaim es aceptar la voluntad de Dok.
Comprende que en lo más recóndito del corazón de quienes aman la vida finita hay un hueco
al que no se puede asomar quienes soportan irrevocablemente la carga de una existencia
eterna.
Llegan al límite del mercado.
– En fin, lamento hacerte pasar por esto… – dice Dok.
Se gira hacia la salida y está a punto de perderse entre el gentío cuando de pronto sucede.
Una niña sale corriendo del callejón.
Es la misma mendiguilla harapienta del suburbio que se cruzó ayer con ellos, feliz e inocente.
Hoy está sola y llora desconsolada.
Mira a su alrededor con desesperación y cuando ve a Kaim y Dok con sus uniformes, corre
hacia ellos y les grita: – ¡Socorro! ¡Ayuda!
– ¿Qué te pasa? – le pregunta Dok.
La niña le coge de la mano y lo lleva hacia el callejón, como si no quisiera que nadie oyera lo
que le iba a decir.
– ¡Es mi hermano! – contesta la pequeña –. ¡Está enfermo! ¡Tiene mucha fiebre y no
para de tiritar! ¡Tenemos que hacer algo o se va a morir!
Kaim y Dok se miran.
– ¿Y tus padres? ¿No pueden cuidarlo tu padre o tu madre? – pregunta Kaim.
– ¿Qué padres? – replica la niña entre sollozos –.
Murieron hace mucho. Solo estamos mi hermano mayor y yo. ¡Oh, por favor,
ayudadlo, os lo ruego!
– Justo ahora que… – murmura Dok sin saber si irse o no.
Mira a Kaim con los ojos suplicantes.
Kaim se arrodilla y mira a la niña a los ojos.
– ¿Desde cuándo tiene fiebre? – le pregunta.
– Desde hace un rato –contesta la mendiguilla –. Íbamos a buscar sobras de verduras
cuando se cayó…
No ha pasado mucho desde que se ha manifestado el mal.
Todavía se puede salvar con el medicamento. Aunque, claro está, las medicinas no son para los
niños de la calle.
A juzgar por el aspecto famélico de la niña, su hermano tampoco debe de estar muy bien
alimentado. La enfermedad no tardará en consumir su cuerpo desnutrido y le arrebatará la
vida en cuestión de horas.
La niña no enfermará, evidentemente, pero aun así, en cuanto pierda al único miembro de su
familia que le queda y ya no tenga a nadie que cuide de ella, la pobrecilla acabará reuniéndose
con sus padres y su hermano más pronto que tarde.
– Por favor, ayudad a mi hermano… ¡Por favor!
Se abraza a Kaim y Dok, incapaz de contener el llanto.
Kaim asiente con la cabeza en silencio. Se levanta despacio y se lleva de la mano al pequeño
zurrón que lleva colgado de la empuñadura de su espada.
Antes de llegar a introducir los dedos en él, oye a Dok decirle a la niña:
– No te preocupes.
Ve cómo le tiende la mano y le sonríe con ternura.
Forma un cuenco con los dedos en el que sostiene la pastilla.
– Dásela a tu hermano – le dice –. Todavía puedes salvarlo.
La niña lo mira perpleja y vacila hasta que él le apremia:
– Corre. ¡Llévasela ya!
– La niña estira el brazo temerosa y la coge con suma delicadeza.
– ¡Corre a casa, vamos! – dice Dok con una sonrisa.
– ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!
Su vocecilla frágil quebrada resuena hasta que se pierde por el callejón.
– Me alegro de que haya salido así, Kaim. – dice Dok encogiéndose de hombros y
sonriendo con aflicción. – A mí ya no me tacharán de desertor y tú no tendrás de qué
preocuparte. No, así está mejor.
Parece que intenta convencerse a sí mismo. Incluso asiente con la cabeza para sí.
No cabe duda de que en parte se arrepiente, sobre todo porque su hijo podría enfermar y
morir.
Aun así, habla con tranquilidad. – No he podido evitarlo. Cuando he visto a esa niña llorando
así… Sé que mi hijo lo entendería – vuelve a afirmar con la cabeza.
– Sí, Dok, pero…
– Déjalo. No digas nada.
Dok lo interrumpe y mira de reojo hacia el callejón por el que se marchó la mendiguilla.
– No se puede clasificar a las personas. Lo que importa es salvar una vida si tienes la
oportunidad.
– Sé a qué te refieres – dice Kaim.
– Que haya evitado la muerte de un niño de la calle no quiere decir que el muchacho,
de mayor, vaya a ser el orgullo de la nación. Puede que lo único que haya conseguido
sea prolongarle la vida a otra rémora del país. Quizá cuando vuelva al cuartel empiece
a pensar en a quién debería haber salvado en lugar de a él.
Por otro lado, Kaim – dice, interrumpiéndose y mirando a su compañero mientras
considera otra posibilidad –, también lo veo de esta manera: tal vez esté en el instinto
del ser humano el impulso de ayudar a alguien cuando la oportunidad se presenta.
Es posible que sea después cuando aprendemos a clasificar: “por el país”, “por el
pueblo”, o incluso “por mi hijo”.
Puede que haya fracasado como soldado y como padre, pero creo que he hecho lo
correcto como persona.
Dok se queda callado y comienza a caminar sin esperar la respuesta de Kaim. Puede que
pretenda ocultar la vergüenza de su disyuntiva martirizadora.
Al darse cuenta, Kaim se ríe y llama a Dok con despreocupación, como si fuera a proponerle ir
a tomar algo a la taberna.
– ¡Eh, Dok!
– ¿Sí?
– ¡Te olvidas esto!
Kaim, ahora sí, hunde los dedos en el zurrón que lleva atado a la empuñadura de su espada.
Extrae de él una pildorita.
– ¿Qué? ¿Es que…
– No me la tomé.
Kaim, con quien no puede ninguna enfermedad,
no iba a aprovechar el medicamento.
Por supuesto, esto no se lo va a revelar al soldado. Aunque quisiera convencerlo de que lleva
mil años en este mundo, no es probable que Dok lo tomara en serio.
– Tienes una familia, Dok. Harías cualquier cosa por protegerla. Eso es algo maravilloso.
Kaim extiende la mano y le ofrece la pastilla, igual que hizo Dok antes con la niña.
– Te envidio – le dice con una sonrisa.
– Un momento, Kaim, espera…Y tú…
– Yo no tengo familia – explica ensanchando la sonrisa.
En respuesta al gesto de Kaim, frío y cálido a partes iguales, Dok acepta la pastilla sin decir
nada más.
– ¡Bueno, mira qué cielo tan hermoso! – exclama Kaim –.
Creo que me quedaré aquí un rato a contemplarlo, sin pensar en nada. Este podría ser un buen
momento para que salgas corriendo a ver a tu hijo.
Pierde la mirada entre las nubes.
No tarda en oír unos pasos que se alejan raudos por el adoquinado.
– Procura volver vivo, Dok – murmura.
Sigue la ronda sin dejar de mirar el cielo añil, hasta que se pierde entre la muchedumbre.

LA HISTORIA DEL ANCIANO GREO

Todo el mundo consideraba al anciano Greo el mejor zapatero del país.
Sus zapatos eran ligeros como una pluma y resistentes como el acero. También eran caros
(triplicaban el precio normal del mercado). La gente que desconocía su reputación se quedaba
tan anonadada al conocer lo que cobraba que exclamaba: “¡El anciano debe de hacer zapatos
por amor al arte!”.
Por supuesto, no era tal el caso. Empezó como aprendiz de artesano a una tierna edad y cada
vez que adquiría conocimientos de un maestro, se marchaba a trabajar con otros zapateros de
mayor prestigio. Antes de darse cuenta, ya estaba haciendo zapatos para los nietos de sus
primeros clientes.
Greo era un artesano tan habilidoso que podía confeccionar cualquier tipo de zapato que el
cliente le encargara, pero lo que mejor se le daba ( y con lo que más disfrutaba ) era el calzado
de suela gruesa para caminantes.
Todos sus clientes estaban de acuerdo: “Una vez que has viajado con los zapatos del anciano
Greo, ya no puedes calzarte otros”.
Algunos decían: “¿Alguna vez os habéis puesto sus zapatos? No te cansas nunca. Solo quieres
seguir caminando, tan lejos como puedas. Casi odias llegar a tu destino”.
No obstante, pese al excelente artesano que era, el anciano Greo casi nunca hablaba con sus
clientes y en ocasiones se llegaba a mostrar muy desagradable. Cuando alguien alababa su
trabajo, ni siquiera sonreía. Tan solo se limitaba a poner otro trozo de piel en la horma de
madera y comenzaba a martillear.
Las únicas ocasiones en las que se le veía esbozar una sonrisa
casi inapreciable era cuando algún cliente visitaba su taller para realizar un pedido.
Tampoco era que le entusiasmara que le hicieran encargos. Cuando más disfrutaba era cuando
un cliente le traía un par de zapatos completamente deteriorados.
Examinaba con ternura las suelas desgastadas y los empeines ajados y les hablaba:
“Parece que habéis visto mucho mundo…”.
Los clientes habituales nunca se deshacían de los zapatos viejos porque sabían cuánto
disfrutaba el anciano con ellos. Ni tampoco osaban limpiarlos jamás antes de dejarlos en
manos del viejo artesano.
Los prefería recién utilizados, cubiertos de polvo, mugrientos y hediondos.
– Son mis sustitutos – decía, y les buscaba un lugar de honor en el almacén.
Caminan por mí. Han hecho su trabajo.
Odio tirarlos sólo porque ya no sirvan.
Pese a lo mucho que le satisfacía su trabajo, el anciano Greo jamás se calzaba sus zapatos.
La historia del anciano Greo
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No habría podido, aunque hubiera querido.
Le faltaban las piernas de las rodillas para abajo.
Una enfermedad terrible le devoró los huesos cuando era muy joven y tuvieron que amputarle
las piernas para salvarle la vida.
Llevaba toda su larga vida en una silla de ruedas. Jamás salió de su pueblo.
A esto se refería cuando decía que sus zapatos viajaban por él.
– Hacía tiempo que no te veía – dice el anciano Greo sin apartar la vista de su obra
cuando Kaim aparece en el umbral.
Aunque el artesano se encuentra de espaldas a la puerta, el sonido de los pasos le avisa
cuando llega un cliente habitual.
– ¿Has atravesado el desierto?
El sonido le dice lo desgastados que están los zapatos y qué terreno han pisado.
El anciano Greo es un artesano de primera.
– Ha sido un viaje horrible – contesta Kaim con una sonrisa sombría mientras se
acomoda en una silla de un rincón de la tienda.
Cuando el anciano Greo está dando los últimos toques a un trabajo, casi nada desvía su
atención, como bien saben sus clientes habituales.
– ¿Han estado a la altura mis zapatos? – pregunta el artesano.
– ¡Como nunca! Nadie me hubiera hecho unos mejores.
– Me alegro.
El anciano no muestra el menor entusiasmo, lo que es de esperar.
Greo es especialmente seco cuando trabaja. Si Kaim desea verlo sonreír, tendrá que esperar
hasta entregarle los zapatos viejos en un descanso.
– ¿Vas a encargar otro par?
– Ajá.
– ¿Adónde vas ahora?
– Al Norte, seguramente.
– ¿Al mar o a las montañas?
– Puede que recorra la costa.
– ¿Para luchar?
– Es posible.
El anciano Greo asiente con la cabeza.
Guarda silencio durante un momento.
El único ruido que se escucha en todo el taller lo produce su mazo de madera.
La historia del anciano Greo
158
Como en los viejos tiempos. El golpeteo trae recuerdos a Kaim.
Ha encargado incontables pares de zapatos en esta tienda.
Incluso antes de que pasara a regentarla el anciano.
Kaim es uno de los clientes más antiguos del anciano Greo.
En otras palabras, es de los pocos que ha sobrevivido a sus viajes.
Entre golpeteos y palabras dispersas, el anciano va hablándole a Kaim sobre la muerte de
algunos de sus clientes de siempre. Uno enfermó y murió mientras viajaba. Otro perdió la vida
en un accidente. En cuanto al que murió en combate…
– Es duro cuando solo vuelven los zapatos.
Kaim asiente con la cabeza.
– Hace una semana murió un muchacho. Llevaba el primer par de zapatos que me había
encargado. Las suelas apenas estaban gastadas.
– Háblame de él.
– Bueno, es lo de siempre. Deja su hogar en busca de una vida más interesante, los
padres intentan hacerle recapacitar, pero se marcha de todas maneras.
– Me sorprende que pudiera permitirse unos zapatos tuyos.
– Se los pagaron los padres. Triste, ¿verdad? Entregan a su hijo todo su amor y cariño y
cuando apenas ha dejado de ser un crío, dice que se va de casa. Al final acceden y
deciden dejarlo marchar. Piensan que por lo menos le pueden entregar un par de
zapatos míos como regalo de despedida. En menos de un mes el muchacho regresa
con los pies por delante. No sé, creo que los padres de ahora no saben criar a sus
hijos. Es tan absurdo…
Greo parece escupir cada palabra.
Kaim sabe que los sentimientos del anciano son mucho más profundos. El anciano Greo lo
dejaría todo para tener listo un nuevo par de zapatos para el funeral de un muchacho
desgraciado que pasó a mejor vida cuando intentaba cumplir su sueño. Se los calzaría al
cadáver en el ataúd y rezaría por que consiguiera terminar este último viaje.
Greo guarda silencio de nuevo y coge el mazo.
Kaim se fija en lo encorvado y enjuto que se ha quedado el viejo.
Hace mucho que lo conoce. Sus días acabarán pronto, piensa Kaim con aflicción.
El anciano Greo decide que se puede permitir darse la vuelta y mirar a su cliente.
– Me alegro de verte por aquí, Kaim.
Tiene el rostro surcado de arrugas. A Kaim le vuelve a llamar la atención cuánto ha envejecido.
– ¿Adónde decías que te diriges ahora?
– Al Norte.
La historia del anciano Greo
159
– Sí, eso me había parecido.
Kaim menea la cabeza. El viejo parece no concentrarse como antes cuando no está trabajando
y a veces le falla la memoria.
Poco a poco pero inequívocamente, el anciano Greo se va perdiendo en la frontera que separa
la realidad de los sueños. La gente envejece y muere. La certeza de este destino inevitable
estremece a Kaim con especial intensidad cada vez que finaliza un viaje largo.
– Veo que también has sobrevivido ahora.
Kaim lo mira forzando una sonrisa.
– ¿Lo has olvidado? No puedo morir.
– Oh, supongo que ya lo sabía…
– Tampoco envejezco. Tengo el mismo aspecto que el día que me conociste, ¿no crees?
Por un momento, el anciano parece confuso.
– Claro, entonces eras un niño.
Acababas de recuperarte de aquella enfermedad pero habías perdido las piernas y te
pasabas el día llorando.
– Es verdad…me acuerdo…
– Me llamabas hermano mayor Kaim y jugabas con mis zapatos viejos. ¿Te acuerdas?
– Sí, desde luego.
Ahora Greo está seguro de lo que dice. O la niebla se ha dispersado o los recuerdos lejanos han
vuelto con especial claridad porque proceden de un pasado muy distante.
– Tenían unos cuantos agujeros, cierto tufillo acre a barro y sudor y las suelas estaban
desgastadas.
Cualquier hubiera pensado que no eran más que unos zapatos viejos que había que
tirar, pero para mí escondían un tesoro.
Recuerdo que pasé el dedo por la capa de suciedad que los cubría y que intentaba
adivinar qué parajes habrían recorrido. ¡Me divertí tanto con ellos! ¡Tanto!
Fue gracias a ti, Kaim.
De no haberte conocido, me habría pasado la vida maldiciendo mi suerte. Sin
embargo he sido feliz. Soy feliz ahora. Aunque no pueda salir de este taller, mis hijos
pueden viajar por mí. He llevado una vida plena.
Guarda silencio.
¡Bueno, basta de palabrerías! – exclama Greo entre avergonzado y sonriente y le tiende su
gruesa mano a Kaim.
– Muy bien, venga, dame a mis hijos – dice, y Kaim le entrega un par de zapatos
destrozados.
La historia del anciano Greo
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El viejo los acaricia con cariño y dice suspirando:
– Has luchado en multitud de batallas.
– También fui mercenario durante un tiempo.
– Lo sé – dice Greo –. Huelo la sangre.
Siempre me traes los zapatos igual.
– ¿Te disgusta?
– En absoluto. Me alegro de que hayas regresado sano y salvo.
– Me marcharé otra vez en cuanto me prepares los nuevos
– ¿Otro viaje de esos? ¿A la guerra?
– Ajá…
– Y cuando el viaje acabe, ¿volverás a partir?
– Es posible…
– ¿Cuánto aguantarás así?
Kaim contesta con una sonrisa apgada. Siempre. Esta no es una palabra que deba pronunciar a
la ligera en presencia de alguien que ha consumido el poco tiempo que se le ha dado.
– Oh, bueno, qué más da – dice el viejo, que da la espalda para volver a su trabajo.
– Espera tres días. Podrás salir la mañana del cuarto.
– Muy bien.
– Y luego, ¿cuándo nos volveremos a ver?
– Dentro de dos años, quizá. Tal vez tres. Puede que un poco más tarde.
– ¿De verdad? En fin, en ese caso puede que este sea el último par de zapatos que hago
para ti.
Kaim cree que así será. No es muy probable que el anciano resista tres años más. Kaim desea
de corazón que viva más tiempo, pero no basta con tan solo desearlo.
Solo quienes viven eternamente saben que este es el motivo por el que el tiempo que se le
concede a una persona es tan precioso e irrecuperable.
– Oye, Kaim…
– Dime.
– ¿Te importa si hago un segundo par de zapatos del mismo cuero iguales a los tuyos?
Explica que serán para él mismo, para meterlos en su ataúd a la hora de emprender el último
viaje.
– Cómo no – responde Kaim.
El anciano comienza a golpear con el mazo en lugar de darle las gracias.
El ruido es más triste y lúgubre de lo normal.
– Eso sí, ahora que lo pienso, Kaim, vuelve alguna vez por aquí, aunque yo haya muerto.
Deja tus zapatos viejos junto a mi tumba.
– Lo haré.
La historia del anciano Greo
161
– Me gustaría decir que llegaré al cielo antes que tú y que te estaré esperando, pero en
este caso no es apropiado.
– No, por desgracia.
– ¿Cómo es eso de no acabar nunca el viaje? ¿Te hace feliz? ¿Te entristece?
– Es más bien una desgracia – contesta Kaim, pero su voz se ahoga bajo el golpeteo
cada vez más fuerte del mazo de Greo, de manera que ni él mismo se oye.
El anciano Greo llegó al término de sus días poco después de la visita de Kaim.
Puesto que Greo no tenía familia, su tumba del cementerio del límite del pueblo estaba
atendida por sus muchos hijos.
Tal como era su deseo, sus clientes habituales dejaban sus zapatos viejos junto a su tumba.
Entre ellos se contaban los de Kaim.
El epitafio lo escogió el propio Greo.
Esta fue la explicación que le dio a Kaim: “Se lo decía a cada par de zapatos antes de
entregárselos a los clientes. A ellos también se lo deseaba siempre. A mí, sin embargo, nunca
me lo dijo nadie.
Por eso quiero que lo ponga en mi lápida.
Estas son las palabras con las que quiero que me despidan cuando parta hacia el cielo”.
Han pasado varias décadas.
No solo el anciano Greo sino también todos los clientes que lo conocieron abandonaron este
mundo hace mucho.
El único que sigue viniendo a presentarle sus respetos es Kaim.
Ya no calza los zapatos que le confeccionó el viejo. Al igual que la de un hombre, la vida de
unos zapatos es limitada.
Con todo, Kaim viene al pueblo antes de iniciar cada viaje para tocar el suelo con la frente ante
la tumba del anciano.
La tumba está cubierta de musgo, aunque, por extraño que parezca, la inscripción tallada en la
lápida se sigue leyendo con claridad.
“¡Que tengas un buen viaje!”
Esto fue lo que el anciano le deseó siempre a todo el mundo.
Las palabras brotaban con sequedad de sus labios, aunque siempre cargadas de sentimiento.

LA TRAGEDIA DEL GENERAL CARNICERO (MIL AÑOS DE SUEÑOS)

Todos llaman al general el Carnicero.
A la hora de combatir es como una roca, posee excelentes dotes tácticas, aprovecha como
nadie el tiempo y las características del terreno y, sobre todo, destaca por su habilidad como
guerrero.
No obstante, la victoria en el campo de batalla no implica necesariamente una carnicería.
Los generales reciben un sobrenombre indicativo de sus capacidades militares: el Victorioso, el
Indomable, el Invencible… pero solo a uno lo llaman el Carnicero.
¿Sabes por qué, Kaim?
– pregunta el general mientras se recrea contemplando el vasto mar de cadáveres.
Kaim no contesta.
– Entró en liza como mercenario pero sus logros superaron con mucho los de las
propias tropas. Que el general llame a un hombre a su presencia y hable con él cara a
cara es un honor que muchos oficiales no alcanzarán ni en sus mejores sueños.
No solo por ganar batallas – prosigue el general –. Sería demasiado fácil limitarse a
matar al general enemigo. Acabar con el líder y punto. ¿Verdad?
Kaim asiente en silencio.
Así es como debería haber terminado este combate, en lugar de haberse alargado durante tres
días. El general enemigo se rindió apenas iniciado el conflicto. Ofreció su cabeza a cambio de la
vida de su ejército y su pueblo.
Sin embargo el Carnicero rechazó la oferta y continuó luchando contra un enemigo que había
abandonado la voluntad de combatir, hasta masacrarlo. Al día siguiente se prendió fuego al
bosque al que habían huido los sumisos aldeanos.
– El combate no termina cuando entonces la canción de la victoria en el campo de
batalla. Basta que sobreviva una solo persona para que la semilla del odio germine.
Hablo del deseo de venganza. Nada bueno puede ocurrir si lo dejamos crecer.
Hay que cortar de raíz los problemas que puedan surgir.
Por esto es por lo que las tropas a las órdenes del general aniquilaron a los jóvenes
del pueblo tras exterminar a los soldados enemigos. También asesinaron a los
inermes ancianos. Segaron la vida de las madres que huían con sus hijos en brazos.
Acabaron con los niños que permanecían aferrados a los cadáveres de sus madres.
– ¿Crees que soy cruel, Kaim?
– Sí – respondió el mercenario asintiendo con la cabeza.
Los oficiales que había alrededor de ambos se quedaron pálidos, pero el Carnicero sonrió y
prosiguió.
– Supongo que tú no hiciste nada de eso.
La tragedia del general Carnicero
149
– Mi trabajo consiste en matar soldados en el campo de batalla.
En mi contrato no estipula otra cosa.
– Y yo te digo que esa es una manera necia de ver las cosas.
Esos soldados que has matado han dejado atrás hermanos e hijos. ¿Acaso quieres
vivir temeroso de su venganza? Es absurdo. Si acabas con la familia entera, vivirás sin
esa preocupación, ¿entiendes?
El general vomita una carcajada estentórea y los oficiales le responden con una sonrisa.
Kaim, sin embargo, se mantiene inexpresivo y se aleja.
– ¿Adónde vas, Kaim?
– No hay más que decir, ¿no? He cumplido mi parte del trato.
– Eso no importa. Espera.
Al decir esto el general, varios soldados se interponen en el camino de Kaim.
– Escucha Kaim. He recibido algunos informes que hablan de tus proezas en el frente.
¿Qué te parece luchar bajo mi mando de ahora en adelante? Aprovecharías al
máximo tus dotes marciales.
– No me interesa.
– ¿Cómo dices?
– Jamás emplearé mi espada contra un oponente desarmado.
El Carnicero se queda estupefacto por un momento y retuerce el gesto confundido.
– Todavía no lo entiendes, ¿verdad? Deberías repasar los libros de Historia. Te darías
cuenta de que el odio solo engendra más odio. Esto es lo que acaba destruyendo las
naciones y potencias más prósperas, y por eso me aseguro de acabar con el problema
de raíz.
– En mi opinión, general, una batalla y una matanza son cosas distintas.
– ¿Qué estás…
– Igual que el valor la crueldad.
– Tú, un vulgar mercenario, te atreves a darme lecciones…
– Permíteme decirte una cosa más acerca del odio, general.
No se extingue solo con asesinar a las personas.
Permanece en la tierra, en las nubes, en el viento.
Es lo que he creído siempre y pienso seguir haciéndolo.
– Estúpido…
– El exterminio es la solución de los cobardes. Eso es lo que creo.
– ¿Cómo osas…
El general mira a Kaim y sus hombres desenvainan.
En ese preciso instante se oyen procedente del bosque calcinado los gritos de unos soldados.
– ¡Aquí hay más! ¡Todavía quedan cinco! ¡No, seis! ¡Por allí! ¡Han huido por allí!
El general, distraído por los gritos, comienza a dar órdenes a sus hombres:
La tragedia del general Carnicero
150
– ¡Aprisa, cogedlos! ¡Que no se escape ni uno!
¡Vamos! ¡Vamos! ¡No los dejéis marchar!
Los hombres que bloqueaban el paso a Kaim se ponen nerviosos y ninguno piensa en
detenerlo cuando empieza a alejarse.
– ¿Habéis oído? ¡Que no se escapen! Como falte uno solo, despedíos de vuestra cabeza,
¡todos!
Los gritos del general son a todas luces los de un cobarde.
Después de aquel día, el Carnicero dirigió infinidad de batallas y redujo a cenizas incontables
aldeas, asesinando siempre a todos los habitantes.
Entonces, una noche, ocurrió algo.
El general sintió un picor extraño en el dorso de la mano.
No era como cuando le picaba un insecto o le salía un sarpullido. La picazón era mucho más
profunda y parecía retorcerle la carne.
– Qué raro…
Por mucho que se rascó, no obtuvo el menor alivio. Era muy extraño: no tenía ningún
enrojecimiento ni ninguna roncha y no se veía señal alguna de erupción.
– Me habrá picado una polilla venenosa.

Esa noche el general había incendiado otra aldea. Hasta entonces a ese pueblo, rodeado de
hermosas praderas como estaba, se le conocía en tiempo de paz como “la Villa Florida”. En
honor al nombre, los habitantes se dedicaban en cuerpo y alma a cultivar flores de todos los
colores; las que habían terminado de desarrollarse para esta época eran del color del sol
poniente.
De hecho, todo el pueblo parecía teñido del color del más magnífico de los crepúsculos.
Esta fue la aldea sobre la que el general desató un incendio más resplandeciente que cualquier
atardecer.
A los aldeanos, que corrían despavoridos en círculo, los mataron uno a uno. Más roja que el
cielo arrebolado, más roja que la más intensa llama era la sangre que empapaba la tierra.

– Pero siempre ha sido así. Hoy no he hecho nada especial.
El general sacude la mano, que no deja de picarle, y toma un trago de licor.
Sucedió en ese momento.
Una especie de granitos empezaron a rasgarle la piel del dorso de la mano.
La tragedia del general Carnicero
151
No sangró.
No sintió ningún dolor
Igual que las plantas cuando brotan de la tierra.
En efecto, las cosas que le estaban cubriendo el dorso de la mano ante sus propios ojos era, sin
la menor duda, brotes de plantas.
El general, espantado, cogió una navaja e intentó cortarse esas cosas.
Sin embargo, cuanto las tocó con la hoja, empezaron a emitir lo que parecían gemidos
humanos, iguales a los gritos de una persona al coserla a espadazos, o quemarla.
– ¡Callaos, malditos! Callaos, demonios…
Puesto que con una mano sostenía la navaja para quitarse lo que le salía de la otra, no podía
taparse los oídos.
Cuando acabó de cortarse esas criaturas del dorso de la mano, tenía el cuerpo cubierto de un
sudor pegajoso. Para descargar su rabia, llamó a gritos a los hombres que se suponía que
debían estar protegiéndolo.
– ¿Dónde demonios estabais?
– ¿Señor?
– ¡Tendríais que haber acudido corriendo al oír gritos en mi tienda! ¡Es vuestro deber
como guardias!
Los guardias se miraron confusos y el primero de ellos adujo trastabillado:
– Disculpe, señor, hemos permanecido todo el tiempo junto a la puerta pero no hemos
oído ningún…
El general miró a sus hombres, colérico, pero una vez hubo dominado la ira que lo embargaba,
gritó: – No importa. ¡Fuera de aquí!
Estaba demasiado furioso como para perder el tiempo con los subordinados.
Al instante siguiente, empezó a picarle otra vez el dorso de la mano.
Solo que esta vez la quemazón no se limitaba a la mano:
también los costados, los hombros, las nalgas,
todo el cuerpo empezó a arderle.
El general, que se encontraba solo de nuevo, se arrancó a ropa de dormir y se examinó todo el
cuerpo aprovechando la luz de la luna que atravesaba la tela de la tienda.
Ahora esas criaturillas le brotaban de todas partes: a algunas incluso le salían hojas.
El general profirió un grito sordo y empezó a cortarse los retoños que iban apareciendo.
Según se iba deshaciendo de ellos, emitían gritos espantosos que helaban la sangre.
La tragedia del general Carnicero
152
Vio cómo las sábanas se iban tiñendo de verde y pronto los incontables brotes empezaron a
transformarse en un sinfín de cadáveres humanos. Cubrieron no solo su cama, sino el mundo
entero antes de fundirse con la negrura de la noche y desaparecer.
Las noches sin dormir se sucedían sin piedad.
Las horripilantes criaturas seguían brotando de su piel aunque las cortara mil veces.
Los ungüentos no surtían el menor efecto. Tomaba todos los antídotos que caían en sus
manos, pero ninguno servía de nada.
No podía hablar de esto con sus subordinados.
Si corriera el rumor de que al Carnicero le habían salido unas plantas misteriosas por todo el
cuerpo, sus enemigos se envalentonarían y sus aliados se desalentarían.
Tal vez hasta sus subordinados intentaran cortarle la cabeza una noche.
Por su cobardía lo conocían como el Carnicero y precisamente ese pánico lo había convertido
en un hombre solitario y aislado.
No tenía nadie con quien hablar de esto.
Todas las noches libraba en soledad la misma batalla,
aunque quizá no se tratara de un combate propiamente dicho. Las criaturas brotaban sin más
de su cuerpo y no ofrecían la menor resistencia. Cuando las tocaba con la navaja, gritaban y se
desprendían. Lo que hacía era más propio de un carnicero que de un guerrero.
Pasaron algunas noches más.
Las plantitas no dejaban de brotar. El único aspecto positivo podría ser que las criaturas solo le
salían en las partes del cuerpo a las que alcanzaba con la navaja. Sin embargo, esto también
podría haber sido un martirio. Al general no le quedaba otro remedio que seguir amputándose
los retoños precisamente porque llegaba a ellos.
Dado que se bastaba él solo para llevar a cabo la carnicería, no podía pedir ayuda.
La matanza en soledad no cesaba.
Las noches sin dormir no acababan.
Su cuerpo se iba consumiendo poco a poco.
“¿Por qué me pasa esto?”, se preguntaba el general.
“¿Por qué tiene que pasarme esto a mí?
Es tiempo de guerra. Estoy en el campo de batalla. Debo matar al enemigo para sobrevivir.
Para vivir tranquilo, tengo que aniquilaros a todos, tanto si van armados como si no.
– Es pura lógica – gruñía el general –.
Solo he hecho lo más prudente de la manera más sensata.
La tragedia del general Carnicero
153
Esa noche volvieron a retoñar las plantas.
Una vez más, se las cortó con la navaja.
De nuevo escuchó los alaridos de sufrimiento.
De nuevo contempló el mar de cadáveres.
De nuevo oyó al gallo anunciar el inicio del nuevo día.
De nuevo pasó la noche sin el alivio del sueño.
El general veía cómo su cuerpo, su arma más letal ante el enemigo, se marchitaba día a día.
Junto con su vitalidad, también fue perdiendo la cabeza.
Se pasaba los días postrado en la cama.
Abriera o cerrara los ojos, solo veía imágenes de las matanzas que había llevado a cabo.
Ahora recordaba las palabras de un mercenario capaz pero insolente.
El odio no se extingue al poner fin a una vida.
Permanece…en la tierra, en las nubes, en el viento.
El general quería volver a ver a ese hombre…
Verlo y preguntarle otra vez si acaso se había equivocado todos estos años.
Tal vez este guerrero, un hombre silencioso, no respondiera a su pregunta. Con todo, el
general necesitaba verlo una vez más, al mercenario, a ese tal Kaim.
El sol se puso. La noche se fue cerrando.
Como siempre, el cuerpo comenzó a picarle y los retoños volvieron a brotar.
Pero el general, que sostenía la navaja entre unos dedos que ahora más bien semejaban ramas
marchitas, ya no tenía fuerza para seguir cortándoselos.
Empezó a picarle la espalda.
Era la primera vez que las criaturillas le salían en partes a las que no alcanzaba, como si
hubieran estado aguardando el momento oportuno.
El general, tumbado sobre la cama, dejó caer la navaja.
“Basta.
Ya no puedo más”.
Las plantitas siguieron naciendo
y lo fueron envolviendo hasta cubrirlo por completo.
Entonces le abrió la espalda, de la que surgió un retoño más grande de lo normal.
La tragedia del general Carnicero
154
Al amanecer la planta ya había madurado y antes de que cantara el gallo ya había echado una
flor del color del atardecer.
Han pasado largos años.
Cuando visita el antiguo campo de batalla, Kaim se encuentra con un jardín.
Hay una plétora de flores de colores y formas distintos a los de las plantas de los bordes.
Junto al jardín hay un monumento de piedra con una inscripción de la historia del lugar:
En este campo terminó sus días un gran general.
Era conocido como el Carnicero. Murió de repente una noche
y de su cuerpo brotaron multitud de plantas florecientes.
Eran Flores de la Tarde, que solo crecían en una aldea
que el general había incendiado. Cuenta la leyenda que la semilla de la
Flor de la Tarde se aloja en el cuerpo de quienes tienen el alma abonada de odio
y que las raíces alimentan las flores con su carne.
Las flores del jardín, del color del sol poniente, se mecen al son de la suave brisa.
Kaim se queda allí un rato, contemplando la infinidad de flores nacidas del odio,
antes de seguir su camino en silencio.
Se dice que en el centro del jardín hay enterrada una armadura,
pero nadie la ha encontrado nunca…

HASTA SIEMPRE AMIGO (MIL AÑOS DE SUEÑOS)

Incluso cuando trata de parecer distante, sus verdaderos sentimientos se dejan entrever. Es
tímido, cobarde y amable.
Puede esforzarse al máximo por poner una expresión amenazadora, pero la sonrisa que viene
después es indescriptiblemente dulce y casi de adoración.
Por eso Kaim siempre está diciéndole que lo olvide.
Esto sucede cuando están sentados en los taburetes de una taberna o ganándose la paga del
día en la cantera, o caminando por la plaza del mercado, o cuando están de pie en la calzada
de piedra.
– Pero, ¿por qué, hermano mayor? – dice Hosee haciendo un mohín.
Siempre llamaba a Kaim “hermano mayor”, y aunque Kaim nunca le ha pedido su compañía,
aprovecha cualquier oportunidad para seguirle. Siente “adoración” en ese sentido.
– Por favor, llévame contigo cuando te marches de la ciudad, hermano mayor, Kaim – le
ruega como un niño, aunque es lo bastante mayor como para tener un trabajo
normal.
Navegar por el océano, atravesar continentes,
mi corazón late con fuerza cuando imagino esa clase de libertad – dice con los ojos
brillantes como los de un niño.
– Siempre he querido conocer un viajero como tú, hermano mayor.
Llévame contigo, por favor. Ya no aguanto más esta ciudad de paletos.
Podría agarrar la mano de Kaim y aferrarse a ella como un niño pequeño, y a menudo mira a la
gente de la calle a su alrededor o a las muchedumbres en la taberna, poniéndoles
abiertamente caras infantiles para mostrar a Kaim su descontento.
– Vienes de otra ciudad, así que sabes de lo que hablo.
Lo único que tiene este lugar es su historia. Claro que es antigua, pero está medio
muerta. Mira las caras de la gente. Ninguna tiene chispa. Todo lo que quieren es pasar
un día normal tras otro sin ningún problema. Es el peor sitio del mundo. Si tengo que
quedarme encerrado aquí mucho más, va a empezar a crecerme musgo.
¿Que no tiene chispa? Kaim no lo ve así. Aquí la gente se comporta con el refinamiento y
modales delicados propios de una ciudad histórica conocida como “la antigua capital”.
Sencillamente no tienen ese gusto por el tipo de ambiciones que va con las grandes esperanzas
el peligro.
Al no haber salido nunca del sitio en el que nació y creció, Hosee no sabe nada de otras
ciudades.
Kaim sabe demasiado sobre ellas: las hay que solían ser las orillas izquierda y derecha de una
única ciudad separadas por un río pero que ahora chocan con odio en una guerra continua e
intensa; ciudades asoladas por el hambre en las que los residentes se roban comida unos a
otros; ciudades económicamente florecientes con el crimen descontrolado llevado por la
avaricia; ciudades con casas que se pudren, abandonadas por gente partida a buscar riqueza y
prosperidad mientras que, justo sobre la colina, brillan otras ciudades en las que la gente
celebra su riqueza toda la noche.
En su viaje interminable, Kaim ha visto innumerables ciudades.
Y no solo lo que piensa sino que se lo dice a Hosee: esta es una buena ciudad.
Pero una alabanza es lo último que Hosee quiere oír de su ciudad natal.
– No me tomes el pelo – dice.
– Para nada – dice Kaim –. Es una buena ciudad, en serio.
– Que no, que no puede ser verdad.
– Ningún sitio es perfecto, por supuesto.
– No hablo de perfección. Solo has estado aquí unos seis meses. No lo sabes. He estado
encerrado en esta ciudad de paletos desde el día que nací. No puedes saber cómo me
siento. Me muero de aburrimiento. Esto harto de este sitio. Ya no lo aguanto más.
Kaim es consciente de lo que Hosee trata de decirle.
Aun así…No, Kaim menea la cabeza y sonríe a Hosee amargamente.
– Sabes – dice–, hay gente en el mundo que daría cualquier cosa por disfrutar lo que es
tener suficientes días de paz para aburrirse.
– Bien… puede que sea así…
– Creo que tienes suerte de haber nacido en una ciudad como esta, en la que la gente
es tan feliz.
Cuando duermes en una posada de esta ciudad, no tienes que pasarte la noche pendiente de
ruidos amenazadores en el pasillo. Las chicas pueden caminar por las calles de noche sin tener
que llevar una daga para protegerse. Los niños tienen mucha comida, sencilla pero nutritiva, y
pueden jugar en la calle hasta que se pone el sol.
La vida del viajero te enseña estas cosas. Cuantas más ciudades ves, más profunda es la marca
que te deja la lección. Las cosas que Hosee da por sentadas son de hecho claves indispensables
para la felicidad.
– No estoy tan seguro, hermano mayor.
¿Acaso no consiste la felicidad en hacer que los sueños se cumplan?
Si todo lo que necesitas es continuar viviendo en paz con seguridad,
¿de qué sirve vivir entonces?
Hosee no está siendo obstinado y está discutiendo por el placer de discutir.
Con los ojos fijos en los de Kaim, hace estas preguntas con toda seriedad y sinceridad.
Kaim sabe que Hosee es un tipo rotundamente franco y que, precisamente porque tuvo una
educación cómoda y sin problemas, se siente limado en la ciudad en la que nació. La ironía de
la situación provoca una punzada de dolor en el pecho de Kaim. Sin embargo esta hace que
desafíe a Hosee.
– Entonces dime: ¿cuál es tu sueño?
– ¿Mi sueño?
Salir pitando de aquí tan pronto como sea posible.
– ¿Y adónde irías?
– A cualquier parte. Cualquier sitio menos este.
– ¿Y qué harás cuando legues allí?
– No lo sé.
– ¿Qué ocurriría si terminas en un sitio que no es lo que esperabas?
– He dicho que no lo sé, ¿no? Deja de ser tan duro conmigo, hermano mayor.
– No estoy siendo duro contigo. Tienes que pensar en estas cosas.
– Bueno, ya basta. Un forastero como tú no puede saber cómo me siento.
Aunque se aleja a zancadas enfadado, Hosee volverá por la mañana, con tanta adoración por
su “hermano mayor” como siempre.
Tiene la personalidad sencilla y despreocupada de un niño.
Hosee tiene una esposa, la joven, tranquila y aniñada Cintia,
que conoce desde la infancia.
Cintia lleva dentro la cristalización de su amor.
Hosee pronto será padre.
Los padres de Hosee, los familiares y amigos colman con sus bendiciones a la “joven pareja”
que pronto serán los “jóvenes padres”.
Pero Hosee le dice a Kaim que eso no es lo que quiere.
Frunciendo el ceño, casi escupe las palabras cuando los dos se sientan en el extremo alejado
de la barra de una taberna.
– ¿No quieres ser padre? – pregunta Kaim, lo que aumenta la expresión de amargura de
Hosee.
Hosee asiente, pero como si quisiera negar la respuesta, masculla:
– No, me alegro bastante de tener un crío. ¿Cómo podría disgustarme eso?
Pero…no sé… simplemente no es lo que quiero.
Dice que no puede explicarlo con palabras.
Ladea la cabeza unas pocas veces como si fuera a explicarse, y luego apura un trago.
– Hermano mayor, tú no tienes familia, ¿verdad?
– No, yo no…
– ¿Qué se siente al estar totalmente solo en el mundo?
La única respuesta de Kaim es una sonrisa forzada.
Hosee interpreta la expresión y el silencio de Kaim para decir lo que quiere.
– Eres completamente libre, ¿verdad?
No tienes que soportar cargas, ni grilletes…
– ¿Crees que los hijos son grilletes?
– En cierto sentido… si.
Para ser sincero, Cintia también lo es. Y mis padres: cuando se hagan viejos, serán
otra carga. Trabajar cada día para Cintia y el niño, criar al niño, cuidar de mis viejos
padres… y mi vida termina. Eso es el nacimiento de un hijo: una sentencia a cadena
perpetua.
Kaim no muestra su acuerdo con esto.
Tampoco intenta discutir en contra.
Hosee interpreta también este silencio como le conviene.
– Sé lo que estás pensando – frunce el ceño – :
“cállate, muchacho, no sabes de qué estas hablando”.
Kaim no dice nada.
Hosee, incómodo, mira a otro lado.
– Me alegro – dice, más para sí mismo que para Kaim –.
Me alegro de que vaya a tener un niño con Cintia.
– Voy a hacer todo lo que pueda por ellos. Es verdad, a ti no te mentiría.
Tienes que creerme, hermano mayor. Soy feliz de verdad, y sé que voy a tener que
trabajar duro.
– Sí, lo sé – dice Kaim.
– Estoy contento, pero al mismo tiempo no lo quiero.
No es que esté avergonzado por ello ni nada de eso. Solo que, no sé, quiero
abandonarlo todo y salir corriendo a otra parte… muy lejos…
– Así que ahora asoma la verdad – dice Kaim con una risa.
– ¿Qué quieres decir?
– Acabas de decir que quieres “salir corriendo”, no “viajar”.
Es probable que este sea el verdadero sentimiento de Hosee, el cual admite a regañadientes.
– Supongo… ¿Cómo si no podría expresarlo?
Kaim casi desea haber sido un poco menos duro con Hosee.
¿Cómo respondería Hosee si le dijera por ejemplo, que empezó a hablar de viajar cuando la
tripa de Cintia comenzó a abultarse?
¿Qué cara pondría Hosee si le preguntara por qué le propuso matrimonio a Cintia si considera
que la familia es un grillete?
¿Cómo apartaría la mirada de Hosee si le dijera a la cara que, si tanto desea salir de esa ciudad,
no tiene que viajar con él, que puede largarse él solo?
Pero Kaim no tiene la malicia para hacer tales preguntas ni le gusta inmiscuirse en los asuntos
privados de la gente.
En su lugar, apura la copa hasta la última gota y propone: – Salgamos de aquí.
Incluso después de salir de la taberna,
Hosee continúa hablando de la estupidez de pasar el resto de su vida en esta ciudad.
El ancho cielo nocturno está despejado.
La luna ha salido y está perfectamente redonda.
– Te lo pido de nuevo, hermano mayor.
Cuando dejes esta ciudad, avísame. ¿No te vendría bien un compañero de viaje?
Hosee vuelve a insistir cuando Kaim lo interrumpe.
– ¿No dijiste que querías salir de aquí tú solo?
Viajar con un compañero no es exactamente un viaje en solitario.
– No, bueno, ya ves, esto… Tienes razón: solo te acompañaría una parte del camino.
Puedes dejar que te siga un tiempo, y después me iría solo.
– Me harías ir más lento.
– Lo sé. Lo sé. Seguro que viajar es duro y puede que mi vida esté a veces en peligro, lo
sé. Pero eso es lo que lo hace tan emocionante…
– Arriesgar la vida no es un juego.
– Mira, si te resulto un lastre, simplemente puedes dejarme atrás. Eso es. No me
importaría. Fíjate, estoy dispuesto a dejar a mis padres, mi mujer y mi hijo atrás.
Esto no va a terminar nunca. Kaim asiente y con un suspiro dice: – De acuerdo.
– ¿Me llevarás contigo?
La cara de Hosee se ilumina.
– Llevo en esta ciudad demasiado tiempo – dice Kaim –.
Es hora de que salga a caminar con el viento en la cara.
– Sí, eso es, eso es. Caminar con el viento en la cara.
Vivir en la carretera.
¿Cuándo nos vamos? Ya es bastante tarde este año. No querrás estar en la carretera
en invierno, ¿no? Veamos, ¿qué tal después de que la nieve del paso se haya
derretido?
Kaim señala a la luna en el cielo nocturno.
– ¿Eh? – Hosee parece confuso al mirar hacia arriba.
– La noche en la que la luna vuelva a estar perfectamente redonda después d haber
menguado y crecido.
– ¿Qué quieres decir?
– Exactamente dentro de un mes de desde esta noche.
La cara de Hosee empieza a moverse como si quisiera decir algo.
Probablemente quiere decir “es demasiado pronto”.
Su cara lo traiciona con una mirada de duda y confusión que estaba ausente mientras estaba
ocupado con su interminable charla de siempre.
– ¿Un mes desde ahora? Eso es a mitad del invierno, hermano mayor.
– Lo sé.
– ¿No será difícil cruzar el paso?
– ¿No quieres ir?
– No, no es eso…
– Me marcho la noche de la próxima luna llena.
Eso es todo.
– De acuerdo entonces, hermano mayor, iré. Definitivamente voy.
La noche de la siguiente luna llena.
Cintia estará teniendo el bebé por entonces.
El mes transcurre.
Al principio, Hosee está nervioso, y siempre que se encuentran le recuerda a Kaim que no
olvide su promesa.
Sin embargo, después de que la luna menguante haya desaparecido del cielo, empieza a
mostrarse más reservado.
La desparecida luna resurge en el cielo, y según crece poco a poco, Hosee deja de seguir a
Kaim.
A veces llega a escabullirse entre la multitud cuando ve a Kaim acercándose por la plaza del
mercado.
Kaim se da cuenta del cambio de actitud de Hosee.
Es algo que esperaba que ocurriera e incluso contaba con ello.
Con las manos sobre su vientre abultado, Cintia tiene una sonrisa de profunda serenidad
cuando compra en el mercado
No solo Hosee, sino todos los que se encuentran con esa sonrisa suya deben llegar a
comprender esto: seguro que los sueños del joven implican hacer lo que quiera, pero ese no es
el único tipo de sueño que hay.
A medida que uno madura, ve que hay otra clase de sueño,
y es desear la sonrosa de la persona que amas y que te ama:
anhelarla siempre y para siempre.
Esa es la otra clase de sueño que la gente llega a comprender cuando madura.
Hay luna llena de nuevo.
Con su perfecta redondez, la luna inunda de brillante luz la vacía carretera empedrada.
Hosee llega corriendo, sin aliento,
a la habitación vacía en la que Kaim ha terminado los preparativos para el viaje.
Hosee no trae nada. Ni siquiera se ha cambiado la ropa de cada día.
– Hermano mayor, ¡lo siento! – dice jadeando, luchando por respirar.
Agacha la cabeza repetidas veces como disculpa ante Kaim.
– ¿Has cambiado de idea? – pregunta Kaim, intentando no sonreír.
– No, en absoluto.
Me voy a ir. He planeado marcharme contigo, hermano mayor. Sólo…
Dice que Cintia se puso de parto al ponerse el sol.
Han llamado a la matrona más habilidosa y experimentada de la ciudad, pero Hosee aún no ha
oído al bebé llorar. Está tardando en nacer más de lo que debería.
Cintia lo está dando todo.
– Mi madre y mi padre están rezando a más no poder. Así que hasta que al menos el
bebé haya nacido y esté a salvo, quiero quedarme con Cintia. Dice que se siente mejor
cuando le doyH la mano, así que bueno, en verdad no puedo dejarla ahora…
Kaim asiente con total comprensión.
– Por eso, hermano mayor, espera un poco más.
En cuanto nazca el bebé, me iré de casa, lo juro, definitivamente me voy, solo un poco
más…
Incluso conforme habla, sus pies golpean impacientes el suelo con el entusiasmo de correr de
vuelta a casa.
– Lo entiendo – dice Kaim –.
Esperaré hasta que la luna esté justo en lo más alto del cielo nocturno.´
– No te preocupes, no tardará tanto.
Solo tendrás que esperar un poco más, solo un poquito.
– No hay prisa. Pero por otra parte, quiero que me prometas una cosa.
– ¿El qué?
– Cuando el bebé nazca, quiero que lo cojas en tus brazos.
No vuelvas aquí hasta que abraces al bebé. ¿Entendido?
Hosee lo mira confuso, pero asiente.
– Comprendido. Haré eso exactamente, hermano mayor. ¡Pero tú espérame!
Hosee sale de la habitación más rápido incluso de lo que entró.
El sonido de sus pasos al correr sobre la piedra se aleja,
y cuando Kaim está seguro de que se ha marchado,
una sonrisa se extiende lentamente por su cara.
Cuando la luna alcanza su cenit y empieza a descender por el Oeste, aparecen indicios de luz
en el cielo oriental. Kaim se aproxima al paso de montaña al borde de la ciudad.
Viajará solo.
Dirigiéndose al paso, camina rápido como si quisiera quitarse de encima el sonido de la voz de
Hosee que permanece en sus oídos: Kaim, lo siento, hermano mayor, lo siento…
imaginar con infinita claridad esa voz y a Hosee inclinando la cabeza en una disculpa…
No necesita oír la voz de verdad.
Mucho después de dejar la ciudad, sigue viendo la sonrisa de adoración de Hosee en su mente.
Hosee no serviría de mucha ayuda como compañero de viaje pero un viaje juntos seguramente
les hubiera dado a ambos muchos de lo que reírse.
Pero no importa. Está bien, se dice Kaim a sí mismo y acelera el paso más aún.
No está resentido o enfadado con Hosee lo más mínimo por haber roto su promesa.
Al contrario, le gustaría bendecir a Hosee por elegir quedarse en su lugar de origen proteger
su hogar.
Tanto más cuanto que este es un sueño que Kaim nunca podrá cumplir.
Un viento helado azota el paso antes del amanecer.
Si el llanto del recién nacido pudiera volar sobre ese viento hasta aquí…
Kaim se ríe de la idea.
¿Abandonará Hosee el sueño de marcharse de su ciudad natal? ¿O empezará a buscar otro
“hermano mayor” que le ayude a ocultar el miedo a salir a la carretera solo?
No hay forma de que Kaim lo sepa. Es mejor dejarlo sin resolver.
Hosee no pudo partir la noche que su hijo nació.
Las manos con las que agarró al recién nacido eran inútiles para hacer preparativos de viaje.
Aunque solo fuera por esa razón, había supuesto un paso más en su transformación en un
adulto maduro.
– Vamos – dice Kaim entre dientes conformes cruza el paso.
Mira Cintia, está sonriendo…
La sonrisa de felicidad que Hosee fija en el bebé será suficiente compañero de viaje para Kaim
hasta que alcance la próxima ciudad.

LA ALDEA MAS CERCANA AL PARAÍSO (MIL AÑOS DE SUEÑOS)

En esta aldea rodeada de montañas escarpadas las mujeres dan a luz a muchos niños. No es raro que tengan cinco o seis hijos. Precisamente el otro día, la esposa del jefe del pueblo trajo al mundo a su décimo vástago.

– ¿Y a qué crees que se debe? – pregunta el chico al viajero sin dejar de mirar la aldea cubierta de nieve.

Kaim ladea la cabeza intentando dar con la respuesta. Mientras tanto, el joven extrae de un pequeño zurrón lo que parece un caramelo de cristal. Se lo introduce en la boca y riendo dice:

– A que mueren muy pequeños.
– ¿Los niños?
– Pues sí. Casi ninguno llega a adulto. La mayoría muere al cabo de cinco o seis veranos.

La mujer del jefe, por ejemplo, ya ha perdido a siete hijos. Explica que desde tiempos inmemoriales, bien por un defecto genético o por una enfermedad endémica, los habitantes de este pueblo siempre han vivido pocos años.

– Ahora que lo dices – comenta Kaim, no se ve ningún anciano por aquí.
– A eso me refiero. Dicen que hace unas décadas vivió una persona que llegó a los cincuenta años, pero la gente asegura que eso es lo máximo a lo que se ha llegado en toda la historia de la aldea. Por eso tenemos tantos hijos: porque la mayoría muere pronto. Sin embargo, basta con que uno llegue a adulto para preservar el linaje y que la historia del pueblo prosiga. ¿Me entiendes ahora?

El joven tiene dieciséis años, como su esposa. Esperan que su primogénito nazca en cualquier momento (tal vez hoy mismo o mañana). El joven mastica el caramelo.

– En marcha – dice antes de empezar a enrollarse en las muñecas las cuerdas con las que tira del trineo. Aunque todavía no lo ha cargado, le agota arrastrarlo por la empinada cuesta nevada. – Por esto – anuncia –, es por lo que pagan tan bien.

No hace muchos días perdió a su bien amigo y compañero de trabajo, que era tres años mayor que él. Cuando apareció Kaim, el joven le preguntó si le importaría ayudarlo empujando el trineo hasta dejar atrás el paso. Kaim accedió y en enseguida formaron un equipo. Cuando Kaim se coloca detrás del trineo, pregunta:

– ¿No tienes bestias de tiro?
– Me temo que no – responde el joven. – Sé que es raro pero los caballos, el ganado y los burros mueren antes de tiempo. Aunque te gastes una fortuna en el mercado de la ciudad para comprar el mejor animal, estirará la pata antes de que consigas hacerle trabajar. Por eso lo mejor es que seamos nosotros mismos los que aremos el campo y tiremos del trineo.

El joven cuenta con unos musculosos brazos con os que tirar del trineo y se abre camino por la nieve con paso firme. Dice que su compañero de trabajo era todavía más fuerte.

– Me enseñó a tirar del trineo, a colocar trampas para conejos, a encender un fuego… a todo lo necesario para vivir, con todo el cariño con que se alecciona a un hermano menor. Cuando me di cuenta, ya se había marchado.

Afirma que aquí todo el mundo muere de repente.

– Un instante eres fuerte como la piedra, al siguiente eres ceniza que arrastra el viento.
– No llegas a sufrir. Es inmediato. No da tiempo a llamar al médico. Y aunque este acuda, no hay nada que hacer.
– ¿Así murió tu amigo?
– Pues sí. Estaba retirando con la pala la nieve que se amontona por la noche, despejando el camino, cuando se desplomó sin más. Antes de que nos diera tiempo a llegar a él ya se había ido. Así es como mueren adultos, niños…Todos.
– Entonces tú también…
– Supongo. Nadie sabe cuándo legará su hora. Podrían pasar décadas o podría ser mañana.

Después de esta sombría afirmación, el joven se gira para mirar a Kaim y, señalándole el pecho, dice sonriente:

– Incluso ahora mismo.

La sonrisa es sincera, despojada del menor atisbo de desesperación o amargura ante la crueldad de su destino.

“¿No tienes miedo a morir?”,

Desea preguntarle Kaim, aunque al final decide guardar silencio. Concluye que es una pregunta estúpida que no tiene derecho a formular, precisamente él. ¿Cómo un hombre condenado a la vida eterna va a encontrar las palabras adecuadas para dirigirse a alguien sometido a la amenaza de una muerte espontánea?
Kaim y el joven siguen subiendo por el empinado sendero de la montaña. Se dirigen hacia el lago del otro lado del paso. El trabajo del muchacho consiste en cortar bloques de hielo de la superficie del lago congelado y transportarlos hasta la aldea.

– En el pueblo a este lago lo llamamos la Fuente de la Vida. Si buscas el origen del agua que brota del suelo en algunos puntos de la aldea, llegarás a la Fuente de la Vida.

Kaim asiente en silencio.

– El hielo de la Fuente de la Vida tarda una eternidad en derretirse. Por eso se puede hacer esto, mira…

El joven saca otro caramelo de cristal (otro trozo de hielo, mejor dicho) de su zurrón y se lo lleva a la boca.

– Te da energía. Es imprescindible para realizar cualquier trabajo arduo y también para las embarazadas y los niños. Basta meterte un trocito en la boca para recuperar fuerzas al instante.

El muchacho le ofrece un pedazo a Kaim, que de nuevo asiente sin decir nada.

– Se supone que no debemos compartirlo con los forasteros, pero tú eres especial porque te estoy haciendo trabajar. Eso sí, como te lo he dado, tendrás que ayudarme a cargar el hielo en el trineo. A la vuelta podré apañármelas solo.

Sin mediar palabra, Kaim toma el hielo del joven, que afirma:

– El hielo debería estar helado, no obstante resulta un tanto dulce al gusto.

Tal como Kaim esperaba. Lo escupe en cuanto el chico deja de mirarlo.

Veneno; conozco el sabor, piensa Kaim.

La gente de la aldea no sospecha nada porque está acostumbrada al sabor. No obstante, sin lugar a duda, el hielo está envenenado.

El paso del tiempo cauteriza las heridas que deja la historia. La nieve perpetua de las montañas ha hecho que la gente se olvide del vasto mundo que se extiende al otro lado. El muchacho llama a este lago la Fuente de la Vida, pero quienes viven más allá de los riscos, en el nacimiento del río que alimenta el lago, lo conocen como el Pozo de la Muerte.

Hace mucho, mucho tiempo (varios siglos atrás), la zona que circundaba el nacimiento del río quedó contaminada por los residuos metálicos venenosos de una mina. El río estaba lleno de peces muertos flotando boca arriba y el gas mefítico que se elevaba del suelo como la bruma asfixiaba tanto a animales terrestres como a las aves. Los bosques se secaron y la ciudad bulliciosa que había crecido gracias a la explotación de la mina se redujo a un desierto de ruinas.

El entorno tardó años en recuperarse, pero con el paso del tiempo los bosques recuperaron su color verde, o que atrajo a los animales pequeños y más tarde a sus depredadores. Mas la gente jamás regresó y no hubo nadie que dejara constancia de la tragedia que aconteció en el nacimiento del río, en el corazón de las montañas. El único que sabe lo que ocurrió es Kaim, el hombre que ha vivido mil años. El joven está de pie junto al lago congelado y se estira de placer.

– ¿Sabes? – Le dice el viajero, – a veces pienso que esta puede ser la aldea más cerca del paraíso del mundo entero. Quizá es por vivir tan cerca del cielo por lo que los dioses nos llaman tan pronto. ¿No crees que podría ser así de verdad?

Kaim responde guardando silencio.

Año tras año el río ha ido guardando la ponzoña metálica que bajaba con el río. Y con el tiempo el veneno absorbido por la tierra se ha ido mezclando con el agua del subsuelo, hasta fluir junto al agua de manantial con que los aldeanos aplacan su sed.
Nadie conoce con certeza la composición química del veneno, pero al menos no hace que los aldeanos sufran hasta que, llegada la hora, las toxinas acumuladas acaban con ellos. Este podría ser el lado positivo. Sin embargo, esto mismo podría hacer que la desgracia que siembra resulte todavía más impactante.

– Aún así – dice el joven mientras sierra un bloque de hielo en la orilla –, espero que los hijos que tengamos mi esposa y yo consigan vivir más tiempo. Por ejemplo, si tenemos cinco, al menos que uno viva lo suficiente para poder tener descendencia. Así, para mí, habrá tenido algún sentido el haber nacido en este mundo. Fue igual para mis padres y abuelos. Tuvieron una legión de niños y lloraron la muerte de todos ellos, excepto de uno o dos que consiguieron ver llegar a adultos antes de morir. Es lo que da sentido a nuestra existencia.

Se enjuta el sudor de su frente y se lleva otro caramelo helado a la boca.

Si le dijera cuanto sé, piensa Kaim, si le contara cuanto ha quedado sumido en las entrañas de la historia y si avisara a los demás aldeanos, tal vez no se repitiera la tragedia.

El muchacho continúa:

– Aquí cuando nace un niño tocan la campana del pueblo. Cuando muere alguien también. Es lo mismo en ambos casos: vida y muerte son dos caras de la misma moneda. Por eso la muerte no trae tristeza. A quienes se van los despedimos con una sonrisa y un deseo: “Tú que te marchas al paraíso antes que nosotros, resérvanos un buen sitio”. ¿Entiendes esa manera de verlo?
– Sí – contesta Kaim –. Te entiendo.
– Así es como lo hemos hecho siempre: recibimos decenas de nuevas vidas en las aldeas y enviamos decenas de nuevas vidas al cielo. Nunca fui un buen estudiante, así que no sé expresarlo muy bien, pero creo que quizá “la aldea más cercana al paraíso” es un lugar donde la vida y la muerte mantienen una relación muy estrecha.

El joven sonríe a Kaim un tanto avergonzado por sus propias palabras.

– Puede que sea porque voy a tener un hijo por lo que me da por pensar en estas cosas tan raras.
– No, es normal, te comprendo perfectamente – dice Kaim.

Apenas termina de hablar, se oye una campana al pie de la colina; emite varias campanadas largas y pesadas.

– ¡Ya está! – exclama el muchacho –. ¡Ha nacido mi hijo! – Agacha la cabeza y repite, como paladeando el sonido de las palabras –. ¡Mi hijo!

Pese a que la campana suena lo mismo para anunciar un nacimiento que una muerte, comenta el muchacho, existe un a sutil diferencia entre ambos sonidos. Cuando un joven aprende a diferenciarlos, se le empieza a tratar como adulto.

– Espero que éste viva mucho… – balbucea el muchacho, que se ahoga en el torrente de emociones que se agolpan en su rostro, aunque en seguida continúa como si renunciara a toda esperanza. – En cualquier caso, viva mucho o no, mi hijo acaba de llegar a este mundo. Es lo importante. Me siento tan feliz, tan feliz…

Con los ojos rebosantes de lágrimas, mira a Kaim beatíficamente.

Y en ese preciso momento…

Todavía sonriendo,

Se desploma.

Kaim carga el cadáver del joven en el trineo y regresa al pueblo. Tal como dijo el muchacho, los aldeanos reciben la muerte de su vecino con la misma sonrisa que pusieron ante el nacimiento de su bebé.

La muerte no es motivo de tristeza.

Solo marca el momento en que se parte hacia el cielo.

La esposa del muchacho saca un caramelo helado del zurrón de su marido y lo introduce en la boca de su hijo.

– Quiero que crezcas sano y fuerte – le susurra. – Papá te va a reservar un lugar maravilloso en el cielo. Pero no tengas prisa por ir, no… Y hasta el día que te marches al cielo, quiero que crezcas aquí, hasta que seas guapo y grandote.

Sus palabras brotan con la suavidad de una canción de cuna.

Kaim no dice nada.

Si ante todo debe defender lo correcto, su silencio podría equivaler a un crimen. Pero, condenado a una vida eterna, sabe lo sospechoso que puede llegar a ser lo “correcto”. A lo largo de la historia, los hombres han luchado y se han matado entre ellos en el nombre de lo que consideraban “correcto”. En comparación, el gesto del cadáver del joven es de absoluta tranquilidad.

No cabe duda de que “la aldea más cercana al paraíso” está repleta de felicidad.

El bebé rompe a llorar; su llanto penetrante parece una celebración del inicio de su vida, por muy corta que esta pueda ser.

Kaim deja la aldea con una sonrisa en los labios.

La campana empieza a repicar y resonar con claridad cristalina entre las montañas lejanas, como si bendijera al joven que aprovechó la vida al máximo, sin albergar rencor ni lamentar nada.

Cuando esta vida interminable con que cargo llegue a su fin, piensa Kaim, a mí también me gustaría partir arropado por las campanas.

Sabedor de que ese día no llegará jamás, Kaim sigue caminando, sin detenerse en ningún momento, sin mirar nunca atrás.

Aún le queda un largo viaje por delante.

LLUVIA BRILLANTE (MIL AÑOS DE SUEÑOS)

– La lluvia brillante empezará pronto – dice el chico, señalando al mar.
– ¿La lluvia brillante? – pregunta Kaim.
– Pues sí. Ocurre todas las noches, allí a lo lejos – dice con una sonrisa despreocupada – Es muy bonita.
– Lluvia brillante, ¿eh?
– Sí. Si quieres puedes verla conmigo esta noche. Es muy bonita, de verdad.

En sus diez años de vida el chico nunca ha salido de la isla. La isla es pequeña y pobre, la única forma de ganarse la vida es pescando en canoa o recogiendo frutas silvestres. Un monótono día tras otro, los isleños se levantan al amanecer y duermen bajo un cielo estrellado. El chico no comprende que esta es la mayor felicidad de todas.

El niño empieza a hablar con Kaim, que se vuelve en su dirección. Agachado en la playa a la luz de la luna, el chico parece de perfil una exquisita escultura de chocolate.

– Allí, donde cae la lluvia brillante, eso es una gran isla, ¿verdad? Lo sé todo sobre ella. Esa isla es mucho mayor que esta y pasan un montón de cosas y está llena de cosas brillantes y bonitas y la comida es mucho mejor de lo que se puede imaginar. ¿verdad? No te preocupes, lo sé todo sobre ella.

Kaim no dice nada, pero sonríe al niño con tristeza. Más allá del horizonte hay una gran isla, en realidad un inmenso continente. Kaim estuvo allí hasta hace cuatro días. Después, mecido en la bodega de un carguero durante tres días y tres noches, cruzó el mar hasta esta isla.

– Lo sé todo sobre ella, pero nunca la he visto – dice el niño bajando la voz. Ladea la cabeza, desviando la luz de la luna de su cara. Su piel marrón se funde con la oscuridad.
– ¿Te gustaría ir allí? – pregunta Kaim.
– Claro que sí – responde el chico sin dudar –. Aquí todos los niños quieren ir.
– Supongo que todos dejan la isla.
– Claro. Tanto chicos como chicas. En cuanto tienen edad para trabajar, se van al “otro país”. Yo también, dentro de chico años…estaré listo. Entonces cogeré el barco en el que tú has venido e iré al otro país, trabajaré duro y comeré montones de cosas ricas.

El niño levanta la cara de nuevo. Sus ojos brillan, fijos en el océano. Están llenos de esperanzas y sueños.

Pero no sabe nada del “otro país”. Nunca sabrá nada de él mientras siga aquí.
Ninguno de los jóvenes que cruzaron el mar, con los ojos brillantes por las esperanzas los sueños como los del chico, regresó nunca.

– Claro que no – diría el chico –. El otro país es mucho más divertido, volver no sirve de nada.

El niño cree en la felicidad que le espera en el otro país del que no conoce nada. Solo cuando deja la isla aprende la gente morena que su piel es diferente de la piel de la gente del otro país.

Que el idioma de la isla no sirve en el otro país.

Que la gente del otro país mira fríamente a los isleños.

Que el único modo de conocer gente con la misma piel morena, el mismo idioma y el mismo lugar de nacimiento es ir al gueto de gente de la isla que hay en la ciudad. Las primeras palabras del idioma del otro país que el chico aprendería seguro serían las que la gente del otro país utiliza para la gente como él: inmigrante ilegal.

Para cuando las aprendiera, estaría dando tumbos por la colina hacia el gueto. El niño se aleja corriendo de la playa y vuelve unos minutos después con un puñado inmenso de fruta. Dice que crecen donde el viento del océano se encuentra con el viento de las montañas.

– Están mejor las noches de luna llena. Vamos, pruébalas.

Limpia una pieza de fruta con su gastada camisa y se la da a Kaim.

– ¿Cómo las llamáis? – pregunta Kaim.
– Tienen un nombre raro, te hará mucha gracia: “grano de la felicidad”.
– Bonito nombre.

Kaim muerde un grano de la felicidad. Tiene la forma de una manzana del otro país, pero es dos veces más pequeña y mucho más llena de jugosa dulzura.

– Sabe genial – dice Kaim.
– ¿De verdad te gusta? Me alegro – dice el niño con una sonrisa, pero pronto vuelve a dejar caer la cabeza y a suspirar.
– A mí también me gustan mucho – dice el chico –, pero apuesto a que el otro país tiene todo tipo de cosas mejores que esta. ¿Verdad?

Kaim no le responde y da otro bocado al grano de la felicidad. El chico tiene razón: en el otro país hay montones de comidas mucho más deliciosas que estos granos de la felicidad.

O, para ser precisos, había.

Sin embargo, el otro país se ha convertido ahora en un campo de batalla. La guerra comenzó hace seis meses. Fue entonces cuando el niño empezó a ver la “lluvia brillante” cada noche. La prosperidad del “otro país” es extrema. La felicidad más relumbrante allí está disponible para cualquier que tenga suficiente dinero, y el dinero allí está disponible sin restricción para cualquiera que tenga suficiente poder.

El poder da la razón.

La riqueza da la valía.

Aquellos que no tienen ni poder ni riqueza obtienen razón y valía buscando a otros más débiles y pobres que ellos, despreciándolos y persiguiéndolos. La gente de la isla, cuyo idioma y color de piel es diferente de la del otro país, son vistos como la sombra del otro país. Aunque no es una sombra que se forme porque haya luz.

La propia existencia de la sombra es lo que hace más brillante a la luz. Este es el único modo en que saben pensar los habitantes del otro país. Sin embargo, con el tiempo, la fuerza alcanza un punto de saturación, la riqueza que ha seguido su curso empieza a estancarse y la expansión es la única solución. Los deseos solo pueden cumplirse mediante una inflación continua. Para que el otro país siga siendo fuerte y los ricos sigan siendo ricos, los líderes del otro país declararon la guerra al país vecino.

– Ahora en cualquier momento – dice el chico mirando al mar de nuevo con una risa despreocupada –, la lluvia brillante empezará a caer, a lo lejos, sobre el mar. Se supone que la guerra iba a terminar rápido. Todos en el otro país creían que con su riqueza y fuerza aplastante sería fácil hacer que el país vecino se postrara. Por supuesto, al principio la guerra fue según lo planeado. Las zonas ocupadas crecían día tras día y la euforia reinaba entre todos los habitantes del otro país. Sin embargo, uno tras otro los países de los alrededores se pusieron de parte de país vecino; postura lógica, ya que si el país vecino caía, ellos mismos podrían ser el siguiente objetivo del otro país. Toda la estrategia diplomática del otro país fracasó, como era natural: ningún país del mundo querría aliarse con un país que solo sabía hacer alarde de su riqueza y poder.

Se organizó una fuerza aliada del país vecino. Juntos, los países vecinos querían rodear y cercar el otro país. Zonas limitadas de combate veían avanzar y retroceder a las tropas una y otra vez, mientras que las riquezas y el poder del otro país se consumían poco a poco. La repulsa por la guerra empezó a extenderse entre la población y, como respuesta, los militares empezaron a circular propaganda falsa:

La situación se desarrolla a nuestro favor.

Nuestro ejército ha vuelto a aplastar a las tropas enemigas.

La verdad era que los territorios ocupados estaban siendo recapturados uno tras otro y que ahora las fuerzas aliadas estaban cruzando la frontera para luchar dentro del territorio del otro país.

En respuesta al insensato ataque enemigo, nuestros decididos combatientes han lanzado un contraataque y aniquilado sus fuerzas.

El día en que cantaremos victoria está cerca.

Detener la guerra no era una opción. Admitir la derrota no era una opción. La gente había creído que la riqueza y el poder permitirían controlar todo, pero ahora conocían el terror de perder ambos. A las fuerzas aliadas se les unió un poderoso partidario. Un fuerte imperio que ejercía autoridad sobre la parte norte del continente se unió a la batalla con la intención de terminar lo que los vecinos habían comenzado, y aplastar al otro país de una vez por todas.

Pero el poderoso imperio no se conformaba solo con destruir a una nación advenediza y se volvió con su impresionante poderío militar contra las fuerzas aliadas. Como había hecho tantas veces en su historia, aprovechó de su choque con los países vecinos para expandir su propio poder.

Al haber perdido a sus líderes y al haberse convertido en un páramo hasta donde alcanza la vista, el otro país se convirtió en el nuevo campo de batalla.

Superado en número, el ejército aliado contrató mercenarios de otro continente.
Kaim era uno de ellos.

Durante muchos días participó en una batalla perdida en la que no había forma de decir qué bando luchaba por lo correcto. Después de que exterminaran a su unidad de mercenarios, Kaim se dirigió al puerto. La isla del chico ha mantenido una posición neutral durante la guerra. No podría hacer otra cosa, dado su reducido tamaño. Carece de la capacidad de combate para participar en la batalla y no tiene riquezas que atraigan la atención de los países vecinos en lucha.

Pero Kaim sabe lo que pasará.

Cuando las líneas de combate se extiendan, esta isla será valiosa como punto estratégico militar. Un bando o el otro ocupará la isla y bien construirá una base, bien reducirá a cenizas la isla entera para evitar que el enemigo saque partido de ella. Esto no ocurrirá en un futuro distante. Como muy tarde, ocurrirá dentro de unas pocas semanas, y como muy pronto quizás dentro de dos o tres días…

Kaim ha venido a la isla para transmitir este mensaje.

Para decirle a la gente que todos los que puedan deberían embarcarse mañana en el ferry de la mañana para ir a la isla cercana.

Quiere empezar enviando a los niños.

Espera no tener que volver a ver nunca la tragedia de jóvenes vidas aplastadas como insectos.

– ¡Mira! ¡Ahí va! – grita el niño con felicidad señalando al horizonte –. ¡Es la lluvia brillante!

A lo lejos en el mar, un brillo blanco tiñe el cielo nocturno. El poderoso imperio ha comenzado los bombardeos nocturnos. El niño no tiene ni idea de lo que es en realidad la lluvia brillante. La mira con ojos centelleantes y murmura:

– Seguro que vista desde lejos, la lluvia brillante es genuinamente bella, como un millón de estrellas fugaces que cruzan el cielo al unísono.

Pero solo vista desde lejos.

Un ruido sordo apagado resuena en el cielo. Otro ruido apagado, y otro y otro.

– ¿Truenos? Vaya, si llueve no podremos ir a pescar mañana – dice el niño con una sonrisa encogiéndose de hombros.

Kaim piensa que es un chico muy amistoso. El niño lo había visto en la orilla y le había hablado sin dudar. Tras preguntarle si era un viajero, había seguido hablando con él como un viejo amigo. Kaim quiere que los niños como este sean los primeros en subir al ferry de mañana.

– Me voy a casa – dice el niño –. ¿Qué vas a hacer?
– Oh, creo que echaré un sueño bajo un árbol.
– Puedes dormir en nuestro granero. ¿Por qué no pasas allí la noche?
– Gracias – dice Kaim –, pero quiero mirar el mar un poco más.
– Aunque mañana me gustaría que me enseñaras esto.
– Lo pillo. Quieres ver al jefe del pueblo. Conozco un atajo a través de los bosques, justo allí.

Kaim espera convencer al jefe del pueblo de que evacue la isla. Si actúan enseguida, pueden lograrlo. Pueden salvar a muchos isleños.

– Pero…

El chico se pone de pie, se sacude la arena de sus pantalones y mira al cielo de forma inquisitiva.

– Qué raro – dice –, suena diferente de los truenos.

Los ruidos apagados continúan sin cesar. Poco a poco se acercan.
Kaim sacude la cabeza hacia arriba y grita al chico: – ¡Al bosque! ¡Corre al bosque!
– ¿Qué…?
– ¡Deprisa!

Su voz queda apagada por el estruendo ensordecedor de las ametralladoras. La lluvia brillante ha empezado. La isla se ha convertido en un objetivo mucho antes de lo que Kaim imaginaba.

– ¡Deprisa! – grita Kaim mientras agarra la mano del niño.

El bosque es la única esperanza del niño.

– ¡Oye, espera un momento! – grita el niño, soltándose de Kaim y mirando al cielo.
– ¡Es la lluvia brillante! ¡Ahora cae aquí también! ¡Guau! ¡Qué pasada!

Bailando de alegría, el niño echa a correr hacia la playa, hasta que queda bañado de pies a cabeza por la lluvia brillante. Una sola noche de bombardeos es todo lo que hace falta para reducir la isla a cenizas. Sin haber comprendido jamás el valor de la felicidad que poseían, sin haber sabido jamás que les habían arrebatado esa felicidad en el transcurso de la noche, la gente que llenaba la isla con sus vidas hasta esa noche ya no está por la mañana; todos están muertos salvo uno: el inmortal Kaim.

El único sonido de la playa al amanecer es el de las olas.

Sin duda, hoy otra vez, la guerra urbana diezmará las calles, y esta noche, la lluvia brillante volverá a caer sobre la ciudad. El chico que decía que la lluvia era bella nunca volverá a abrir los ojos con asombro. Kaim pone el cuerpo del chico en una pequeña canoa que ha sobrevivido a las llamas. Coloca un grano de la felicidad maduro sobre el pecho del niño y cruza los brazos sobre él, con la esperanza de que sacie su sed en el largo camino hacia el cielo. Pone la canoa en el agua y la empuja hacia mar abierto.

Mecido por las olas, el bote se desliza lejos de la orilla por la marea que se retira. Ese chico tan amistoso sonríe incluso en la muerte. Quizás es el regalo que los dioses pudieron otorgarle.

El chico parte de viaje.

Kaim ruega que nunca llegue a ese otro país.

O a cualquier país.

Kaim lo sabe: no hay lugar que esté libre para siempre de la lluvia brillante. Y saberlo le hace derramar lágrimas por el chico. La lluvia cae sobre su corazón: fría, triste y silenciosa lluvia. Vacío de bombarderos, el cielo es azul, ancho y bello hasta la exasperación.