“Una noche entre los caballos” de Djuna Barnes

Hacia el anochecer, en el verano del año, un hombre en traje de etiqueta, con sombrero de copa y bastón, avanzaba a gatas por la maleza que lindaba con los pastizales de la finca de los Buckier. Le dolían las muñecas de sostener su peso y se sentó. Pegajosas enredaderas por todas partes; trepaban por los árboles, por las estacas de la cerca, estaban por todos lados. Espió por entre las ramas densamente enmarañadas y vio, recortado en la oscuridad, un bosquecillo de abedules blancos que brillaban como los dientes de una calavera.

Podía oír la verja que rechinaba sobre sus goznes al golpearla el viento. Su corazón se movía con el movimiento de la tierra. Una rana resoplaba su croar desmemoriado; el hombre respiraba con dificultad, el aire era pesado y caliente, como si estuviese anidado en un foso de asombro.
Quería dormitar; en cambio puso a su lado el sombrero y el bastón, se alisó el faldón, y se tumbó boca arriba, esperando. Algo rápido movía el suelo. Empezó a agitarse en una repentina alarma y se preguntó si sería su corazón.
Una lámpara parpadeaba en la ventana lejana mientras las ramas se balanceaban en el viento; el olor de la hierba aplastada, mezclado con el olor tenue y tranquilizador de la cuadra, se desparramaba y se arrastraba hacia el norte; al abrir la boca, se le metieron dentro las guías del bigote.
El temblor se extendió, corrió por debajo de su cuerpo y se perdió dando tumbos dentro de la tierra.
Se sentó. Se puso el sombrero y aseguró el bastón contra el suelo entre las piernas abiertas. Ahora no sólo sentía el temblor de la tierra sino que oyó el ruido sordo y córneo de cascos golpeando el césped, como un amigo golpea la espalda de un amigo, fuerte, pero sin malicia. Se estaban acercando, ahora que tomaban la curva del Camino del Sauce. Apretó la frente contra las tablas de la cerca.
El ruido suave y amenazador se intensificó como se intensifica el calor; los caballos, de frente, pasaron resoplando junto a él, subiendo y bajando las patas como agujas furiosas que dan puntadas sin objeto alguno.
Vio los vientres que oscilaban de un lado a otro, y que chocaban contra las tablas de la cerca al pasar balanceándose. De su lado de la barrera, él se levantó y echó a correr, jadeante. Se le enganchó un pie en un pino reptante y cayó de cabeza, golpeándosela contra un tocón. Un hilillo de sangre brotó del cuero cabelludo. Le descendía a los ojos como una crin y él la apartó con los nudillos y se puso el sombrero. En esta posición el martilleo de los cascos lo sacudió como a un niño sentado en una rodilla.
Empezó a buscar el bastón y lo encontró atrapado entre los helechos. Al inclinarse una aristoloquia cerosa le rozó la mejilla. Pasó la lengua por encima, partiéndola en dos. De cualquier forma que se moviese, la hierba siempre estaba debajo de él, crepitante de ramitas y piñas. Del suave goteo de los polvos del bosque cayó una bellota. La recogió, y mientras la tenía entre el índice y el pulgar su mente regresó velozmente a la escena allí atrás con la señora de la casa, porque de qué otra forma se podía llamar a Freda Buckier sino «la señora de la casa», aquella pequeña mujer fogosa con una pila en lugar de corazón y el cuerpo de un juguete, que lo dirigía todo, que ronroneaba, empapada de descaro, con un zumbido mecánico que le sustraía su humanidad.
Resopló sobre el bigote, ¡Freda, con aquel exasperante y ondulante velo amarillo! Le dijo que era «exasperante», le dijo que era «impúdico», que sólo servía para tentar. Hinchó los carrillos, y al pasar ella resopló. Ella rió, golpeándole el brazo, echando la cabeza hacia atrás, dejando ver las fosas escarlatas hasta el fondo de su nariz. Habían acabado por pasear juntos a caballo, a una bota de distancia uno del otro, ella no más grande que una abeja en una cofia. Totalmente desolado, él hundió las espuelas, y ella: «¡Con cuidado, John, con cuidado!», mostrando su boca abierta y goteante.
—No puedes ser un mozo de cuadra toda la vida. ¡Los caballos! —dijo bufando—. Me gustan los caballos pero…
Él había bajado el látigo.
—Hay otras cosas. Sencillamente, no puedes seguir siendo un mozo de caballos para siempre, no con esa elegancia, lo sabes muy bien. Voy a hacer de ti un caballero. Te elevaré de tu condición de «cosa». Ya lo verás, te gustará. 
Él se había inclinado y le había fustigado la bota con el látigo. Le dio en la rodilla y el pie de ella saltó disparado en el estribo, como si estuviese bailando.
¡Y la pequeña salvaje estaba encantada! Recorrieron un trecho al trote y regresaron también al trote. Él la ayudó a desmontarse, y ella se alejó majestuosamente, arrastrando el velo amarillo y gritando:
—¡Te encantará!
Antes de que hubiesen continuado así durante más de un mes (derribándose mutuamente en el espíritu, exprimiéndose mutuamente de un lado a otro, cazador y cazado) se había convertido en un juego carente de todo placer; dama degradada, mozo de cuadra degradado, en alas del vértigo.
«¿En qué quería meterlo? Él gritaba, se desgañifaba, hacía chasquear el látigo: ¿qué es lo que se creía que quería? Un tipo de mujer que no puede decir la verdad; la verdad salía corriendo y se alejaba de ella como si sus venas fuesen pipetas clavadas allí por el diablo; y bebiendo, él se hinchaba, y el orgullo se apoderaba de él, lo alejaba flotando. La veía de pie a su espalda en todos los espejos, ella le seguía de objeto de valor en objeto de valor, se ponía a su lado, lo conducía, la mano de ella bajo su codo.
—Llegarás a gobernador general: bueno, a inspector…
—¡Inspector!
—Como quieras, digamos capitán de regimiento… digamos oficial de caballería. Caballos, también, cuero, látigos…
—|Oh, Dios mío!
Girando sobre los talones, ella dijo casi en un relincho:
—Con un pecho ancho, liso, noble —dijo—, te convertirás en una calzada de condecoraciones… Concéntrate. Dejarás la aflicción…
—¡Basta ya! —gritó él—. Me gusta ser una persona corriente.
—Con una cintura ágil, los cuernos no te golpearán.
—¿Qué cuernos?
—El dilema.
—Podría hacerte callar, del todo, si quisiese.
Ella se divertía.
—¿Hombre acorralado? —dijo.
Ella lo atormentaba, lo sabía. Lo atormentaba con sus objetos de «cultura». Con una rodilla en una otomana, le mostraba y le ofrecía la más delicada miniatura, un marfil en el hueco de la mano, inclinándolo al sol, y decía:
—¡Pero mira, mira!
Él se ponía las manos en la espalda. Ella se lo hizo abortar. Le pedía que le sostuviese misales antiguos, volúmenes de cuentos de hadas, todo elegantemente fileteado, todo encuadernado en rústica encordelada. Desplegaba mapas, y deslizando por montañas y cauces un largo alfiler de sombrero, señalaba «exactamente donde ella había estado». Como un caracol seco, la punta vagaba por la costa, cuando bruscamente, clavando el acero, gritó: ((¡Borgia!», y se quedó allí, haciendo sonar un aro de llaves antiguas.
La angustia de él aumentaba con la curiosidad. Si se casaba con ella… después de haberse casado con ella, ¿entonces qué? ¿Qué sería de él después de satisfecho su loco capricho? ¿Qué haría de él finalmente?: en pocas palabras, ¿qué dejaría de él? Nada, absolutamente nada, ni siquiera sus caballos. Y aquí tendríais un perfecto cretino. No encajaría en ningún sitio después de Freda, no sería ni lo que era ni lo que había sido; sería una cosa, medio erguido, medio encogido, como esas figuras bajo los tejados de los edificios históricos, la postura lisiada de los condenados.
A menudo la había mirado sin verla; poco después empezó a mirarla con gran atención. ¡Vaya, vaya! En realidad, una mujer menuda como un ratoncito, con un bonito cabello rubio que le caía por la nuca como las antenas de un insecto, y que se movía cuando se movía el viento. Se zarandeaba y agitaba demasiado, y siempre con la irreflexiva intensidad de un juguete mecánico que rastrilla y da patadas por el suelo.
Y siempre estaba uno o dos pasos delante de él, o le tocaba el brazo manteniendo la distancia, o se precipitaba sobre él en una ráfaga, apoyando en su hombro la barbilla pequeña y afilada, se alejaba lentamente flotando… sólo para que al volverse él tropezase con ella. En este día concreto él la había agarrado por la muñeca, haciéndola girar. Esta vez, se dijo, esta vez le voy a pedir directamente la verdad; es posible que un golpe directo la descoloque.
— Miss Freda, un momento. Usted sabe que no tengo ni un amigo en el mundo. Usted sabe muy bien que no tengo a nadie a quien dirigirme y obtener una respuesta a ningún tipo de pregunta. Entonces, ¿para qué me quiere?
Ella se sonrojó hasta las raíces del pelo.
—¡Infantil! ¿Vas a ser infantil?
Parecía como si estuviese a punto de chillar. Toda su figura vibraba, pero se controló y pronunció con espléndida calma:
—No te pongas nervioso. Ten paciencia. Te acostumbrarás a todo. Incluso te gustará. No hay nada tan agradable como trepar.
—¿Y luego?
—Luego todo se deslizará, la cuadra y todo lo demás. —Se pellizcó las alas de la nariz en los apretados pliegues de un pañuelo de encaje—. ¿No es éste un destino?
Lo peor de todo había sido el último día, la noche del baile de máscaras. Ella había insistido que fuese.
—Ven —le dijo—, tal como estás, y sé nuestro montero.
Ése era el golpe final, el insulto imperdonable. Él había obedecido, salvo que no fue «tal como estaba». Se había acicalado cuidadosamente; se puso un traje de etiqueta, como cualquier caballero; así que era el único de los asistentes que no iba «disfrazado», es decir, en el sentido normal.
Al llegar encontró a la mayoría de los invitados bebidos. Al poco tiempo también él estaba bastante borracho, y horrorizado de encontrarse bailando un minué, majestuoso, lento, con una enorme y fofa mujer de hojaldre, cubierta de lentejuelas, gruñendo en cascadas de tul plisado. De este abrazo logró librarse, resbalando en los claros del suelo cubierto con polvo de resina, para tropezar con Freda que venía hacia él con un vaso diminuto de cordial que le vertió en su boca abierta; en aquel momento se dio cuenta de que había estado luchando por respirar.
De pronto se paró. Abarcó toda la habitación con su mirada frenética. Allí en el rincón estaba sentada la madre de Freda con sus gatos. Siempre se sentaba en los rincones y siempre se sentaba con gatos. Y estaba el resto del elenco: primos, sobrinos, tíos, tías. A continuación, la gallarda. Freda, los brazos en alto, las manos, las palmas hacia afuera, los codos doblados a la altura del pecho, una mantis religiosa, estaba casi diente contra diente con él. ¡Espera! Él se liberó de ella, y con el puño del bastón trazó en la resina un círculo completo en torno a ella, luego, retrocediendo, salió por la puerta ventana.
Después de esto no supo nada hasta que se encontró en los arbustos, suspirando, con la cara pegada a la cerca, espiando. Estaba de nuevo con sus caballos; estaba de nuevo donde le correspondía. Los podía oír arrancando el césped, galopando por todas partes como si estuviesen en su propio salón de baile y, todavía más extraño, a esta hora oscura de la noche.
Empezó a arrastrarse por debajo de la tabla más baja, tras arrojar el sombrero y el bastón, jadeando al avanzar. El semental negro iba ahora a la cabeza. Los caballos estaban tomando la curva del Camino del Sauce que llevaba al pastizal más lejano, y a través del polvo parecían borrosos y enormes.
En la cima de la colina, cuatro de ellos se habían separado del resto y estaban allí comprobando el tiempo. Agarraría uno, lo montaría, ¡huiría! Ya no tenía miedo. Se levantó, agitando el sombrero y el bastón y gritando.
No parecieron reconocerlo, se desviaron bruscamente y se alejaron. Los siguió con la mirada, casi llorando. No pensó en su traje, la pechera blanca, el sombrero de copa, el bastón que agitaba, la forma brusca en que surgió de la oscuridad, en la excitación de ellos. Por fuerza tenían que reconocerlo: no podían tardar.
Girando, las crines al viento, las narices resplandecientes arrojando vapor al avanzar, pasaron delante de él en un torrente de relinchos, y él los maldijo horrorizado, pero lo que gritó fue «¡Puta!», y se encontró tragando fuego de su propio corazón, de cara al suelo, sollozando: «Puedo hacerlo, al diablo con todo, puedo seguir adelante; puedo dejar mi huella!»
Los cascos levantados del primer caballo no lo alcanzaron; los del segundo sí.
Luego los caballos se separaron, mordisqueando el pasto y agitando la cola, evitando un espacio de hierba alta.

“Cartas a un joven poeta” de Ranier María Rilke


El libro se publicó por primera vez en 1929 en Leipzig, con el título Briefe an einen jungen Dichter, diez cartas escritas entre 1903 y 1908 a un poeta desconocido: Franz Xaver Kappus.

El mismo Franz presenta la colección de cartas con unas palabras que encuentro muy apropiadas: “cuando un príncipe va a tomar la palabra, los demás debemos guardar silencio”. Dejo algunos párrafos del libro a continuación:
La mayor parte de los acontecimientos son indecibles y tienen lugar en un ámbito en el que jamás ha penetrado palabra alguna.

Intente expresar, como si fuera usted el primer hombre, lo que ve, lo que ama, lo que vive y lo que pierde.
Las obras de arte son de una soledad infinita, y nada es tan poco apropiado para abordarlas como la crítica; sólo el amor puede comprenderlas, tratarlas, y ser justo con ellas.
Verdaderamente, el sentimiento artístico está tan increíblemente cerca de lo sexual, de su dolor y su placer, que ambos fenómenos no son sino formas diversas de una idéntica ansia y ventura.
El sexo es difícil, sí, pero todo lo que nos ha sido encomendado es difícil. Casi todo lo serio es difícil, y todo es serio.
Por eso, querido señor, ame su soledad, soporte el dolor que le ocasiona, y que el sonido de su queja sea bello. Pues los que están cerca de usted, dice, están lejos, y se hace un espacio alrededor de usted. Si lo que está cerca de usted, está lejos, entonces su ámbito ya linda con las estrellas y es casi infinito.
Sólo una cosa es necesaria: la soledad. La gran soledad interior. Ir hacia sí mismo y no encontrar a nadie durante horas, eso es lo que hay que lograr.
También es bueno amar, porque el amor es difícil. El amor de un ser humano por otro, es posiblemente la prueba más difícil para cada uno de nosotros. Es el más alto testimonio de nosotros mismos, la prueba suprema para la cual, todo lo demás no son sino preparativos.
Para aquellos a quienes el injusto llamado de las letras nos ha tocado, Rilke nos ofrece estas palabras como consejo y consuelo.
El poeta muere para nacer en el poeta que lo lee.

O mi pasaje favorito de toda esta magnifica joya literaria.

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto quélescribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “‘debo escribir?” Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “debo”, construya entonces su vida según esta necesidad, su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. 

“Los ojos del hermano eterno” de Stefan Zweig

SINOPSIS 

“Los ojos del hermano eterno”, libro curiosísimo en la obra de Stefan Zweig, está escrito como una leyenda oriental situada mucho antes de los tiempos de Buda. Narra la historia de Virata, hombre justo y virtuoso, el juez más célebre del reino, que después de vivir voluntariamente en sus propias carnes la condena a las tinieblas destinada a los asesinos más sanguinarios, descubre el valor absoluto de la vida y reconoce en los ojos del hermano eterno la imposibilidad intrínseca de todo acto judicativo. Virata llega a ser, después de su renuncia, un hombre anónimo a quien le espera, una vez muerto, un olvido todavía más perenne, el de la historia que sigue su curso prescindiendo del hombre más justo de todos los tiempos.
OPINIÓN

Novela corta de apenas 60 páginas, con tematica hinduista ambientada antes del nacimiento de Buda. Nos presenta el personaje del noble Virata y cuenta su vida, primero como intrépido guerrero, luego como el juez más justo del reino… y seguimos su vida como camino de aprendizaje espiritual. Escrito como una leyenda, a caballo entre la fábula y la parábola, es en mi opinión una gran reflexión sobre la existencia humana, sobre la justicia y la injusticia, sobre el camino, a veces lleno de piedras, que puede llegar a ser la vida.

Muy recomendable

Corazón silencioso 

Corazón silencioso 

por los golpes de la vida, 

vuelve a sonreír.

Corazón silencioso 

de puños cerrados 

y dientes apretados, 

cierra los ojos 

y mientras 

escuchas a Chopin 

relaja poco a poco el rictus.

Corazón silencioso 

que un día no lo fuistes, 

recuerda lo vivido, 

atesora lo bueno 

y aprende de lo malo.

Y ya por fin, 

vuelve a latir 

pequeño corazón silencioso 

poco a poco 

tu latido será más fuerte, 

hasta que un dia

sea tan atronador 

que jamás 

volverás a oír los ecos 

de aquel doloroso pasado.
Carlos Rodrigo Cristóbal 

#ElAireDelTiempo

“El incendio de un sueño” Charles Bukowski

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles

ha sido destruida por las llamas.
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.

estaba sentado en uno de aquellos bancos
de piedra cuando mi amigo
Baldy me
preguntó:
“¿vas a alistarte en
la brigada Lincoln?”

“claro”, contesté
yo.

pero, al darme cuenta de que yo no era
un idealista político
ni un intelectual
renegué de aquella
decisión más tarde.

yo era un lector
entonces
que iba de una sala a
otra: literatura, filosofía,
religión, incluso medicina
y geología.

muy pronto
decidí ser escritor,
pensaba que sería la salida
más fácil
y los grandes novelistas no me parecían
demasiado difíciles.

tenía más problemas con
Hegel y con Kant.

lo que me fastidiaba
de todos ellos
es que
les llevara tanto
lograr decir algo
lúcido y/o
interesante.
yo creía
que en eso
los sobrepasaba a todos
entonces.

descubrí dos cosas:
a) que la mayoría de los editores creía que
todo lo que era aburrido
era profundo.
b) que yo pasaría décadas enteras
viviendo y escribiendo
antes de poder
plasmar
una frase que
se aproximara un poco
a lo que quería
decir.

entretanto
mientras otros iban a la caza de
damas,
yo iba a la caza de viejos
libros,
era un bibliófilo, aunque
desencantado,
y eso
y el mundo
configuraron mi carácter.

vivía en una cabaña de contrachapado
detrás de una pensión de 3 dólares y medio
a la semana
sintiéndome un
Chatterton
metido dentro de una especie de
Thomas
Wolfe.

mi principal problema eran
los sobres, los sellos, el papel
y
el vino,
mientras el mundo estaba al borde
de la Segunda Guerra Mundial.
todavía no me había
atrapado
lo femenino, era virgen
y escribía entre 3 y
5 relatos por semana
y todos
me los devolvían, rechazados por
el New Yorker, el Harper´s,
el Atlantic Monthly.
había leído que
Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras
pero yo no tenía
cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón
y cuando estaba tan lleno
que apenas podía
abrirlo
sacaba todas las notas de rechazo
y las tiraba
junto con los relatos.

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.

bueno, yo no era realmente un
vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el límite de lo permitido:
Aldous Huxley, D.H. Lawrence,
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
Dos, Dos Passos, Turgénev, Gorki,
H.D., Freddie Nietzsche,
Schopenhauer,
Steinbeck,
Hemingway,
etc.

siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: “qué buen gusto tiene usted,
joven”.

pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.

pero aquellos estantes contenían
un enorme tesoro: me permitieron
descubrir
a los poetas chinos antiguos
como Tu Fu y Li Po
que son capaces de decir en un
verso más que la mayoría en
treinta o
incluso en cientos.
Sherwood Anderson debe de haberlos
leído
también.

también solía sacar y devolver
los Cantos
y Ezra me ayudó
a fortalecer los brazos si no
el cerebro.

maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Ángeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal
ARROYOS DEMASIADO ANCHOS PARA SALTARLOS
LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
CONTRAPUNTO
EL CORAZON ES UN CAZADOR SOLITARIO

James Thurber
John Fante
Rabelais
de Maupassant

algunos no me
decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
Tolstoi, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald

Upton Sinclair me llegaba
más
que Sinclair Lewis
y consideraba a Gogol y a
Dreiser tontos
de remate

pero tales juicios provenían más
del modo en que un hombre
se ve obligado a vivir que de
su razón.

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motociclista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.

y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido
la biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había

le dije a mi
mujer: “yo solía pasar
horas y horas
allí…”.

EL OFICIAL PRUSIANO
EL ATREVIDO MUCHACHO DEL TRAPECIO
TENER Y NO TENER

NO PUEDES RETORNAR A TU HOGAR.

“Fausto” de Johann Wolfgang von Goethe

La taberna del Diablo

    En una callejuela de Leipzig (Alemania) se encuentra la cervecería más célebre de la ciudad: Auerbachs Keller. Bajo el cartel, enmarcado por una maravillosa filigrana de hierro forjado, un caballero con espadín invita a un anciano a penetrar en el local. A no engañarse: el señor del espadín no es otro que el mismísimo Diablo, tentando a un sabio, el doctor Faustus…

    En un rincón de esa taberna Johann Wolfgang von Goethe (1749 – 1832) comenzó a escribir la obra de su vida: el Fausto.

    En Auerbachs Keller, todavía hoy, puede verse el inmenso tonel que, según la leyenda, usó el Diablo para escapar del lugar.

    La literatura germánica del siglo XVIII

      A mediados del siglo XVIII, la literatura en Alemania se bifurca en dos caminos, de signo romántico: por un lado están los poetas del Hain, quienes siguen la pauta señalada por Klopstock, caracterizada por su apasionado lirismo; el otro núcleo de poetas conforma el Sturm und Drang. Este grupo es más radical y actuante en el campo de la política. Representa en Alemania los intereses de la Revolución francesa. En sus escritos, ocupan el lugar principal los problemas políticos y sociales.

      Ciertamente, no se puede encasillar a los poetas que pertenecen a determinada corriente, ya sean del Haino del Sturm und Drang. Además de las diferencias entre ellos, hay que tomar en cuenta la mutua influencia a que estuvieron sometidos. El siglo XVIII supone, entonces, una etapa de transición, en la que se destacan los poetas Wieland y Herder. Wieland sirve de preparación al romanticismo por sus traducciones de Shakespeare, y su poema Oberóninfluye en posteriores autores, en especial en Goethe. La importancia de Herder radica en que incita a los poetas a recoger el tesoro folklórico desperdigado.

      El romanticismo alemán

      El pico del romanticismo alemán lo constituye Johann W. Goethe (1749-1832).

      Goethe representa perfectamente el puente entre dos tradiciones: el neoclásico y el romántico, el feudalismo y la burguesía. Integra junto con KlingerBürger y Lenz, la generación del Sturm und Drang. En este período de esfuerzo y asalto, llega a ser la figura principal y descollante.

      El espíritu, eminentemente crítico, estaba dirigido contra la fortaleza de los conceptos tradicionales. Su manifiesto proclama los derechos de la inspiración, del entusiasmo y de la libertad en el arte y en el terreno político.

      En su obra Las desventuras del joven Werther, se hace presente el “mal del siglo”, y tras su anécdota se insinúa la inadaptabilidad social, la soledad y la evasión, rasgos purísimos de romántica sentimentalidad.

      Johann Wolfgang Von Goethe

      “La locura, a veces, no es otra cosa que

      la razón presentada bajo diferente forma” Goethe

      Johann Wolfgang Von Goethe: novelista, dramaturgo, poeta, científico, geólogo, botánico, anatomista, físico, historiador de ciencias, pintor, arquitecto, diseñador, economista, filósofo humanista y, durante diez años, funcionario del Estado alemán de Weimar.

      De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente de todo y llegó a acumular una omnímoda y completa cultura.

      Reconocido generalmente como uno de los más grandes y versátiles escritores y pensadores europeos de los tiempos modernos, Johann Wolfgang Von Goethe, nacido el 28 de Agosto de 1749, y muerto el 22 de Marzo de 1832, influenció profundamente el crecimiento del romanticismo literario.

      Mejor conocido por su poesía lírica, por la gran influencia de sus novelas, y particularmente por su poema dramático Fausto (Parte 1, 1808; Parte 2, 1832), Goethe también hizo importantes contribuciones a la Biología, Historia y la Filosofía de la Ciencia.

      Por diez años fue una figura política de liderazgo, un agudo observador de las grandes revoluciones sociales e intelectuales de finales del siglo XVIII y uno de los primeros pensadores en explorar las implicaciones de la Revolución Industrial.

      Goethe es, sin embargo, un individuo sensible y delicado que luchó a través de un amplio rango de crisis humanas y dejó un record crítico de esa experiencia.

      • La Vida de Goethe

      Un hombre de noble corazón irá muy lejos,

      guiado por la palabra gentil de una mujer” Goethe

      Goethe nació en Frankfurt am Main, dentro de una familia de clase media. Su padre, Johann, se retiró de la vida pública y educó a sus hijos él mismo.

      La autobiografía de seis volúmenes de Goethe, Aus meinem Leben: Dichtung und Warheit (1811-22, traducido como Memorias de Goethe, 1824) recuerda sus experiencias como sumamente caóticas; sin embargo, esto pudo haber sido lo que ayudo a su mente a realizar sus magníficos trabajos.

      A los 16 años, Goethe comenzó sus estudios en la Universidad de Leipzig, entonces un centro cultural líder. Allí escribió sus primeros poemas.

      En 1770, en la Universidad de Strasbourg, recibió una gran influencia de Johann Gottfried Von Herder, quien lo introdujo a los trabajos de Shakespeare.

      En 1771, Goethe recibió una Licenciatura en Leyes, en Strasbourg, y durante los siguientes 4 años practicó leyes con su padre; escribió dos trabajos que lo llevaron a la celebridad literaria.

      Durante un viaje de 2 años a Italia (1786-88), Goethe reconoció que era un artista y resolvió dedicarse el resto de su vida a la escritura. La decisión no fue muy prometedora al principio: su regreso a Weimar estuvo seguido por años de enajenación de la sociedad de la corte.

      Muchos de sus amigos se ofendieron porque vivió con la joven Christiane Vulpius, quien le dio un hijo en 1789. Para legitimar este niño, Goethe se casó con Christiane, en 1806.

      Goethe pasó mucho de su tiempo cerca de Jena y desde 1784 hasta 1805 desarrolló un intenso vínculo con Federico Schiller, una unión que muchos juzgan como una cumbre en letras Germánicas.

      Los poderes creativos de Goethe persistieron a través de sus años sesenta y setenta, y murió en Weimar a la edad de 82 años.

      Goethe: Sus Trabajos e Influencias

      “El hombre más feliz del mundo es aquel

      que sepa reconocer los méritos de los

      demás y pueda alegrarse del bien

      ajeno como si fuera propio” Goethe

      En cuanto a su carrera literaria, Goethe la inició en el seno de un exasperado Romanticismo, deudor del “Sturm und Drang”, cuya obra más representativa se encargó de escribir él mismo: Las desventuras del joven Werther.

      Roma supuso para él ir arrinconando esa estética en una evolución que le hizo, al cabo, renegar del Romanticismo e identificarse con el equilibro clásico grecolatino, lo que puso fin a su tormentosa vida interior. Fue esa revelación del Clasicismo, la verdadera raíz con la que podía identificarse la cultura alemana. “Ahora comprendo el sentido del mármol“, escribirá en una de sus Elegías romanas.

      La poesía de Goethe expresa una nueva concepción de las relaciones de la humanidad con la naturaleza, la historia y la sociedad; sus dramas y sus novelas reflejan un profundo conocimiento de la individualidad humana.

      La importancia de la obra de Goethe puede ser juzgada por la influencia que sus escritos críticos; su vasta correspondencia, su poesía, sus dramas y sus novelas, ejercieron sobre los escritores de su época y sobre los movimientos literarios que él inauguró, y de los que fue la figura principal.

      En sus tempranos 20 años, Goethe adquirió fama en Alemania con la representación Goetz de Berlichingen (escrita en 1771 y publicada en 1773), la cual despreció el correcionismo, formalismo y cosmopolitismo literarios. Tomó su inspiración de Shakespeare y del genio nativo de Goethe y le dio cuerpo al pensamiento de su primer amigo y guía, Herder.

      Poco después, Goethe se volvió famoso en toda Europa, con una novela sentimental e individualista, al estilo de Jean Jacques Rousseau(8), Los Males del Joven Werther (1774)

      Durante sus primeros diez años en Weimar, Goethe no publicó nada de importancia, aunque coleccionó muchos de sus trabajos previos en el Goethes Schriften (Escritos de Goethe. 1787-90) de ocho volúmenes.

      La altamente lírica Bildungsroman (novela desarrollista) en la que Goethe trabajó mucha parte de su vida, Wilhelm Mestier’s Apprenticeship (1795), fue una decepción para los admiradores de Werther, pero fue elogiada y emulada por la siguiente generación de escritores románticos alemanes, y aún continuó la influencia de la novela, bien entrado el siglo XX.

      Mayormente celebrado durante su vida como el autor de Fausto, Goethe también fue conocido por el satírico Reynard El Zorro (1794) y el poco épico Herman y Dorothea (1798. Sus así llamados dramas clásicos, Ifigenia y Tauro (versión final, 1787) y Torcuato Tasso (1790), fueron muy admirados durante el siglo XIX, como lo fueron las baladas que escribió en colaboración con Schiller.

      Algunos de sus trabajos maduros se comienzan a apreciar solo en el siglo XX, incluyendo la segunda parte de Fausto, las irónicas Afinidades Electivas(1809) y el profundamente pasional ciclo lírico, Divan de Este-Oeste (1819). Otros trabajos, como los sensuales hexámetros de Elecciones Romanas (1795) y Los Viajes de Wilhelm Mestier (1821), una continuación muy discursiva de las primeras novelas, están recibiendo sólo ahora, reconocimiento.

      Goethe mismo esperó ser renombrado como un científico. La Biología ha reconocido su larga deuda hacia él, especialmente por el concepto de morfología, el cual es fundamental a la teoría de la evolución. Él pensó que su trabajo mas importante era Zur Farbenlehre (3 volúmenes., 1810, La Teoría de los Colores de Goethe), en el cual intentó desacreditar la ciencia Newtoniana. Este esfuerzo llevó a Goethe a su des-reputación con los positivistas del siglo XIX, pero el énfasis actual en esta percepción es simpático al punto de vista de Goethe, y el primer volumen de Zur Farbenlehre contiene la primera historia comprensiva de la ciencia.

      La cuidadosa atención de Goethe a factores sociológicos, hicieron de él un importante precursor de muchos pensadores modernos.

      De igual modo, la actual escuela literaria encuentra en Goethe un primer abogado de los conceptos, como el Weltliteratur, o literatura comparativa, y del rol decisivo jugado por el lector, al darle significado al trabajo literario.

      Goethe: poeta lírico

      Goethe probablemente fue más grande como poeta lírico, y sus otros trabajos comúnmente toman su fuerza para el lirismo.

      En la historia de la literatura germánica se le acredita por dar el tono para movimientos enteros, por introducir nuevos conceptos, y por influenciar profundamente formas literarias, como la novela.

      Actualmente se le admira particularmente por el humor e ironía de sus trabajos como Fausto y Wilhelm Meister, el cual fue, por mucho tiempo, considerado como serio.

      Para Goethe, Poesía y Ciencia pertenecen a un mismo cuerpo.

      Fausto

      Introducción

      ¿Quién fue Fausto?

      La historia del Dr. Fausto (un sabio que vende su alma al Diablo a cambio de la juventud perdida) es mundialmente conocida por el célebre poema dramático de Johann Wolfgang von Goethe (1749 – 1832). En el libro, el antagonismo entre el saber y la vida está planteado con una profundidad que trasciende la anécdota de Fausto, preocupado por conquistar el corazón de Margarita.

      La leyenda faústica se remonta a la Antigüedad. Del siglo III es el relato de San Gregorio Nacianceno sobre Cipriano, famoso encantador de Alejandría, que hizo pacto con el espíritu infernal para obtener el amor de la cristiana Justina.

      Sin mayores variantes, la historia de Cipriano recaló, en el siglo IX, en Alemania y fue popularizada por Ado, arzobispo de Viena, de la cual sacó, mucho más tarde, Calderón de la Barca, el tema para su comedia El mágico prodigioso Pero en la primera mitad del siglo XVI tomó cuerpo en un personaje real.

      Se trataba de Johann Faustus, profesor en varias universidades alemanas, quien ganó fama como alquimista y brujo, y después de una existencia desordenada, murió trágicamente. En ese momento se atribuyó su muerte a un pacto que Fausto había firmado con el Diablo.

      La vida de Fausto como “mito fundador”

      Francois Ribadeau Dumas, en su texto Historia de la magia, hace un seguimiento de la vida del “príncipe de los nigromantes”, Johannes Fausto, autodenominado Georgius Sabellicus Faustus Junior. Este personaje fue contemporáneo y amigo de los alquimistas Cornelio Agrippa y de Teofrasto Paracelso. Desde muy joven, Johannes se siente atraído por la magia, ciencia nuevamente en boga durante la Edad Media.

      Surge en él, pues, la fascinación por Simón el mago, “padre de los gnósticos”, por quien su entusiasmo de juventud le seguirá durante el resto de su vida. La alquimia, en el ocultismo, le concedió la independencia del espíritu y del pensamiento, fortaleciendo su adhesión al esoterismo y al hermetismo filosófico de Hermes Trimegisto.

      En un primer momento, este personaje fue partidario del reformismo, junto a Lutero, pero rompe con este círculo a causa de su extremo y apasionado gusto por la antigüedad pagana y sus prácticas mágicas.

      Numerosos pactos diabólicos son puestos de relieve en las Demonologías de Juan Wier y Juan Bodin.

      El pacto fáustico se asemeja a los realizados durante la edad pagana, que abundan en documentos de la antigüedad. Se dice que Satanás acudió al llamado del pactante bajo la forma de un monje franciscano, mientras que Mefistófeles se presentó mucho más elegante, a la moda del tiempo, con espada al cinto.

      El pacto con el Diablo del luciferismo de determinadas sectas y de Heliodoro el Mago, o de Simón el Mago, procede de los poetas de las sibilas y de los virgilianos exploradores de Dante.

      Es muy probable que Goethe se haya servido delGran Grimorio y del Grimorium Verum para representar el pacto fáustico. Estos dos libros, con certeza, ya eran muy conocidos alrededor del año 1500, tiempo de la posible vida del doctor Fausto.

      En la primera parte del Gran Grimorio se detalla el rito de evocación del Lucifugo Rofocale, quien es lugarteniente de Satanás. Este texto se dedica a la descripción de las diversas fases de preparación y de la ceremonia. Inclusive la formulación del Círculo protector está incluida, así como también cada paso del procedimiento para configurarlo.

      En cuanto al Grimorium Verum, éste es más rico en los detalles referentes al contrato con el demonio.

      En realidad, el pacto de Fausto era el de Hércules y Teseo bajando a las regiones infernales; el viaje a los infiernos de Orfeo, mágicamente llevado por el poder de su lira. Este pacto, para la alquimia, siguiendo los datos astronómicos, rememora el descenso del Sol durante el equinoccio de otoño. Es decir, experimenta una temporal muerte, ya que baja a las regiones infernales. De igual manera, simboliza los viajes esotéricos de Baco, Hércules, Orfeo, Asklepios, quienes bajaban al averno para ascender al tercer día, como posteriormente hizo Jesucristo.

      Según Widman, el pacto fáustico fue distinto al narrado por Christopher Marlowe en su dramaTragical history of Doctor Faustus. Las pautas a cumplir, a decir de Widman, son las siguientes:

      I. Renegar de Dios y de Todo el ejército celestial.

      II. Ser el enemigo de todos los hombres.

      III. No prestar oído a las discusiones de los clérigos y de las personas de la iglesia, y hacerles todo el mal posible.

      IV. No frecuentar las iglesias ni visitarlas, y no acercarse al Sacramento.

      V. Odiar el matrimonio y no comprometerse con sus ataduras, bajo ningún pretexto.

      Fausto firmó aquel acuerdo con su sangre, dejando el escrito en su mesa de trabajo para que Satanás fuera a buscarlo. Exigió, como contrapartida, que Satanás no se apareciera más bajo la forma de monstruo velludo y cornudo, sino con apariencia humana, como un monje, con la campanilla en la mano para anunciar su llegada. Así lo hizo, seguido de la compañía de Mefistófeles.

      Una última precisión acerca del pacto, lo confiere Las leyendas de los Países Bajos o Niederlandische Sagen de Johann Wilhelm Wold. En este texto se infiere que durante su estancia en Holanda, Fausto causaba gran impresión por su erudición y la fabricación de filtros mágicos, así como también por sus intentos de búsqueda de la piedra filosofal. Sin embargo, la crónica refiere que sus ensayos no fueron concluyentes cuando “el Diablo vino una noche a ofrecerle sus servicios y entonces acordó con él un pacto de siete años.”


      Fausto (Goethe)

      La leyenda de Fausto fue la base para que Goethellevara a cabo la creación de su obra dramática, que tiene como título el apellido del mago.

      Goethe explica que tomó la leyenda no para plasmarla a manera de crónica o testimonio. La intención fue hacer una obra en la cual se mezcle el aspecto real y biográfico del ocultista, con la poesía, es decir, conferirle al texto un grado de esteticismo, hacerlo fructuoso en el campo literario sin dejar de lado el aspecto mítico-mágico.

      Goethe reconoce que para esta empresa es necesario seguir el concepto de mímesis aristotélica. La mímesis consiste en el proceso por el cual el artista plasma en la obra un modelo similar a la realidad. Es una imitación, ya que es ésta quien recoge, organiza y crea una imagen de la realidad, que será luego reconocida y reconstruida por el receptor. Compara la conexión entre ambas realidades: la textual y la real, y es así como reconocerá el artificio literario.

      Sin embargo, la mímesis aristotélica supone también, en el artista, cierta individualidad. La mímesis no es completamente reproductiva, desde luego, para que sea una pieza artística; se necesita de la originalidad creativa del autor.

      No obstante, esta metodología reproductiva no explica con exactitud la manera en que Goethe reconstruye la figura de Fausto dentro de la realidad textual. Obviamente, el autor cumple lo postulado por Aristóteles: produce un modelo mímico del mago y le agrega elementos y situaciones, diálogos y secuencias, para realzar la historia y otorgarle el grado de texto literario.

      Tomando como ejemplo el trabajo de Goethetenemos, por un lado, que en el horizonte social del siglo XVI están generándose diversas ideologías. Una de ellas es la artística, o sea, un estilo artístico en la Escultura, en la Pintura. Pero es en la Literatura donde se desarrolla el romanticismo como corriente literaria.

      La leyenda de Fausto está tomando matices generativos. Esto sucede con Goethe: toma entre las muchas ideologías, las necesarias para componer su pieza dramática. Una vez tomadas, las funde con su particular percepción y concepción literaria, y procede a la creación de una versión distinta de las que circulan como oficiales dentro del núcleo social.

      Así, Goethe refracta al hombre junto al mito, su vida y destino, dentro de otro mundo: el textual.

      En esta versión goethiana del mito fáustico, podemos observar que, como artificio, predomina la fusión de los tiempos; exactamente, del pasado con el presente. De igual manera, separa el tiempo del suceso, del lugar concreto donde tuvo lugar. Por ejemplo: la Noche de Walpurgis, en la que se refiere el lugar concreto pero no la fecha exacta.

      En otros casos, Goethe ante todo busca, y encuentra un movimiento visible del tiempo histórico, inseparable del ambiente natural y todo el conjunto de objetos creados por el hombre y relacionados con el ambiente natural.

      A lo largo de la leyenda vemos que Fausto no necesita de Mefistófeles para realizar sus evocaciones a espíritus o a personajes del otro mundo. Tampoco para sus hechizos o sortilegios varios, ni mucho menos para la elaboración de filtros mágicos o sus tareas alquímicas.

      Mefistófeles sirve al mago como transporte o como protector. En Fausto, la figura de Mefistófeles es el nexo entre el deseo y la satisfacción. Por ende, no desarrolla su presencia, una mera herramienta utilitaria; por el contrario, Mefistófeles cumple los diversos deseos produciéndole placer y regocijo, justificando los beneficios del pacto.

      El ejemplo central del deseo es la posesión de Margarita y de su amor. Además de esta función, el demonio cumple otras, aunque sean accesorias y complementarias de la primera. Entre estas, destacan la adoctrinación del mago. Recordemos los consejos a lo largo del texto, los filtros que le concede, y la explicación de los fenómenos que ocurren durante la Noche de Walpurgis. Es en esta escena en donde los dones aleccionadores se aprecian con mayor claridad: Le explica con detalle los ritos de las brujas, sortilegios diversos; lo previene de la medusa, etc. Inclusive le detalla el papel que cumple y las restricciones a las que se ve sujeto, al momento de rescatar a Margarita:

      “Te acompañaré allí, que es todo cuanto puedo hacer, pues bien sabes que ni en el cielo ni en la tierra soy omnipotente. Turbaré la razón del carcelero, para que te apoderes de las llaves; pero debo advertirte que sólo una mano humana puede liberarla. Yo vigilaré; tendré los caballos encantados a punto, y os sacaré de allí. Es todo lo que puedo hacer”

      El momento del pacto ha sido retratado con más fidelidad que la figura de Mefistófeles:

      “Fausto – (…) ¿qué quieres de mí, maligno espíritu: bronce, mármol, pergamino o papel? También dejo a tu elección el si debo escribirlo con un estilo, un buril o una pluma”

      “Mefistófeles – ¡Cuánta palabrería! ¿Por qué te has de exaltar de este modo? Basta un pedazo de papel cualquiera con tal que lo escribas con una gota de sangre”

      “Fausto – Si así lo quieres…”

      “Mefistófeles – La sangre es un fluido muy especial”

      Este pequeño diálogo toma en cuenta el principal elemento del pacto: la sangre. Si bien es cierto, no se pone de manifiesto ninguna de las exigencias que un pacto satánico requiere. Sin embargo, posteriormente se entenderá que el propósito del pacto es la posesión del cuerpo y alma del mago.

      En la leyenda, Mefistófeles se presenta ante Fausto junto con Satanás, mientras que en el texto no media Satanás entre el doctor y el demonio. La desaparición de Satanás obedece a la intención de dar a Mefistófeles mayor participación e independencia a lo largo de la obra, quien únicamente se ve sujeto a las órdenes del mago porque así lo estipula el acuerdo.

      Otra de las variaciones, es la ausencia de Helena como mujer del doctor; aunque en la Segunda Parte su presencia sea importantísima, y la del hijo de ambos: Justus Faustus.

      También la presencia de Margarita, quien es una doncella inocente y bella, perteneciente no a la alta clase social, sino lo contrario. Su imagen se emparienta con la mujer bucólica, acentuando el matiz de pureza y castidad que desborda su timidez. Es ella el objeto de deseo por el cual Fausto entrega su alma a Mefistófeles.

      Toda la Primera parte está plagada de ejemplos que evidencian su obsesión amorosa, aunque Goethe no manifieste el aspecto sexual de su personaje, quien es una construcción de tendencia asexual.

      Más bien el deseo por Margarita es un deseo placentero y de contemplación. La veneración es evidente pues Fausto cosifica a su doncella, siéndole principalmente placentera su posesión que su compenetración vital. La salvación de Margarita obedece a que no acepta perder el motivo mismo de su perdición, pues necesita justificar tal hecho.

      Lo que ocurre con Cristóbal Wagner, es distinto. En el relato mítico, Wagner cumple una función importantísima: la documentación e información de la vida de su maestro por vía oral. Este recurso incrementa la leyenda, en el sentido en que no se sabe en qué punto dejan de ser verídicas las vivencias, y pasan a retratar una figura fantástica y legendaria. En Fausto, la única funcionalidad que desempeña es la de ayudante de laboratorio. No participa en ningún momento de las acciones, una vez introducido el personaje Mefistófeles.

      Wagner deja de ser el confidente, el consejero moral, y cede el lugar a Mefistófeles. De esta manera, aquél desaparece del todo dejándole la posta de servidumbre al mencionado demonio, quien tiene el poder para satisfacer por completo a su amo.

      La figura del protagonista es también reconstruida de modo diferente a lo que narran las crónicas. En ellas Fausto es un ser sumamente poderoso, independiente, muchas veces de Mefistófeles y hasta del mismo Lucifer. Conocedor y erudito de las ciencias ocultas, es capaz de preparar sus propios filtros, embrujos y encantamientos. No necesita de nadie para traer de vuelta a espíritus o muertos.

      Inclusive, éstos mismos le son obedientes. Hay que recordar que mantuvo una relación amorosa con Helena de Troya, con quien se casó, según la leyenda.

      En cambio, en el relato de Goethe, este mismo personaje se ve endeble anímicamente, desprotegido, indefenso; no es autosuficiente, por lo tanto pertenece al común de los mortales. Para integrarse dentro de la representación de mundo reproducida en el texto, Fausto necesita de Mefistófeles, de su poder, sus consejos, su astucia, ya que es la fuente que satisface cada deseo del protagonista.

      Finalmente, dentro de todo el Primer Acto sólo hay una acción que es tomada casi literalmente, sólo que con pequeñas modificaciones: la escena en el relato mítico se desarrolla en la ciudad Erfurt, en la casa llamada “El Áncora”; la escena en Fausto se lleva a cabo en una taberna de Auerbach, en Leipzig.

      Como es de suponerse, si en el original fue Fausto quien zanjó la mesa, y de ella brotó el vino, en el drama fue Mefistófeles quien lo hizo; y no para deleitar a los presentes sino para embromarlos. El juego consistía en que los que tomaran el vino, no dejasen caer ni una gota del líquido al suelo. Uno de ellos deja caer un poco y al instante se ve ardiendo por toda la posada.

      Luego Fausto y su compañero desaparecen del lugar, y los embromados descubren que todo fue un hechizo, una ilusión, ya que no hubo heridos ni quemados.

      Fuentes: Wikipedia, Monografías.com,

      Los miserables: El musical 

      Pues he de decir que me  gustado más de lo que me esperaba. No soy de musicales, creo que el único que había visto antes de “Los miserables” fue uno en el que participó mi hija, “Quiero estar junto a ti”, adaptación de “Hoy no me puedo levantar”.

      No me esperaba una adaptación de la novela de Víctor Hugo, eso es imposible, más de 1200 páginas y 12 años de trabajo de un gran maestro no se pueden trasladar a la pantalla en dos horas y media.

      Temas tan importantes en la novela como la crítica social, el tratamiento de las penas capitales en aquella época, tratada de un modo descarnado en la también obra de Víctor Hugo “Último día de un condenado a muerte”, los levantamientos sociales y políticos, el hambre, la crueldad con los semejantes, el honor, el amor, el deber…La descripcion casi visual de la estructura fisica y emocional del Paris de principios del siglo XIX, o unos de los personajes mejor construidos de la historia de la literatura, quizás junto con los de Flaubert, Stendhal o sobre todo Balzac en su inacabada “Comedia humana”, con sus propias aristas, motivaciones o conflictos internos, son muy difíciles de llevar al cine, mucho menos a un musical, que como tal, busca entretener, divertir y emocionar.

      Y esto lo consigue totalmente con una puesta en escena brillante, unas canciones que llegan y en algunos casos hacen que se te salte una lágrima y unos leitmotiv fácilmente reconocibles.

      Esta claro que esta película no pretende ser una adaptación fiel de la grandiosa obra de Víctor Hugo (uno de las mejores novelas de todos los tiempos en mi opinión), pretende ser una adaptación del musical de éxito durante mas de 25 años en Broadway, y esto lo consigue con creces.