​”La epopeya de Gilgamesh” Anonimo

RESEÑA

La epopeya de Gilgamesh es una narración sobre las aventuras de Gilgamesh y su amigo Enkidu en tablillas de arcilla y escritura cuneiforme, de origen sumerio y considerada como la narración escrita más antigua de la historia (alrededor de 2000-2500 años adC). Una de las tablillas hace referencia al episodio de la Biblia sobre el diluvio. Las doce tablas indican un orden astrológico de la obra. Las aventuras para matar al gigante Khumbaba, el descenso a los infiernos y la relación entre dioses semidioses (Gilgamesh) y personas le dan un claro origen prehelenístico.
Origen de la historia
La epopeya fue transcrita para el Rey Ashurbanipal de Nínive, quién trató de coleccionar copia de todos los documentos escritos del mundo por él conocido. Hacia el año 612 adC, Nínive fue destruida por invasores y sólo fue ubicada nuevamente hacia 1845 por el explorador británico Austen Henry Layard, cerca de Mosul, en Iraq.
Del contenido de su biblioteca, actualmente se conserva una pequeña fracción, compuesta por 25.000 tabletas, depositadas en el Museo Británico, donde fueron traducidas por George Smith a partir de 1872. Más recientemente, en 1984, se tradujo el poema con la participación del escritor John Gardner.
El poema cuenta la historia de las aventuras del Rey Gilgamesh de Uruk que debió gobernar hacia el año 2500 adC. El poema fue escrito muy posteriormente a su reinado, en base a las tradiciones orales y leyendas sumerias.
De las doce tablillas sobre Gilgamesh, once conforman el poema, probablemente escrito hacia la primera mitad del II milenio adC y la última representa una narración de origen independiente, sobre el mismo rey, más reciente que las anteriores, hacia el final del I milenio adC.

Literatura

Andaluces de Jaén,

aceituneros altivos

decidme en el alma

¿Quién?, ¿Quién levantó estos olivos?

Esta es una de tantas preguntas incómodas lanzadas por Miguel Hernández que no sólo recogió en papel si no qué declamo también por radio e incluso en el frente de batalla en plena Guerra Civil.

Un ejemplo de las miles de ocasiones en que la literatura se ha convertido en arma de paz frente a la guerra.

Como también en los zapatos de un extranjero en su propia tierra, de la Argelia de un Camus desesperado por la desesperanza, en los planes de una Antigona que se revuelve contra su propia tragedia o en una casa llena de espíritus, de la que es imposible escapar.

Y todo ello ante un público que fue cambiando con el paso de los siglos. Porque el arte de la palabra, no sólo llegó para transportarnos a otros mundos, si no también para contar y cambiar el nuestro, así lo quisieron plumas tan renombradas como la de Miguel de Cervantes o Gabriel Celaya y al otro lado del Atlántico, Mistral, Vargas-Llosa, Neruda o Galeano.

Pero también tantas plumas anónimas, a estos traviesas y discolas de mujeres escondidas tras el papel para sobrevivir a un mundo de hombres, un mundo que para explicarse a si mismo se quedó en una ocasión completamente ciego, relatos que empezaban, tal vez, con un pequeño grupo de amigos a la sombra de un Baobab y que espero que no terminen con estirpes condenadas a cien años de soledad.