EL VIEJO MANUSCRITO (Franz Kafka, 1912)

Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.

Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.

Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.

-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.

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¿COMO PUEDO? (Manuel Espejo Jurado, 2014)

Valorar tus manos

expuestas al abandono de mis caricias,

exentas de comprensión y dialogo,

almacenando horas sin recompensa,

sucumbiendo entre lágrimas calladas,

que se vierten en tus cuencas,

que se afanan sin descanso

en los quehaceres más ingratos…

Y en lo más sagrado

que compartimos, la mesa,

donde no hay un gesto de agradecimiento,

una palabra bendita para equilibrar tu esfuerzo,

totalmente desinteresado,

callado y lleno de amor…

Cómo puedo…?

Expresar lo que siento,

el vacio instalado en lo más profundo de mi ser,

tu ausencia inconexa con mi egoísmo,

que hasta hoy no he sabido reconocer,

alzarte al pedestal que te corresponde,

fijarme en tu cansancio acumulado,

en tus arrugas marcadas por mi silencio e incomprensión,

en tu tristeza ignorada por mis ojos,

en tu risa apagada sin mis besos,

Sin ese abrazo que fui dejando para mañana…

Cómo puedo…?

Cambiar esa actitud inconsciente,

marcada de inmadura prepotencia,

Cómo puedo…?

Devolverte mis horas de desagravio

transformado en gratitud,

aún sin llegar al cenit

de cuanto te corresponde por derecho,

ganado a pulso, sin descanso,

con todos los desvelos a tu espalda,

Con toda la tristeza en el paladar,

Con todo el olvido

de los que tú, tanto amas…

Cómo puedo…?

Reivindicar, mujer tus derechos,

estar a la altura de cuánto necesitas,

adivinar sin palabras tus sentimientos,

entrar en el engranaje de tu vida,

ganarme tú perdón,

Hoy, que ya no sé,

si es demasiado tarde,

si mi tren se pasó de estación,

si el consuelo de mis palabras atrasadas,

quedaron en el aire,

en esa atmosfera irrespirable

que provoqué con mi indiferencia,

con este ejemplo que arruina futuro

en vez de construirlo,

y esta forma mía de maleducar a nuestros hijos,

de confundirlos, arrebatándoles la reprocidad

de tu amor vertido y desmesurado,

sin recompensa.

Cómo puedo…?

amada mía recomponer tu alma,

tu autoestima, si…

No merezco poner estas palabras en mi boca

si hasta hoy, precisamente hoy,

que ya no estás a mi lado

para plancharme mis camisas,

recoger mis miserias,

sucumbir a mí desprecio,

al rechazo de tus caricias,

a la ingratitud de mis gestos,

a mi pensamiento inoportuno

que pierde su hombría.

Si hasta hoy no he sabido comprender,

que el hombre es más hombre,

cuando ama, sufre, ríe y llora,

cuando adapta sus pasos y caminan juntos,

cuando es generoso en sentimientos,

en gestos, sin prejuicios estereotipados,

en balanzas equilibradas de esfuerzos comunes.

Hombres y mujeres con defectos y virtudes,

abocados al entendimiento,

a la comprensión,

a ser complemento de carencias,

a ser aire puro en el que respirar,

a ser libres por derecho y por necesidad…

Cómo puedo…?

Qué he de hacer…?

Para desprenderme de mis errores…?

 

A ESA HORA EN LA QUE TODAS LAS COSAS REPOSAN (James Joyce, 1912)

Tú, solitario
admirador de los cielos,
¿Alcanzas a escuchar
los vientos nocturnos
y los suspiros
de las liras complaciendo
el amor que reabra
las pálidas puertas
de la aurora?

Cuando todas las cosas
reposan, ¿acaso sólo tú
despiertas para oír
el sonido de las dulces liras
que anteceden el amor
y tocan para él en su camino
y el viento nocturno
respondeen antífona
hasta el fin de la noche?

Toquen, liras invisibles,
a nombre del amor,
cuyo camino hacia la gloria brillando está a esa hora
en que las tenues luces
van y vienen,
suave y dulce música
en el firmamento
así como aquí
abajo en la tierra.

LA CANCIÓN DEL CROUPIER DEL MISSISSIPI (Leopoldo Maria Panero, 1980)

«Fifteen men on the Dead Man’s Chest.
Yahoo! And a bottle of rum!»Canción pirata

Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
y sangre que sale de las grietas de mi cráneo
y toda mi alma sabe a sangre,
sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,
en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños
que se mueven ingenuos, torpes, en
esta vida que ya sé.
Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan.
Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo
de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio
y mi vida oliendo.
Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo
y que este cuento es cierto, este
absurdo que delatan mis ojos,
este delirio en Veracruz, y que este
país es cierto este lugar parecido al Infierno,
que llaman España, he oído
a los muertos que el Infierno
es mejor que esto y se parece más.
Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre.
Que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
—ginebra y cerveza, por ejemplo—
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en «Dulce pájaro de juventud»
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma.
O bien alguien perdido en las galerías del espejo
buscando a su Novia. Y otras veces
soy Abel que tiene un plan perfecto
para rescatar la vida y restaurar a los hombres
y también a veces lloro por no ser un esclavo
negro en el sur, llorando
entre las plantaciones!
Es tan bella la ruina, tan profunda
sé todos sus colores y es
como una sinfonía la música del acabamiento,
como música que tocan en el más allá,
y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre «Le livre des masques» de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas
«Fifteen men on the Dead Man’s Chest
Fifteen men on the Dead Man’s Chest
Yahoo! And a bottle of rum!»

EL DESTERRADO (Jorge Luis Borges, 1977)

Alguien recorre los senderos de Ítaca

y no se acuerda de su rey,

que fue a Troya hace ya tantos años;

alguien piensa en las tierras heredadas

y en el arado nuevo y el hijo y es acaso feliz.

En el confín del orbe yo, Ulises,

descendí a la Casa de Hades

y vi la sombra del tebano Tiresias

que desligó el amor de las serpientes,

Y la sombra de Heracles

que mata sombras de leones

en la pradera

y así mismo está en el Olimpo.

Alguien hoy anda por Bolívar y Chile

y puede ser feliz o no serlo.

Quién me diera ser él.

INTERTEXTUALIDAD NARRATIVA EN LOS CUENTOS DE JULIO LLAMAZARES

Presentar a un narrador como Julio Llamazares es algo inútil, puesto que su obra ya ha tenido suficiente divulgación, es más, Llamazares ha pasado a ser uno de esos autores que ha conquistado el mercado editorial con gran éxito de ventas y de crítica, lo cual no es por lo general fácil de conjugar. Desde sus primeras novelas, Luna de lobos,La lluvia amarilla o Escenas del cine mudo, hasta sus libros de artículos y reportajes periodísticos, Llamazares ha sabido seducir la conciencia del lector en un mundo literario en el que prima la trivialidad y la escritura fácil.

Sin embargo, posiblemente la parte menos conocida de su producción sea la del cuento. Tal vez porque, a causa del reconocido prestigio del género novelístico en las últimas décadas, se ha dado al traste con las pocas editoriales que arriesgaban y ponían todos sus esfuerzos en la publicación de libros de cuentos. No es fácil en los tiempos que corren que el tan desmerecidamente considerado pariente pobre de la literatura, el cuento, encuentre editorial de prestigio que le dé cabida entre sus colecciones. Para el lector medio, la escritura de un cuento parece cosa hecha, pero sólo uno puede entender la complejidad que tal género entraña cuando se ha enfrentado al terror de relatar su visión del mundo en tan sólo ocho o diez páginas. En contra de esta injusta tendencia del mercado se sitúan unas pocas editoriales que nos recompensan con una buena prueba de que la calidad literaria no se mide por una cantidad más o menos amplia de páginas, sino por la complejidad textual de la escritura y el valor humano que adquieren las palabras en la pluma de un escritor que conoce el oficio.

En esta línea encontramos un volumen de cuentos como el de Julio Llamazares. En mitad de ninguna parte 1 nos remite a un lugar, a una condición humana, a una manera de estar en el mundo que hace referencia a la categoría de sus personajes. El mismo autor, en un prólogo titulado El autor confiesa, nos reconoce este aspecto: “En cualquier caso, todos son como los cuento: gente sin solución, sin destino, gente al margen de la vida. Gente que está, como yo, en mitad de ninguna parte. Por eso son mis amigos.” 2

Pero la peculiaridad más desconcertante a primera vista de este texto reside en los motivos que mueven la escritura:

“A lo largo de mi vida , he escrito pocos relatos y casi todos por encargo. Al revés que una novela o que cualquier otro tipo de texto literario, que jamás podría escribir de esa forma, y menos a plazo fijo, el relato es un género para el que necesito el impulso ajeno e incluso la obligación de entregarlo al editor dentro de un plazo. De lo contrario, corro el peligro de no escribirlo o, al revés, de que se me convierta en una novela de más de doscientas páginas.” 3

La escritura en este caso es una escritura de urgencia, una realización rápida, que no descuidada, la cual nos hace recordar enseguida las similitudes que muestran estas condiciones de la narración con otro género literario frecuentado también por el escritor de León: el periodismo. Periodismo y narración son dos géneros que en la obra de Llamazares van estrechamente vinculados. Existe entre ellos un vínculo que parece que ni el mismo autor puede hacer desaparecer.

Hasta el momento Llamazares ha publicado dos libros de artículos periodísticos: En Babia y Nadie escucha. El título del primero de ellos revela similitudes bastantes obvias con el volumen de relatos En mitad de ninguna parte. Ya en el prólogo el autor reconoce la estrecha relación que existe en su obra entre periodismo y narración:

“Hace tiempo que alimento la sospecha de que la literatura no es más que el horizonte que empieza donde acaba el periodismo y, en cualquier caso, es en esa zona neutra, en esa tierra de nadie en la que los dos se unen, en la que yo he pasado -y espero seguir pasando- todos los días de mi vida.” 4

Por tanto es en esa tierra de nadie, en ese espacio marginal, alejado de lo comúnmente social de los últimos años donde surge el lugar de la escritura narrativa de Julio Llamazares. Y ello, porque la escritura de Llamazares parte de una subjetividad extrema, nace de lo más próximo al autor: su León natal, los parajes naturales de su infancia, los alrededores de su casa de Madrid, sus amigos y conocidos más próximos, ajenos a todo el mundo de la ruidosa farándula literaria, etc:

“A veces esas historias las han vivido realmente en su totalidad o en parte; otras, por el contrario, son pura y simple imaginación, pero perfectamente podrían haberlas vivido si en su vida se hubiera dado circunstancia.” 5

En el artículo titulado En Babia Llamazares reconoce esa manera de estar en el mundo que parece ser algo más que un gesto social, tal vez una necesidad:

“Cuando los reyes de León, hombres de acción y de pelea más que sutiles y avispados gobernantes, comenzaban a hartarse (en los escasos períodos de su vida en que no andaban por el mundo guerreando) de las inevitables intrigas y pasiones cortesanas, pedían a sus siervos sus ropas de campaña, empuñaban sus armas, montaban su caballo y, dejando las riendas del gobierno de su pueblo en manos de algún hombre de confianza, se marchaban a Babia a descansar y a practicar entre sus bosques su deporte favorito de la caza. Babia, la lejana y bellísima comarca leonesa que baña el río luna y preside la solemne Peña Ubiña desde su soledad geológica y lejana, ofrecía aún en aquel tiempo múltiples alicientes para la actividad y ejercicios cinegéticos (…)” 6

Y más adelante escribe:

“Aunque a los reyes leoneses no me une más que el simple origen geográfico y a los pastores babianos la pasión por los perros y las montañas, siempre he pensado que el estado ideal de todo hombre es el de Babia. Alejado del mundo es como el hombre puede contemplarlo sin que sus brillos y sus destellos interfieran y equivoquen su mirada. Apartado de sus pasiones, es como puede justamente, además de vivir tranquilo, pensarlas y analizarlas. Sólo desde los montes se puede ver claramente el valle que queda abajo y es obvio que cualquier gesto, cualquier grito, cualquier acto, adquieren su dimensión más justa en el silencio y en la distancia. Corren, no obstante, malos tiempos para la lírica.” 7

Este ideal estoico que dirige los deseos del escritor y las pautas de muchos de sus artículos periodísticos, preside también su mirada hacia la plácida vida leonesa que hace presencia también en su narrativa. De este modo en el último cuento de En mitad de ninguna parte, No se mueve ni una hoja, muestra la descripción de este modelo de vida:

“Mi padre y Teófilo están sentados debajo del corredor. Llevan así una hora, mirando los árboles y las estrellas, sin cruzar una sola palabra.” 8

Y al final del cuento la conclusión es la misma:

“Pero ahora están ahí debajo del corredor, contemplando los árboles y las estrellas, como todas las noches del verano. Es la primera de éste, que ha comenzado más tarde. Aunque no ha cambiado nada: el olor de la hierba, los sonidos del pueblo, el color azul de la noche y el resplandor de la luna sobre los árboles. Hasta la frase de Teófilo sigue siendo la misma de cada año cuando se despierta al cabo de un rato y dice a mi padre: -No se mueve ni una hoja.” 9

Lo que llamazares defiende en este texto que, por otra parte, podría pasar en cuanto estructura y temática por un artículo de opinión en cualquier columna de cualquier periódico, es una manera de situarse en la vida, una realidad que también esta presente en sus textos periodísticos, aunque esta vez en forma de crítica social al otro extremo de ese modo vital:

“Vivimos años de confusión y de auténtica desbandada por ocupar en las parrillas de salida los puestos de privilegio, y por estar en todo momento en el lugar indicado, y quien voluntariamente o no, se aparta de la lucha por el éxito corre serio peligro de poner también en riesgo su mera supervivencia más inmediata. Después del largo invierno que asoló este país durante muchos años, y del deshielo de ideas -y de gestos y de actos- que sucedió a aquel invierno cuando por fin el sol de la vida comenzó a calentar las parameras de España, el interés primordial,y casi único, del común de los españoles consiste en hacerse ricos y/o famosos de la manera más rápida.” 10

A esta misma filosofía, que, como podemos observar, está presente en su obra periodística y en su obra narrativa, responde el título de su otro libro de artículos: Nadie escucha (1995). Allí se vuelve a hablar del exceso de ruido que dirige la vida cotidiana de la sociedad española:

“Últimamente, en España, y supongo que también en otros sitios, el aire está tan lleno de palabras que es imposible oír otra cosa que el ruido que éstas producen. Parece como si todos se hubiesen puesto de acuerdo en ahogar con sus palabras las voces de los demás. Desde mi privilegiado estatus de escritor (privilegiado por marginal, que no por otro motivo) he tratado en estos años de sobrevivir al ruido intentando al mismo tiempo hacerme oír. En un país en el que nadie lee y en un tiempo, como éste, en el que nadie escucha, seguramente el silencio es la única postura inteligente y todo lo demás varias palabras condenadas, como todas, a convertirse en ruido.” 11

Aquí el escritor desde su postura marginal, mediante ese modo de vida, esa manera de estar en el mundo, como diría Carmen Laforet, es el único que puede ver esa carrera en la que se ha convertido el mundo y la sociedad española en particular. A este espíritu responde generalmente la atmósfera que se respira en los cuentos de Julio Llamazares, porque del espacio de esos cuentos se desprende una visión pesimista del progreso o del mal llamado avance de la civilización. Si en Un cadáver de pavo en la nevera, el esposo es víctima de la tiranía de su esposa y acaba viviendo una situación absurda, acabando el relato colgado de la lámpara del vestíbulo junto a un pavo, es como consecuencia de una situación social que no tiene justificación lógica, el matrimonio; si el protagonista de Piloto suicida es encarcelado y acusado de conducción temeraria y robo cuando ha intentado apartar un camión que impedía el tráfico en medio de la calle, es como consecuencia de la locura colectiva que rodea nuestra sociedad; si Tacho Getino, protagonista de Nocturnidad, es acusado del delito de nocturnidad, es como consecuencia de su inadecuación a unas pautas de conducta social que impone una sociedad absurda donde prima lo monetario y lo superfluo; si Nocedo, el protagonista de Paso a nivel sin barreras, se empeña tras ser despedido en seguir cortando el tráfico de la carretera para dejar pasar los trenes de una línea ferroviaria que ha sido cancelada, es porque es víctima de la reconversión industrial de una sociedad inhumana que sólo entiende de cifras globales y que desatiende al individuo.

En este sentido, la estrategia narrativa de Llamazares sigue una línea de ruptura encaminada a romper con la ley de la causalidad del relato tradicional. Esta ruptura de la causalidad tiene como función la denuncia de aquellas normas sociales que han convertido el mundo en algo incomprensiblemente absurdo: si el piloto suicida acaba detenido, no es porque sea un delincuente, sino porque obra de buena fe y lo único que quiere es circular con tranquilidad por una calle; si el protagonista de Nocturnidad acaba mal, no es porque transgreda las leyes, sino porque le gusta salir por la noche.

Por ello no extraña el interés de Llamazares por los personajes marginales que no aceptan normalmente la conducta marcada por la sociedad. Un ejemplo de ello es su artículo Elogio del tumbado 12 , en el que Llamazares reproduce los últimos tres años del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, el cual vivió acostado en la cama de su pido de Madrid durante sus últimos tres años de vida, asqueado de la posible atracción que un día el mundo pudo tener. El personaje para Llamazares tiene una función ejemplar:

“Ejemplaridad que les viene de las historias que viven, pero también de su condición, que es la de su propia imagen. Todos son amigos míos o personas que conozco o he conocido y a las que, en vez de dedicarles un cuento, como es costumbre en literatura, les he convertido en protagonistas, no sé si contra su voluntad, pero sí sin su conocimiento, de sus propias historias literarias. (…) En cualquier caso, todos son como los cuento: gente sin solución, sin destino, gente al margen de la vida. Gente que está, como yo, en mitad de ninguna parte. Por eso son mis amigos.” 13

Dos de estos personajes tienen su antecedente en textos periodísticos. Tacho, el protagonista de Nocturnidad aparece en el artículo de Nadie escucha titulado Derecho a dormir. Incluso se encuentran con facilidad algunas relaciones intertextuales:

“Le avisaron a los dos días, a las diez de la mañana. El cartero que le llevó el telegrama toco el timbre hasta que abrió, y eso que Tacho tenía por costumbre no abrir nunca la puerta antes del mediodía, así la prendieran fuego. Una noticia, decía, que no pueda esperar hasta la tarde nunca es buena. Y, si lo es, da lo mismo: se convierte inmediatamente en mala desde el momento en que te sacan de la cama para dártela.” 14

La relación es evidente con el siguiente texto:

“Tengo un amigo que nunca abre la puerta de su casa antes del mediodía. Mi amigo vive de noche y duerme por la mañana (y algunos días incluso por la tarde) y tiene la teoría de que nadie llama a una casa por la mañana para llevarle a su dueño noticias agradables. O es el cartero (para entregarle una multa, claro), o un cobrador de recibos, o un vendedor de algo. Rara vez es lo contrario. Y, en cualquier caso, cuando eso ocurre, la buena nueva, según mi amigo, deja de serlo desde el momento en que le obliga a uno a levantarse antes de tiempo de la cama. Mi amigo dice que no hay noticia, por buena que ésta sea, que no pueda esperar hasta la tarde.” 15

En segundo lugar tenemos a Nocedo, protagonista de Paso a nivel sin barreras, jefe de estación de una pequeña estación de la zona de la minería leonesa que tras el cierre de la línea se empeña en seguir realizando la misma labor con la que ha cumplido toda su vida. Este personaje puede tener su origen en un artículo de Nadie escucha: El Hullero: la muerte de un dinosaurio. Allí, Llamazares rastrea la muerte del tren tras el cierre progresivo de las minas del carbón en León y Asturias. Sin duda Llamazares en su reportaje debió conocer algún o algunos personajes que le sugirieron esta figura literaria. En el artículo aparecen algunos ejemplos:

“Jesús Martínez, el jefe de la estación de San feliz, no entiende de política. Él de lo único que sabe es despachar billetes (catorce al día, contados, salvo los sábados y los domingos), de vigilar el paso de los trenes para bajar las barreras y de cuidar entre tren y tren, el pequeño huerto contiguo a la estación en el que cultiva sus hortalizas.” 16

En el mismo texto encontramos una referencia que nos puede remitir al mismo personaje:

“Además, )para qué voy a levantarme si ya no pasan trenes?,nos dice este hombre joven que, en sus horas de soledad, ha decorado el despacho con retratos de Marilyn Monroe y convertido la estación en un museo. El de Mataporquera, ya en Cantabria, con su uniforme en regla y planchado, parece en cambio, un general sin ejército. Sentado junto a la estufa, sobre la cual ha puesto una rama de eucalipto para dar buen olor al ambiente, recuerda los viejos tiempos en los que la estación, en el centro exacto de la línea y en el cruce con la de RENFE, era una de las más importantes del Hullero. Todavía es posible imaginarlos viendo las instalaciones abandonadas y a merced del olvido y del viento: la residencia de los ferroviarios, la cantina, la fonda, las terminales de carga y los antiguos talleres de mantenimiento. Pero ahora sólo queda él viendo pasar el tiempo.” 17

Dentro de la caracterización ejemplar del personaje, cumple un papel primordial el narrador. Éste suele pertenecer a la historia, es interno, como el mayordomo que aparece narrando la historia de su jefe en el primer cuento que abre En mitad de ninguna parte. Además este narrador generalmente, ya sea interno o no aparezca en la historia, simpatiza con el protagonista solidarizándose con sus desdichas o compartiendo ese modo de vida del personaje. Tal vez en ese trasfondo autobiográfico de parte de estos personajes este la explicación a este hecho.

Por otra parte, la estructura de los cuentos de Llamazares presenta similitudes con sus artículos periodísticos y ello se debe fundamentalmente a que el artículo debe llamar la atención desde las primeras líneas., en caso contrario, el lector abandona la lectura. Por ello los cuentos presentan un hecho siempre sorprendente o poco habitual al comienzo.

Inicios sorprendentes son los siguientes:

“La nochebuena de 1971, los señores volvieron a reñir. Los señores tenían por costumbre discutir todas las nochebuenas. Pero sólo ese día. Los trescientos sesenta y cuatro días restantes los pasaban sin hablarse…” (Un cadáver de pavo en la nevera). Aquí se da por habitual lo que no suele ser habitual: el hecho de que un matrimonio discuta todas las nochebuenas.

“Aquella mañana, mientras desayunaba en la cocina de su casa, a las siete y media en punto, igual que de costumbre, Antonio Segura no podía imaginar lo que el destino le tenía reservado en ese día.” (Piloto suicida)

“El poeta Tono Llamas decidió pasarse a la novela, tras una vida entera dedicada al cultivo de la poesía, el día en que, en su aldea de origen, desenterraron a la bisabuela.”(La novela incorrupta).

“Mi amigo Tacho Getino, hombre afable y generoso, incapaz de hacerle daño a nadie sin motivo o sin que medie provocación, es, pese a ello, la única persona que conozco condenada, en la ya larga historia de la justicia española, por un delito de nocturnidad.” (Nocturnidad).

Sin embargo hasta ahora hemos hablado de la presencia periodística en la narrativa. También se da el caso contrario: la presencia de cuentos o microcuentos en los artículos de prensa:

“El escritor Antonio Pereira, el mejor narrador oral y autor de relatos breves posiblemente de este país, descubrió un buen día el infinito en la etiqueta de un bote de leche condensada en la que un niño rubio sostenía entre las manos otro bote de leche condensada en cuya etiqueta el mismo niño sostenía entre las manos otro bote de leche condensada en cuya etiqueta el mismo niño sostenía entre las manos otro bote de leche condensada en cuya etiqueta el mismo niño sostenía entre las manos otro bote de leche condensada en cuya etiqueta el mismo niño sostenía entre las manos otro bote de leche condensada en cuya etiqueta el mismo niño sostenía entre las manos otro bote de leche condensada en cuya etiqueta, etc. En efecto, por más que uno se provea de lupa o de un microscopio de largo alcance, eso es el infinito: lo que nunca se acaba.” 18

Como se puede observar la interacción entre ambos géneros es bastante frecuente en la obra de Julio Llamazares. Tal vez porque el genio de un hombre de talento acaba posándose en todo lo que toca y ese es el caso de Julio Llamazares, un ejemplo de fusión genérica que no hace sino corroborar la confusión de los géneros que se desarrolla desde el nacimiento de las vanguardias históricas y que en el caso de la narrativa de Llamazares adquiere todo su impulso vital y vigencia estética.

Sin embargo, los paralelismos textuales entre ambos géneros muestran una limitación del mundo narrativo que resulta excesiva en algunos de los casos. Los motivos de este hecho creo que hay que buscarlos en el carácter de encargo que tienen estos textos, lo cual le otorga a esta literatura cierto cariz de urgencia y rapidez, propia,más bien, del mundo periodístico que del mundo literario.

EL BANCO DE LAS PALABRAS

Llevo mucho tiempo pensando en esta misma historia y hoy he creído oportuno hacerla pública para todos vosotros. Cada noche, cuando está a punto de amanecer y los primeros rayos del sol aparecen para iluminar vuestro sombrío mundo, yo me dirijo al mismo banco del mismo parque de todos los días. Allí donde tantas letras se han juntado, tantas historias se han compartido y tantos libros se han intercambiado. Es la historia que yo llamo ‘el banco de las palabras’. Según he oído contar, porque yo no estuve allí el primer día, todo empezó con diarios usados. Alguien los dejaba allí cada día antes de amanecer y poco a poco consiguió convertir aquello en rutina, cambiaron los periódicos por los libros y se constituyó una costumbre que aún hoy perdura, la de coger un libro usado y dejar otro para el siguiente.

Yo todas las mañanas, o noches, supongo que esto irá según la opinión de cada uno, yo no sé diferenciarlo; me siento en ese banco antes de que alguien llegue y paso por mis manos el libro que ese día haya tenido el placer de ser el primero en encender esa cadena que durará hasta bien entrada la noche. Nunca han faltado libros porque cada noche yo he estado allí. Los toco, los abro y dejo que mi tacto se funda en ellos. No puedo aspirar a más pero me alegra pensar que otros lo disfrutarán por mí.

Mi abuelo me contaba historias de pequeño, batallas legendarias donde héroes eran capaces de derrotar a temibles monstruos y figuras poderosas. Me hacía pensar que ese mundo propio de la imaginación estaba latente en mí, que todo lo que pudiera imaginar lo podría crear.

Solo quería que supierais la existencia de este parque, de este banco, de este lugar creador y difusor de cultura y de esperanza. Y me diréis, ¿por qué esperanza? Pues porque yo creo en un mundo donde el leer se inculque desde pequeños, donde la imaginación tenga cabida en una vida marcada por la costumbre y la rutina, donde se pueda viajar con solo pasar la vista por unas líneas, o con solo oír la voz de alguien contándote una historia.

Seguiré yendo cada día, cada noche a ese parque. Seguiré yendo tarde, o temprano a ese lugar. Seguiré oyendo los pasos de la gente al acercarse y sentarse. Seguiré imaginando el movimiento de las hojas pasar entre libros felices por ser usados. Seguiré tocándolos con mis manos malgastadas y acostumbradas a vivir por el tacto. Hasta que llegue el día con el que sueño cada noche al acostarme. Ese día en que por fin abra el libro que me esté esperando y encuentre sus palabras marcadas en relieve. Ese día en el que encuentre el lenguaje que a gente como yo nos permite ser leído.

Porque la vida me privó del sentido de la vista, pero no de la imaginación.