“Una noche entre los caballos” de Djuna Barnes

Hacia el anochecer, en el verano del año, un hombre en traje de etiqueta, con sombrero de copa y bastón, avanzaba a gatas por la maleza que lindaba con los pastizales de la finca de los Buckier. Le dolían las muñecas de sostener su peso y se sentó. Pegajosas enredaderas por todas partes; trepaban por los árboles, por las estacas de la cerca, estaban por todos lados. Espió por entre las ramas densamente enmarañadas y vio, recortado en la oscuridad, un bosquecillo de abedules blancos que brillaban como los dientes de una calavera.

Podía oír la verja que rechinaba sobre sus goznes al golpearla el viento. Su corazón se movía con el movimiento de la tierra. Una rana resoplaba su croar desmemoriado; el hombre respiraba con dificultad, el aire era pesado y caliente, como si estuviese anidado en un foso de asombro.
Quería dormitar; en cambio puso a su lado el sombrero y el bastón, se alisó el faldón, y se tumbó boca arriba, esperando. Algo rápido movía el suelo. Empezó a agitarse en una repentina alarma y se preguntó si sería su corazón.
Una lámpara parpadeaba en la ventana lejana mientras las ramas se balanceaban en el viento; el olor de la hierba aplastada, mezclado con el olor tenue y tranquilizador de la cuadra, se desparramaba y se arrastraba hacia el norte; al abrir la boca, se le metieron dentro las guías del bigote.
El temblor se extendió, corrió por debajo de su cuerpo y se perdió dando tumbos dentro de la tierra.
Se sentó. Se puso el sombrero y aseguró el bastón contra el suelo entre las piernas abiertas. Ahora no sólo sentía el temblor de la tierra sino que oyó el ruido sordo y córneo de cascos golpeando el césped, como un amigo golpea la espalda de un amigo, fuerte, pero sin malicia. Se estaban acercando, ahora que tomaban la curva del Camino del Sauce. Apretó la frente contra las tablas de la cerca.
El ruido suave y amenazador se intensificó como se intensifica el calor; los caballos, de frente, pasaron resoplando junto a él, subiendo y bajando las patas como agujas furiosas que dan puntadas sin objeto alguno.
Vio los vientres que oscilaban de un lado a otro, y que chocaban contra las tablas de la cerca al pasar balanceándose. De su lado de la barrera, él se levantó y echó a correr, jadeante. Se le enganchó un pie en un pino reptante y cayó de cabeza, golpeándosela contra un tocón. Un hilillo de sangre brotó del cuero cabelludo. Le descendía a los ojos como una crin y él la apartó con los nudillos y se puso el sombrero. En esta posición el martilleo de los cascos lo sacudió como a un niño sentado en una rodilla.
Empezó a buscar el bastón y lo encontró atrapado entre los helechos. Al inclinarse una aristoloquia cerosa le rozó la mejilla. Pasó la lengua por encima, partiéndola en dos. De cualquier forma que se moviese, la hierba siempre estaba debajo de él, crepitante de ramitas y piñas. Del suave goteo de los polvos del bosque cayó una bellota. La recogió, y mientras la tenía entre el índice y el pulgar su mente regresó velozmente a la escena allí atrás con la señora de la casa, porque de qué otra forma se podía llamar a Freda Buckier sino «la señora de la casa», aquella pequeña mujer fogosa con una pila en lugar de corazón y el cuerpo de un juguete, que lo dirigía todo, que ronroneaba, empapada de descaro, con un zumbido mecánico que le sustraía su humanidad.
Resopló sobre el bigote, ¡Freda, con aquel exasperante y ondulante velo amarillo! Le dijo que era «exasperante», le dijo que era «impúdico», que sólo servía para tentar. Hinchó los carrillos, y al pasar ella resopló. Ella rió, golpeándole el brazo, echando la cabeza hacia atrás, dejando ver las fosas escarlatas hasta el fondo de su nariz. Habían acabado por pasear juntos a caballo, a una bota de distancia uno del otro, ella no más grande que una abeja en una cofia. Totalmente desolado, él hundió las espuelas, y ella: «¡Con cuidado, John, con cuidado!», mostrando su boca abierta y goteante.
—No puedes ser un mozo de cuadra toda la vida. ¡Los caballos! —dijo bufando—. Me gustan los caballos pero…
Él había bajado el látigo.
—Hay otras cosas. Sencillamente, no puedes seguir siendo un mozo de caballos para siempre, no con esa elegancia, lo sabes muy bien. Voy a hacer de ti un caballero. Te elevaré de tu condición de «cosa». Ya lo verás, te gustará. 
Él se había inclinado y le había fustigado la bota con el látigo. Le dio en la rodilla y el pie de ella saltó disparado en el estribo, como si estuviese bailando.
¡Y la pequeña salvaje estaba encantada! Recorrieron un trecho al trote y regresaron también al trote. Él la ayudó a desmontarse, y ella se alejó majestuosamente, arrastrando el velo amarillo y gritando:
—¡Te encantará!
Antes de que hubiesen continuado así durante más de un mes (derribándose mutuamente en el espíritu, exprimiéndose mutuamente de un lado a otro, cazador y cazado) se había convertido en un juego carente de todo placer; dama degradada, mozo de cuadra degradado, en alas del vértigo.
«¿En qué quería meterlo? Él gritaba, se desgañifaba, hacía chasquear el látigo: ¿qué es lo que se creía que quería? Un tipo de mujer que no puede decir la verdad; la verdad salía corriendo y se alejaba de ella como si sus venas fuesen pipetas clavadas allí por el diablo; y bebiendo, él se hinchaba, y el orgullo se apoderaba de él, lo alejaba flotando. La veía de pie a su espalda en todos los espejos, ella le seguía de objeto de valor en objeto de valor, se ponía a su lado, lo conducía, la mano de ella bajo su codo.
—Llegarás a gobernador general: bueno, a inspector…
—¡Inspector!
—Como quieras, digamos capitán de regimiento… digamos oficial de caballería. Caballos, también, cuero, látigos…
—|Oh, Dios mío!
Girando sobre los talones, ella dijo casi en un relincho:
—Con un pecho ancho, liso, noble —dijo—, te convertirás en una calzada de condecoraciones… Concéntrate. Dejarás la aflicción…
—¡Basta ya! —gritó él—. Me gusta ser una persona corriente.
—Con una cintura ágil, los cuernos no te golpearán.
—¿Qué cuernos?
—El dilema.
—Podría hacerte callar, del todo, si quisiese.
Ella se divertía.
—¿Hombre acorralado? —dijo.
Ella lo atormentaba, lo sabía. Lo atormentaba con sus objetos de «cultura». Con una rodilla en una otomana, le mostraba y le ofrecía la más delicada miniatura, un marfil en el hueco de la mano, inclinándolo al sol, y decía:
—¡Pero mira, mira!
Él se ponía las manos en la espalda. Ella se lo hizo abortar. Le pedía que le sostuviese misales antiguos, volúmenes de cuentos de hadas, todo elegantemente fileteado, todo encuadernado en rústica encordelada. Desplegaba mapas, y deslizando por montañas y cauces un largo alfiler de sombrero, señalaba «exactamente donde ella había estado». Como un caracol seco, la punta vagaba por la costa, cuando bruscamente, clavando el acero, gritó: ((¡Borgia!», y se quedó allí, haciendo sonar un aro de llaves antiguas.
La angustia de él aumentaba con la curiosidad. Si se casaba con ella… después de haberse casado con ella, ¿entonces qué? ¿Qué sería de él después de satisfecho su loco capricho? ¿Qué haría de él finalmente?: en pocas palabras, ¿qué dejaría de él? Nada, absolutamente nada, ni siquiera sus caballos. Y aquí tendríais un perfecto cretino. No encajaría en ningún sitio después de Freda, no sería ni lo que era ni lo que había sido; sería una cosa, medio erguido, medio encogido, como esas figuras bajo los tejados de los edificios históricos, la postura lisiada de los condenados.
A menudo la había mirado sin verla; poco después empezó a mirarla con gran atención. ¡Vaya, vaya! En realidad, una mujer menuda como un ratoncito, con un bonito cabello rubio que le caía por la nuca como las antenas de un insecto, y que se movía cuando se movía el viento. Se zarandeaba y agitaba demasiado, y siempre con la irreflexiva intensidad de un juguete mecánico que rastrilla y da patadas por el suelo.
Y siempre estaba uno o dos pasos delante de él, o le tocaba el brazo manteniendo la distancia, o se precipitaba sobre él en una ráfaga, apoyando en su hombro la barbilla pequeña y afilada, se alejaba lentamente flotando… sólo para que al volverse él tropezase con ella. En este día concreto él la había agarrado por la muñeca, haciéndola girar. Esta vez, se dijo, esta vez le voy a pedir directamente la verdad; es posible que un golpe directo la descoloque.
— Miss Freda, un momento. Usted sabe que no tengo ni un amigo en el mundo. Usted sabe muy bien que no tengo a nadie a quien dirigirme y obtener una respuesta a ningún tipo de pregunta. Entonces, ¿para qué me quiere?
Ella se sonrojó hasta las raíces del pelo.
—¡Infantil! ¿Vas a ser infantil?
Parecía como si estuviese a punto de chillar. Toda su figura vibraba, pero se controló y pronunció con espléndida calma:
—No te pongas nervioso. Ten paciencia. Te acostumbrarás a todo. Incluso te gustará. No hay nada tan agradable como trepar.
—¿Y luego?
—Luego todo se deslizará, la cuadra y todo lo demás. —Se pellizcó las alas de la nariz en los apretados pliegues de un pañuelo de encaje—. ¿No es éste un destino?
Lo peor de todo había sido el último día, la noche del baile de máscaras. Ella había insistido que fuese.
—Ven —le dijo—, tal como estás, y sé nuestro montero.
Ése era el golpe final, el insulto imperdonable. Él había obedecido, salvo que no fue «tal como estaba». Se había acicalado cuidadosamente; se puso un traje de etiqueta, como cualquier caballero; así que era el único de los asistentes que no iba «disfrazado», es decir, en el sentido normal.
Al llegar encontró a la mayoría de los invitados bebidos. Al poco tiempo también él estaba bastante borracho, y horrorizado de encontrarse bailando un minué, majestuoso, lento, con una enorme y fofa mujer de hojaldre, cubierta de lentejuelas, gruñendo en cascadas de tul plisado. De este abrazo logró librarse, resbalando en los claros del suelo cubierto con polvo de resina, para tropezar con Freda que venía hacia él con un vaso diminuto de cordial que le vertió en su boca abierta; en aquel momento se dio cuenta de que había estado luchando por respirar.
De pronto se paró. Abarcó toda la habitación con su mirada frenética. Allí en el rincón estaba sentada la madre de Freda con sus gatos. Siempre se sentaba en los rincones y siempre se sentaba con gatos. Y estaba el resto del elenco: primos, sobrinos, tíos, tías. A continuación, la gallarda. Freda, los brazos en alto, las manos, las palmas hacia afuera, los codos doblados a la altura del pecho, una mantis religiosa, estaba casi diente contra diente con él. ¡Espera! Él se liberó de ella, y con el puño del bastón trazó en la resina un círculo completo en torno a ella, luego, retrocediendo, salió por la puerta ventana.
Después de esto no supo nada hasta que se encontró en los arbustos, suspirando, con la cara pegada a la cerca, espiando. Estaba de nuevo con sus caballos; estaba de nuevo donde le correspondía. Los podía oír arrancando el césped, galopando por todas partes como si estuviesen en su propio salón de baile y, todavía más extraño, a esta hora oscura de la noche.
Empezó a arrastrarse por debajo de la tabla más baja, tras arrojar el sombrero y el bastón, jadeando al avanzar. El semental negro iba ahora a la cabeza. Los caballos estaban tomando la curva del Camino del Sauce que llevaba al pastizal más lejano, y a través del polvo parecían borrosos y enormes.
En la cima de la colina, cuatro de ellos se habían separado del resto y estaban allí comprobando el tiempo. Agarraría uno, lo montaría, ¡huiría! Ya no tenía miedo. Se levantó, agitando el sombrero y el bastón y gritando.
No parecieron reconocerlo, se desviaron bruscamente y se alejaron. Los siguió con la mirada, casi llorando. No pensó en su traje, la pechera blanca, el sombrero de copa, el bastón que agitaba, la forma brusca en que surgió de la oscuridad, en la excitación de ellos. Por fuerza tenían que reconocerlo: no podían tardar.
Girando, las crines al viento, las narices resplandecientes arrojando vapor al avanzar, pasaron delante de él en un torrente de relinchos, y él los maldijo horrorizado, pero lo que gritó fue «¡Puta!», y se encontró tragando fuego de su propio corazón, de cara al suelo, sollozando: «Puedo hacerlo, al diablo con todo, puedo seguir adelante; puedo dejar mi huella!»
Los cascos levantados del primer caballo no lo alcanzaron; los del segundo sí.
Luego los caballos se separaron, mordisqueando el pasto y agitando la cola, evitando un espacio de hierba alta.

Soberanía popular

Obedecemos porque creemos que tomamos nuestras propias decisiones, pero no es verdad que decidamos, la mayoría de las veces no decidimos nada, somos los peones en una partida diseñada por otros.

No deciden las mujeres sobre su propio cuerpo, ni sobre sus condiciones laborales, ni sobre sus vidas que a veces les son arrebatadas.

David no decide sobre Golliat, solo pelea, y gana algunas batallas, pero la mayoría de las veces se lleva la peor parte, porque los pueblos pequeños no deciden sobre los gigantes, tampoco los parlamentos, por mucho que les coloquen el adjetivo Democrático, pues por encima de ellos, hay siempre otros, a veces menos democráticos, pero mas poderosos.

Nunca decidieron tampoco los campesinos, mas pegados a la tierra que a los grandes poderes, antes dependientes de los vientos, ahora de las semillas de Monsanto que les robas el futuro y nos envenenan y por supuesto no decidimos sobre lo que vemos, ni a veces sobre lo que pensamos y cuando lo hacemos no nos dejan altavoces para contarlo, por eso cuando me pongo a pensar sobre el concepto de “Soberanía” pienso en como los ciudadanos podemos decidir sobre nuestras vidas, y siempre llego a la misma conclusión, la verdadera soberanía popular tiene que ser colectiva, obrera, de izquierdas, feminista y municipalista.

Creo que es la única manera de ganar batallas, de vivir con decencia, y seguir adelante sin dejarse avasallar por esos poderes que nos quieren pequeños, sometidos e individualistas. No podemos olvidar que una cadena, siempre, es tan fuerte como lo sea su eslabón mas débil.

DIARIO DE UN AUTOBUS

Os preguntareis como es posible que un autobús os este hablando, y aun mas, como es posible que tenga conciencia, pues si os digo la verdad no lo se, pero bueno, esto es España, aquí todo es posible excepto las dimisiones, así que porque no va a escribir un autobús su propio diario, a lo mejor hasta me hago best seller como la Esteban.

Como cada día me despiertan a las cinco para ir a trabajar, con el sueño que tengo me toca de nuevo ponerme en marcha, otra vez a la misma rutina de siempre.

Yo siempre pensé que iba a ser un coche de carreras, o un autocar de esos que transportan a grandes grupos de rock a lo largo y ancho del país, siendo testigo de noches de fiesta sin fin y orgías entre los asientos, pero no, como decía mi padre, la vida no esta hecha para soñadores, y los que nacemos pobres, tenemos que conformarnos con oficios para pobres.l

En fin, que le vamos a hacer, al menos tengo trabajo, me han hablado de muchas furgonetas de la construcción que llevan meses sin moverse, están aparcadas en la calle, tiene que ser horrible, estar parado tanto tiempo, pasar frio, calor, pufff yo por lo menos duermo todas la noches resguardado.

Mira, por ahí aparece Benjamín, madre mía que cara trae esta mañana, seguro que ayer se lio a tomarla con sus amigos.

Bueno parece que hoy se ha duchado, menos mal, algo es algo.

Nos ponemos en marcha, primero a repostar que uno sera un autobús, pero oye también tiene derecho a desayunar.

Empezamos la ruta, todavía es de noche, y la verdad es que hace un poco de frio, no hay nadie por la calle, no me extraña, cada día es igual, la gente quiere apurar hasta el ultimo segundo para levantarse de la cama, antes de ir a sus trabajos, que imagino serán tan monótonos como el mio.

Siempre dije que lo peor de este trabajo que me ha tocado desempeñar era precisamente la monotonía, tener que hacer tantas veces al día el mismo recorrido me acaba aburriendo soberanamente, eso si, lo mas divertido que tiene esta ocupación es la gente, ves a tanta gente distinta, que no te da tiempo a aburrirte, desde esos matrimonios que tienen conversaciones insustanciales, a los adolescentes y sus hormonas en plena ebullición, y bueno cuando se sube una chica guapa ya es lo mas, se hace un silencio sepulcral y todos se la quedan mirando, ¡es graciosisimo!

Bueno parece que ya empieza a subirse gente, esos dos no se quienes son, pero mira ahí esta Ramón, menudas ojeras trae, como se nota que hoy es jueves y ya le pesa la semana, bueno, procurare no hacer mucho ruido con el motor para que al menos duerma este rato hasta que se baje en su parada.

Anda si ahí vienen marisol y su amiga, como siempre tan animadas, con esas risas tan escandalosas pero que dan tanta luz y color al espacio que ellas habitan.

Bueno, y este que acaba de subir quien es, el otro día oí hablar a una viajera que hacia yoga que la gente transmite energía, pues igual que ella transmitia solo energía positiva (ojala todo el mundo fuera como ella), este individuo transmite todo lo contrario, su traje, corbata y ese maletín me recuerdan a los capullos que se niegan a hacerme la revisión, como pueda pego un frenazo cuando se vaya a bajar a ver si se cae de bruces.

Y así avanza mi día, sin parar de repetir la misma ruta, pero con caras, comportamientos y situaciones distintas.

Esos niños que suben creyéndose los reyes del mundo y poniendo los pies en los asientos, ¿los pondrán en los asientos de su casa?, los gritos, las risas, el amor y las discusiones de tan diversas parejas que pasan durante tantas horas por mis asientos.

Muchas veces pienso que si Freud hubiera sido un autobús habría enloquecido con todo lo que aquí se experimenta.

Pero si hasta el otro día tuvieron sexo en mis asientos de atrás, ¡menos mal que no me dejaron manchas madre mía!

En fin,después de un largo día, POR FIN llega la noche, y por fin puedo descansar, aburrido de llevar todo el día haciendo la misma ruta, pero sabiéndome afortunado por todo lo positivo que mi vida de autobús me da, hoy, vuelvo a dormir a cubierto, vuelvo a saber que mañana no me pudriré en este garaje, y hoy vuelvo a saber que Benjamín mañana sera quien me conduzca, que oye, nunca sera un ejemplo de higiene corporal pero al menos es buen conductor, así que nada, os dejo dormir, si mañana me queréis ver y de paso salir en mi diario, buscarme en la parada del 137.

LAS LAGRIMAS DE OTOÑO

Siempre pensé, que estos días lluviosos, ciertamente melancólicos,sirven para dos cosas, una es para leer, una de mis grandes pasiones, y la otra es para recordar, la nostalgia y la lluvia suelen estar siempre muy unidas, al menos en mi cerebro y en mi corazón.

En días como hoy recuerdo muchas cosas, risas, juventud, locuras, el nacimiento de mis hijas, los amores perdidos y los encontrados gracias a la casualidad… pero hoy no se por que, recuerdo, a mi padre, miro por la ventana, y cada lagrima que cae del cielo, me trae un recuerdo de el.

Jamas olvidare algunas conversaciones, tanto positivas como negativas que tuve con el, se que el hombre, el marido, y sobre todo el padre que soy,es gracias a el, a lo que el me enseño a ser, y porque no decirlo a lo que descubrí que no quería ser en ningún momento de mi vida.

Recuerdo un día que en mi pueblo, Rejas de Ucero en la provincia de Soria, tuve una conversación con mi padre, siendo el muy joven y yo aun muy niño, me dijo estas palabras:

-La tierra esta viva hijo, dale tu amor y tu compresión, cuídala y ella te corresponderá con creces.

Yo me quede con los ojos muy abiertos, pensando que a mi padre, que no era mas mayor que yo ahora se le había ido la cabeza, y le dije:

-Pero que dices papa, la tierra no esta viva, no habla, no respira, la tierra es… pues la tierra, es de donde cogemos setas para llevárselas al abuelo.

El me miro entonces con sus ojos grandes y sin decir nada, pero con una sonrisa que nunca olvidare me cogió de la mano y camino conmigo en un silencio largo pero que en ningún momento fue incomodo, fue de esos silencios bonitos, de esos que te hacen macerar los pensamientos y las emociones, de esos silencios que no te importa compartir con una persona a la que quieres de verdad.

Miro ahora una de las estanterías que tengo en mi casa, madre mía, casi mil libros en mi salón, quien me lo iba a decir cuando siendo un chaval, en mi casa no había casi libros, teníamos cuatro o cinco novelas, algunos libros de cocina de mi madre, y poco mas, pero recorriendo la mirada por mi librería, veo uno que me llama la atención, esta ajado y amarillento, con una portada negra, pone en la solapa, Dragones y Mazmorras “Elige tu propia aventura” y me retrotrae a otro recuerdo de mi padre.

Mi padre me regalo ese libro, pero no fue el primero, mi abuela, una mujer que sufrió mucho en la dictadura pero que nunca renuncio a la cultura ni siquiera cuando enfermo de alzheimer fue capaz de abandonar su ritual diario de lectura, fue ella quien me compro mis primeros libros, que aun conservo con un cariño especial, y en un lugar de honor en mi humilde biblioteca.

Ella siempre me regalaba cuentos de Perrault y cuando mi padre, poco aficionado a la literatura, y ya no digamos a la fantasía me trajo este libro, le mire, entre extrañado y sorprendido y me dijo:

-¿No te gusta la fantasía?, me ha dicho tu madre que no haces mas que ver esa película de Conan el bárbaro

-Siiii, si -le conteste

Estaba alucinado, porque era un libro que tenia mapas y dibujos y encima me lo había regalado mi padre.

-Gracias papa – le dije

El me miro, con esa cara, con la que casi siempre me miro durante su vida, mezcla de amor, de esperanza y de disciplina y me dijo.

-Hijo, no me importa que te gusten estos libros de fantasia, pero tienes que estudiar, estos libros no te van a llevar a nada, yo quiero que seas abogado, quiero que seas lo que yo no he podido ser.

-Papa -le dije- yo no quiero ser abogado, yo quiero ser…

-Basta, me interrumpió, hazme caso que soy tu padre y se que es lo mejor para ti.

Como casi siempre, el no quería escuchar algo que no fuese su idea preconcebida de lo que es ser un gran hombre, y mas cuando se vive en un pueblo, tenia que ser abogado, casarme con la mujer mas rica del pueblo, tenia que prosperar, eso era para el la felicidad.

Otra vez, ya mayor, cuando ya había defraudado todos sus sueños y me había convertido en poeta de relativo éxito y articulista ocasional fui a verle, con mi mujer y las niñas, y después de jugar un rato con su abuelo, la mayor me sorprendió cuando le pregunto a mi padre:

-Abuelo, ¿tu quieres a papa?, ¿porque no vienes nunca a vernos a casa?

El después de unos segundos de un silencio como nunca he oído otro igual, esos silencios, que hacen mas ruido que una bomba estallando dijo.

-Si, quiero a tu padre

-¿Y porque no se lo dices? Papa me lo dice a mi todos los días, y yo no te he oído decírselo nunca, y a mi me lo dices mucho…

Mi padre entonces cogió la mano de mi hija, y mirándome a mi a los ojos dijo:

-Nosotros eramos hombres de campo, era otra época, teníamos que ser duros, callados, trabajar, pero ahora te lo digo, te quiero, y siempre lo he hecho, y sobre todo quiero que sepas que estoy orgulloso de ti.

Mi hija le miro, como si estuvieron loco, como yo tantas veces hice a su edad, pero en ese momento, después de tantas cosas, de sentir que le decepcione, de los enfrentamientos que hubo entre el y yo en mi adolescencia, de sentirme tan solo tantas veces, por fin me sentí querido, por mi padre.

El al poco tiempo murió, pero siempre estará en mi corazón, siempre, en mis escritos, en mis poemas, en mis libros, en mis hijas que ahora duermen como los ángeles que son, y en las gotas de lluvia que caen en mi ventana como si fuera lagrimas en este otoño sombrío, en todo, el esta, y estará siempre presente..

​Poesía clásica japonesa (Kokinwakashu).Traducción de Torquil Duthie.


RESEÑA:

El «Kokinwakashu», comúnmente abreviado como «Kokinshu», es la antología de poemas compilada por orden imperial en la capital Heian (Kioto) a comienzos del siglo X. De esta colección de poesía clásica japonesa, la «Colección antigua y moderna», la presente edición ofrece cien poemas, en traducción directa del japonés. Durante más de mil años, desde el tiempo de su recopilación hasta principios del siglo XX, el «Kokinshu» ha sido el clásico por excelencia de la poesía japonesa y ha servido de inspiración tanto a poetas como a escritores de narrativa. En particular, el tema principal del «Kokinshu»—la dialéctica entre el carácter transitorio de las estaciones y su naturaleza cíclica—se convertiría en la base de todo lo que consideramos hoy en día literatura clásica japonesa. Esta traducción no sólo obedece a la intención de verter al castellano cada poema singular, sino además de traducir el lenguaje poético de la colección entera. Cada poema es parte de un sistema de asociaciones y connotaciones dentro del cual cobra significado. La edición incluye también el «Prefacio en kana» a la colección (el primer tratado sobre poesía escrito en Japón), y acompaña la traducción con una introducción, un cuidado aparato de notas e índices, que aclaran los contextos histórico-sociales y las características formales y temáticas de la obra.
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EL VIAJE COMIENZA…

Por fin estaba en el avión. ¡Cuánto había soñado con aquellas vacaciones! ¡Sol, playa, atardeceres mediterráneos como los que tantas veces había visto en las postales! No podía creer que en unas horas estaría en una isla griega…

Al bajar del avión, noté que hacía más frío de lo que esperaba. Mientras bajaba la escalerilla del avión, la azafata se despidió amablemente diciéndome “Feliz estancia en Oslo, señorita…

No me lo podia creer, ¿y ahora que hacia?. Rapidamente me dirigi a un hotel cercano al aeropuerto para hospedarme y comprar ropa de abrigo.

Sin embargo parecia que la mala suerte no me iba a abandonar. El hotel estaba hasta los topes, asi que no solo estaba en una ciudad completamente distinta a la que yo habia reservado en la agencia de viajes, si no que encima ese fin de semana iban a entregar el premio Nobel de la Paz, y claro, todo estaba hasta los topes.

Decidi buscar algo de ropa de abrigo y buscar alojamiento, aunque fuese un hostal, y despues llamar a la agencia (no me podia quedar en la calle hasta que me lo solucionasen)

Entré en una pequeña tienda de ropa, y despues de comprarme un abrigo bastante grueso, estuve andando por las atestadas calles de Oslo.

Por fin despues de dar muchas vueltas, encontre una pequeña casa que ofrecia habitaciones a precios economicos, y sin pensarlo dos veces me aloje.

Estuve llamando a la agencia de viajes, pero no me lo cogian, claro…los cambios horarios.

Asi que me dispuse a dar una vuelta y quizas tomar un chocolate caliente.

Hay que reconocer que Noruega a pesar del frio es preciosa, sus calles desprenden magia, aunque sus gentes son mas bien…secos, frios, casi mas que el tiempo.

Pero entre toda esa maraña de gente con expresion adusta en sus caras, una me llamo la atencion, no me lo podia creer, era Alfred Jones, mi escritor favorito, sus historias siempre me llegaban al alma, parecian escritas para mi.

Cuando pase a su lado me gire, pero no me atrevi a decirle nada, una vergüenza atroz me atenazaba, sin embargo el debio darse cuenta de que le miraba, porque se giro y me saludó.

-Buenos dias, me parece que acabo de encontrar a una persona aun mas perdida y desconcertada que yo.

Yo solo podia sonreir como una idiota, y acerté a contestarle, -si, si, yo no tendria que estar aqui. Y atropelladamente le dije sin tiempo a contestarle -es usted mi escritor favorito, he leido todas sus novelas.

El con una sonrisa en los labios, me dijo, vaya, siempre es un placer dar con una admiradora. ¿Le apetece tomar un cafe?

Yo acepte rapidamente, en breve estabamos en una alegre conversacion, el estaba alli, porque habia sido invitado para ir a la entrega de premios del Nobel, yo le conte la historia de mi viaje accidentado.

Despues de un rato de charla insustancial y divertida, le dije -tengo que confesarle que siempre me he sentido identificada con los personajes femeninos de sus novelas. ¿de donde saca la inspiracion para ellos?

-La saco de mi musa, siempre de ella, me contesto.

Ah, vaya, que interesante -conteste.

Y despues de unos segundos de silencio, me dijo.

-Mi musa eres tu Patrice, todas las historias que he escrito te parecen hechas para ti, porque lo son, porque tu existes desde que yo te he inventado.

Tu, tu vida, tus sentimientos, tus penas y alegrias, tus desamores, y hasta este desagradable cambio de destino en tus vacaciones, o nuestro encuentro, ha pasado porque lo he escrito yo, porque despues de tantas historias que has vivido, ya te conozco tanto que me he llegado a enamorar de ti y no se como pero ese sentimiento ha hecho que pases de ser un personaje creado por mi imaginacion y mis anhelos a ser alguien real, alguien tangible.

Yo no sabia como reaccionar, era cierto que me sentia como si esas historias fueran mias, pero no sabia si este hombre estaba loco, si lo decia en sentido figurativo, o si era verdad, pero algo dentro de mi me impulsaba a seguir a su lado y descubrirlo.

¿Y esta historia como sigue, la has escrito ya? -le pregunté

No Patrice, esta historia la escribiremos juntos los dos. -me dijo dandome la mano mientras que saliamos del cafe, dirigiendonos a un futuro incierto.

Decálogo para el mal ciudadano

 

  1. Defrauda y presume de hacerlo. A ser posible con frases como, eso de pagar el IVA es de tontos, yo tengo un amigo que te lo hace mejor y en negro.
  2. Cómprate un perro y no recojas sus excrementos de la calle. Este punto es especialmente útil si las deposiciones se hacen en parques donde jueguen los niños de tus vecinos.
  3. Ten un hijo, y llévalo a los restaurantes para que griten como si fueran un cantante de ópera desquiciado. También vale que toqueteen y rompan el mobiliario urbano mientras tú los miras ensimismado.
  4. No te levantes nunca a ceder el asiento a tullidos o ancianos en el transporte público, que se fastidien y hubieran llegado antes.
  5. Cómprate una moto y úsala en los atascos haciendo zigzag entre los coches. Para este punto es importante quitarle también el silenciador a la moto.
  6. Cuando vayas en transporte público, procure poner su música en el móvil a todo volumen. Usted tiene el mejor gusto musical y debe compartirlo con el resto de la humanidad.
  7. Si oye una conversación ajena, métase entre medias, utilizando siempre la frase, cállate que no tienes ni puta idea.
  8. Cuando le llamen al móvil, hable siempre gritando, lo importante es que se le oiga bien a usted.
  9. Si le preguntan por una calle, no lo dude, usted conoce mejor el callejero de su localidad que el Google Maps. Indíquele, y si no conoce la calle, indíquele mal.
  10. Usar las papeleras no está hecho para usted, así que si tiene que tirar algún papel hágalo en el suelo. Además esto ayuda a que los pobres barrenderos tengan trabajo. Si es que no hay nada en la vida, como ser solidario.